Ya hacían 4 años desde que llegó la rubia y 3 de los Carson. Este año cumplía 16 años.
La medicación era fuerte. Tenía periodos de agresividad extrema, otros de depresión; muy inestable. Me ponía ansiosa por cualquier mierda. Lo único estable era mi autoestima: carecía de una autoestima baja, y es que sí, me amaba. Además mi ego era increíble. ¿Qué les puedo decir? Era perfecta…
Desde que los Carson llegaron se imaginarán lo que ocurrió: la niña y a veces su hermano se cruzaban a mi casa. A la rubia no le importaba eso hasta que un día Ángeles me invitó a una pijamada y a ella no.
Yo claramente no quería ir, pero mi madre me había obligado. Habían otras dos niñas más de la clase, María y Triz. Eran unas diosas…
Al otro día, como a eso de las 5 de la tarde, la rubia entró a mi cuarto llena de lágrimas y comenzó su discurso. Era la reina del drama; nadie en el maldito pueblo podía quitarle esa corona jamás.
—Dime algo, Ava —así me decía ella—. ¿Ya no quieres ser mi amiga? ¿Te he hecho algo o es que ahora que está Ángeles te deshaces de mí? ¿O es por eso que te sientas con ella todo el tiempo en clases y en el almuerzo?
Cada vez que hablaba movía las manos de una forma muy peculiar. Amaba cómo se ponía celosa de la otra. A decir verdad, a nadie le había importado mi cariño como a ella. ¿Será por eso que en estos años le seguí hablando?
—Ey, Ava, te estoy hablando —me quitó de mis pensamientos.
—Ay, Monse, deja ya el drama —no le di importancia. Desde que había aparecido Ángeles ella no abandonaba esas escenas; esta solo era una de tantas.
—¿Pero por qué evades mis preguntas? No me has respondido nada. Todo el tiempo me evades o simplemente me apartas. ¿Crees que no noté que te juntas con ella sin mí?
Una expresión de dolor le abordó el rostro y esta sí era real, no como las que siempre tenía.
—Ya, rubia, que no te estoy cambiando. Solo que mi madre me obligó a ir. Sabes que ella ama a Ángeles.
Le ofrecí asiento junto a mí. Ella se sentó, reposando su rostro en mi hombro. Me rodeó el cuerpo con sus brazos en un… ¿abrazo?
—Ya, rubia, no te emociones —le palmeé la espalda.
Ella no se inmutó. La detestaba tanto cuando se ponía así.
—Sabes, te quiero seca —me clavó el rostro en el pecho.
—Ya, niña, ya.
Jugué con su pelo y luego la aparté. Ella me observó.
—Noche de películas —soltó de golpe.
Me la veía venir. Muy buena jugada la de esta.
—Vale —rodé los ojos.
Ella dio unos brinquitos. Luego nos tiramos al suelo con unas mantas para ver una maratón de terror. Lo único bueno era eso.
Ella detestaba esas cosas de sangre, y yo sé que siempre se quejaba o gritaba. A veces me tomaba el brazo o la mano porque tenía miedo, decía.
***
—Vas a arrancarme la mano, rubia.
—Pero me da miedo, Ava
Cubrió su rostro con mi brazo; así no iba a poder escribir nada.
—¿Sigues escribiendo todo eso?
Ella sabía de mi cuaderno, pero no le importaba mucho.
—Sabes, no me sorprendería que te conviertas en asesina serial.
Ella no lo sabe, pero ya lo soy… pero de animales. ¿O quién creen que se deshizo de los fastidiosos gatos que lloraban en las noches?
Y ni hablar de Sparky. Capaz que eso fue lo que me unió tanto a ella.
—Toc, toc —tocaron la puerta.
Monse se estremeció. Podía verlo: estaba que se meaba.
Ella se puso de pie para abrir, dándome tiempo de esconder la libreta.
Era Angy. Ella saludó a la rubia sin importancia y pasó como si nada. Me saludó y se sentó donde la rubia había estado.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
—Mis padres salieron del pueblo por una urgencia. Uziel se fue con sus amigos, así que mi madre le preguntó a la tuya si podía pasar la noche aquí. Así que ya ves —dijo como si eso fuera lo más normal del mundo.
—Ya… —fue lo único que formuló mi cerebro.
La rubia se acercó y me miró como diciendo: ¿La dejarás ocupar mi lugar?
—Chopy, aparta. Ese es el lugar de Monse.
Ella no se inmutó.
—¿Qué se siente allí? Es solo un lugar —apuntó el otro lado con su mano.
—Ya, Chopy, no seas pesada.
Ella cedió y se acomodó del otro lado. Se notaba que solo lo hacía por molestar a la rubia.
Monse se sentó. Ya no tenía ánimos; estaba triste. La conocía lo suficiente para saberlo. Sus piernas tenían un pequeño temblor. Ella hacía eso cuando se sentía abatida, incluso fuera de su zona.
Seguimos mirando la película cuando la niñata habló:
—¿A ustedes les gusta ver esto? Es muy grotesco —señaló la película.
—Y tú eres hartante —solté.
—Yo también te amo —acarició mi brazo.
Monse se puso en pie.
—Creo que ya debería irme.
Ni siquiera me miró; solo se dio la vuelta, como si se diera cuenta de algo, como si ya no esperara nada.
—Espera, Mons —me paré deprisa.
Ella se dio la vuelta para escuchar qué quería.
—No te vayas.
Ella se dio la vuelta y siguió caminando.
—¡Monse, espera! —le grité.
—Anda, déjala ya. Ella no vale la pena —habló Ángeles.
No le dí importancia seguí a la rubia para detenerla.
Ella estaba bajando las escaleras cuando la sujeté.
Se detuvo en seco y se dio la vuelta.
—Chopy, es en serio —su voz se sentía agotada—. No importa. Ya ve con ella. No te molestaré.
—Que tú no molestas, rubia —dije sin soltar su brazo.
—Pues déjame decirte que no parece, Ava. No le dijiste nada si no hasta que te miré. Si tan solo te importara un poco, las cosas nacerían de ti.
Lo dijo como si hubiese aguantado mucho tiempo.
—Sabes que no se me da eso de expresarme —hice un movimiento con la mano—. Además, yo no la invité.
—Tampoco es que te niegues. Ya solo me iré.
Sonó decepcionada, y me dolió.
—Espera, Mons, no te vayas. No quiero pasar la noche sola con ella. Si te vas, ¿quién evitará que la mate mientras duerme? —me reí.