Un Libro De Mierda

Nuevos amigos

Todos me llamaban rara o rata de laboratorio, experimento mal hecho… por el simple hecho de ser yo.

Siempre me fascinaron las películas de terror, crímenes y asesinatos, casos sin resolver… En mi libreta anotaba todo lo importante: qué errores cometieron y cuáles los salvaron de ser encerrados, cómo asesinaban a sus víctimas. Mi favorito era Zodiac Killer.

Cuando tenía como 10 años me diagnosticaron psicosis y bipolaridad, trastornos múltiples y esquizofrenia, pero jamás me importó. Creo que solo fueron dos veces las que tomé la medicación. Sabía esconder las píldoras de mis padres.

Cuando tenía 11 años, unos vecinos llegaron al pueblo. Tenían unos perros muy fastidiosos: de noche ladraban y a veces se cruzaban a mi casa.

Un día de me harté.

La niña de al lado, una rubia tonta, decía ser mi amiga. Mamá la invitaba todas las tardes mientras ella y la vecina chismeaban, y yo me tenía que fumar a la rubia y sus jueguitos tontos.

Ese día su perrito, un pastor alemán que respondía al nombre de Sparky, destrozó mi oso, un regalo de mi difunto abuelo.

No lloré.

No hablé.

Planeé.

No lo escribí. Lo mentalicé.

Para eso de las 20 hs los Sherphan salían a la tienda a comprar alimentos. Aproveché que mi madre estaba distraída y salí al patio donde estaba ese monstruo. Lo tomé por el cuello, le cubrí el hocico y lo cargué hasta mi casita.

Allí termino todo.

Después arrastré el cuerpo hasta el bosque detrás de la casa. Allí me deshice de él. Lo tiré en mi pozo oculto; allí tiraba todo lo que no servía. Estaba escondido dentro de un árbol hueco, nadie lo descubriría.

El lago emanaba una niebla oscura.

Era perturbador.

Era hermoso.

El perrito ni chilló. Ya lo venía envenenando varias noches y, antes de agarrarlo, tripliqué la dosis.

Al día siguiente la rubia entró a casa chillando. Yo estaba en mi casita. No había rastros de nada. Era perfecto.

Ella me abrazó, llenándome el hombro de mocos. Asco.

La aparté despacio mientras la miraba de arriba abajo y soltó:

—Sparky se fue… —una lágrima le surcó el rostro.

—¿Por eso lloras? —la observé—. Desperdicias lágrimas.

Ella se sentó contra la pared, abrazando sus rodillas

—Ya no llores. Sabes que no se me da consolar, gurisa.

Ella me miró. Su rostro marcaba tristeza.

—Ándale, Monse, ya déjate el drama.

Ella quedó en silencio un rato mientras yo la miraba con… ¿acompañamiento? No sé. Solo intentaba que se callara

***

Unos 10 meses después el verano llegó, y eso significaba que vería a la rubia las 24 hs del día. La escuela no estaba tan mal después de todo: allí la veía, pero me libraba porque la maestra siempre nos separaba.

Una familia se mudó a la otra casa junto a la mía. Qué karma estaría cobrándome la vida, joder.

Era una familia no muy grande: dos adultos y dos niños. Ash.

Mi madre me obligó a acompañarla a saludar. “Modales básicos”, decía.

Eran los Carson.

Los niños eran de mi edad. Mellizos, dizque suerte la mía. Uziel y Ángeles se llamaban los niños. Uziel era blanco, de pelo castaño ruloso. Tenía pecas en su rostro y ojos grandes color gris. Sus pestañas oscuras resaltaban a la luz. Su cuerpo era flaco, de textura media… y no os creáis que me enamoré, porque no.

La niña era blanca, cabello negro, también tenía rulos. Su rostro estaba repleto de pecas.

Ella estaba un poco más rellena que el niño y era un poco más alta.

Eran intensos.

Dios, sí que lo eran.

—¿Y a ti qué te gusta? —me preguntó la niñata.

—Sentarme y mirar el techo —respondí.

—Eres aburrida —dijo Uziel.

—¿Y ustedes no se cansan de hablar? —repliqué.

—¿Tienes amigos? —se me acercó más la niña.

—Mmm… —dudé. Entonces me acordé de la rubia. Yo no la consideraba una amiga, solo una pesada que vivía más en mi casa que en la suya… pero ¿qué podía hacer?— Sí.

—¿Cómo se llama? —levantó las cejas en la última palabra.

—¿Y eso a ti qué? —la reté.

—Ya, Angy, déjala. Seguro tiene miedo de que le quites sus amigos —habló el niño a su hermana.

—Monserrath —dije, mirando a la niña y al metido de su hermano.

—Ah, ya. Qué lindo nombre —sonrió la niña—.¿Jugamos a algo?

No respondí

La noche pasó lenta. Mi madre por fin se acordó de que tenía un hogar y me llamó para irme.

Me las iba a pagar.

Ya en mi casa, la rubia no me parecía tan pesada. Ella se adaptaba a mi silencio y respetaba mi espacio, no como esos dos.

Además, ella sabía de mi condición y jamás la reveló.

Así que podía… ¿confiar en ella?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.