Adrián regresó a su ático, sintiendo cómo algo incomprensible se arremolinaba en su interior: una mezcla de irritación, ansiedad y algo más que no podía definir. La mancha roja del cóctel en su camisa blanca parecía una herida, y eso resultaba extrañamente simbólico. Arrancándose la corbata, la arrojó sobre el sofá y se acercó a la ventana panorámica desde la cual se divisaba la ciudad, dividida en dos partes: la brillante Alta Vista, iluminada por luces, y las oscuras siluetas del barrio en el horizonte.
La escena en "Mirador" se repetía en su mente una y otra vez. Cami Rivera, esa chica con fuego en los ojos y una terquedad que rayaba en la imprudencia. Lo había sorprendido. No se asustó, no intentó halagarlo, no trató de aprovechar la situación para su propio beneficio, como habría hecho la mayoría. Lo desafió, y para su propia sorpresa, se dio cuenta de que eso le gustaba.
—¿Por qué no ordené a seguridad que la detuviera? —preguntó Adrián a la habitación vacía—. ¿Por qué no la obligué a borrar el video?
Tenía todos los recursos a su disposición para hacerla obedecer. Y, sin embargo, cuando llegó el momento, no pudo. No por debilidad, sino por algo más. Algo relacionado con esa descarga eléctrica que sintió al tocar su mano. Una sensación como si algo profundo dentro de él hubiera respondido, resonando en una frecuencia desconocida.
Adrián se frotó las sienes, tratando de concentrarse. Ese extraño magnetismo debía tener una explicación, estaba seguro. Y probablemente estaba relacionado con lo que ocurrió en el baile de máscaras. Con Guerrero, el símbolo, los espejos.
Encendió su portátil y buscó el último video de Cami. Ya había acumulado más de dos millones de vistas en tan poco tiempo. Los comentarios estaban divididos en dos bandos: algunos la consideraban una loca conspiranoica, mientras que otros admiraban su valentía por exponer "los sucios secretos de la élite". Sin embargo, nadie se acercaba a la verdad.
Esta vez lo observó con más atención. No al rostro de Cami, que, debía admitir, era difícil de ignorar, sino a los detalles de la grabación. En el momento de la caída de Guerrero, notó algo que no había visto antes: finos hilos de luz que se extendían desde su pecho. Apenas perceptibles, al límite de la percepción, pero estaban allí. Y la mujer de negro, cuyo rostro no quedó en el encuadre, extendía sus manos hacia ellos. Sus dedos en el fotograma parecían más largos de lo normal para una persona, ¿o era solo un efecto de la iluminación?
"Recolectores de Emociones", el nombre surgió en su memoria, uno que no había escuchado en muchos años. Dos palabras de las pesadillas de su infancia, de conversaciones a medio olvidar, escuchadas a escondidas detrás de la puerta del despacho de su padre.
Adrián desvió la mirada hacia un estante donde descansaba un retrato de su padre. Richard Blake: alto, imponente, con la misma belleza severa que había heredado su hijo, pero con ojos que parecían saber demasiado. Desapareció cuando Adrián tenía seis años, dejando tras de sí un vacío y miles de preguntas sin respuesta.
—Tú lo sabías —susurró Adrián, mirando la fotografía—. Lo sabías y trataste de advertirme.
De repente, un rompecabezas comenzó a encajar en su mente. Su padre no simplemente desapareció: huyó. Huyó de algo relacionado con la familia, con su estatus, con su madre. Con la Orden.
Adrián se levantó de golpe. En la mansión familiar, donde pasó su infancia, había una enorme biblioteca. Y en esa biblioteca, un sección secreta escondida detrás de una pared falsa. Su padre le había mostrado ese lugar poco antes de su desaparición, haciéndole prometer que no se lo contaría a nadie.
"Cuando llegue el momento, sabrás qué buscar", le había dicho entonces.
Parecía que ese momento había llegado.
En menos de una hora, Adrián estaba en la mansión familiar. La casa parecía vacía: Victoria tenía una reunión con los miembros de la junta de una fundación benéfica. Sin hacer ruido, recorrió los familiares pasillos hasta el ala este, donde se encontraba la biblioteca.
El gran salón, lleno de libros desde el suelo hasta el techo, respiraba siglos de conocimiento y secretos. Adrián pasó junto a estanterías con ediciones raras, antiguos tomos y literatura contemporánea, dirigiéndose con determinación hacia la pared trasera. Allí, detrás de un enorme escritorio de roble y un armario con primeras ediciones de clásicos, había una sección que parecía ordinaria si no sabías dónde presionar.
Adrián palpó una grieta casi imperceptible en el tallado y presionó. Una parte de la pared se deslizó con un leve clic, revelando un pequeño pasillo.
Detrás había una diminuta habitación, iluminada por una única lámpara bajo una pantalla color marfil. Allí había una pequeña mesa, una silla y un armario cerrado con llave. Adrián encontró la llave donde su padre la había dejado: dentro de un hueco tallado en una antigua edición de la "Divina Comedia" de Dante, que estaba a la vista en un estante.
El armario se abrió con un chirrido prolongado. Dentro, en el estante superior, había tres diarios de cuero, cada uno con las iniciales grabadas "R.B.": Richard Blake. Adrián tomó el primero, sintiendo cómo sus dedos temblaban ligeramente de anticipación.
Se sentó en la silla, abrió el diario y leyó la primera entrada: 17 de marzo de 1998. Dos años antes de su nacimiento.
"Hoy fui presentado a la Orden de la Oscuridad Estelar. Lo que vi parece imposible, de no haberlo presenciado con mis propios ojos. Parece que la verdadera naturaleza de mi esposa y su familia se ha revelado ante mí. No son solo ricos o influyentes. Son algo completamente diferente, algo para lo que la ciencia no tiene definición. Las fuerzas que controlan pueden alterar la propia realidad. Al parecer, nuestro matrimonio no fue una casualidad. Me buscaron por lo que llaman 'aura resonante', una capacidad especial para amplificar sus habilidades. Debería estar asustado, pero en cambio solo siento curiosidad. Y, lamentablemente, una fascinación primitiva que, temo, ya está empezando a cambiarme."
Editado: 08.01.2026