El reloj marcaba las 19:57, y con el último click Mia envió el informe final de su proyecto, dando por terminada una etapa de casi 40 días de intenso trabajo. En ningún momento se percató que no había nadie en la oficina, pues ya era de noche, y, al igual que las últimas semanas, la neblina iba bajando lentamente desde las alturas para entrar en contacto con las calles, y cubrir cada rincon con un manto gélido y borroso.
Todo el segundo piso del edificio estaba a oscuras, a excepción de la luz que estaba sobre su puesto y el pasillo de los baños.
La mujer, de 38 años, cerró su computadora y, tras un largo suspiro, se puso de pie y caminó hacia allá.
En el largo espejo resctangular pudo ver a una persona cansada, ojerosa, pero extremadamente orgullosa de sí misma. La vida no había sido justa para ella, pues sus padres ya no estaban vivos y su hermana vivía en el extranjero; no tenía hijos ni mascotas, y su único compañero era Rodolfo, aquel maravilloso hombre que llegó a su vida hace más de 5 años y que pudo darle color a sus días. Dos veces había tenido abortos espontátenos, por lo que práctivamente ya estaba resignada a no tener jamás descendientes. Rodolfo fue el nombre que apareció en la pantalla de su celular cuando comenzó a sonar mientras estaba sentada orinando.
-Hola amor, terminé hace unos minutos, ya voy a casa.
-Te espero, bella. La cena estará lista y me contarás cómo salió todo con tu informe. - La voz de Rodolfo era una melodía que la calmaba y le transmitía una paz y seguridad que pocas veces había sentido en su vida.
-Claro, me parece bien. Voy saliendo, te quiero.
-Y yo a ti, bella.
Al finalizar la llamada, se puso de pie, se limpió y salió del cuarto para enjuagar sus manos. Pudo ver nuevamente en el espejo aquel brillo en sus ojos, los cuáles sólo él podía causar. Sin él, su vida no sería la misma, de eso estaba segura.
Lavó sus manos, miró nuevamente al espejo, y se dispuso a caminar fuera cuando un ruido la sobresaltó. Una de las tapas de los inodoro se había cerrado de golpe. Indecisa, primero miró a través del espejo, pero, como si desconfiara de la imagen que ahí se proyectaba, casi de inmediato se dio la vuelta y miró cada una de las puertas, 3 de ellas cerradas, la cuarta, recientemente ocupada por ella, se encontraba abierta, y la tapa cerrada. Sin darle más vueltas, o cuestionarse si ella la había cerrado, o si quedó mal levantada y debido a eso cayó, sacó rápidamente un papel del dispensador, secó sus manos y lo arrojó al basurero. Salió de inmediato del cuarto de baño sin mirar atrás.
Si lo hubiera hecho, habría visto dos piernas detrás de unas de las puertas, dentro de uno de los cubículos.
Fue en ese momento, que comenzaría a experimentar el verdadero terror en su vida.
Mía jamás volvería a casa...