El motel olía a humedad, cerveza vieja y decisiones cuestionables.
Dean Winchester dejó caer las llaves sobre la mesa sin mirar atrás.
—Dime que esta vez no es un caso de fantasmas con trauma infantil.
—Es un ángel caído —respondió Castiel desde la puerta.
Dean se congeló apenas un segundo.
—Genial —murmuró—. Justo lo que necesitaba. Problemas celestiales con complejo de abandono.
Castiel avanzó despacio, observándolo más de lo necesario.
—No es el caso lo que te molesta.
Dean soltó una risa sin humor.
—Claro que sí. Ángeles problemáticos, pueblos raros, martes normal.
Castiel se detuvo frente a él.
Demasiado cerca.
—Estás evitando hablar conmigo.
Dean levantó la mirada, molesto, pero no se apartó.
—No todo gira alrededor tuyo, Cas.
Silencio.
Un silencio que no era cómodo.
—Para mí sí —dijo Castiel.
Dean parpadeó.
Ahí estaba otra vez. Esa forma de decir las cosas sin filtro, sin miedo. Como si no entendiera que había líneas que no se cruzaban.
O peor, como si no le importara cruzarlas.
Dean se giró, pasándose una mano por el cabello.
—No puedes soltar cosas así como si nada.
—¿Por qué no?
Dean lo miró otra vez. Esta vez más despacio.
Más vulnerable.
—Porque… —se quedó en silencio, buscando una excusa que no fuera la verdad— porque esto no es normal.
Castiel lo sostuvo con la mirada.
—Tú tampoco lo eres.
Y aun así… no dejo de elegirte.
No lo dijo en voz alta.
Pero Dean lo escuchó igual.
MIENTRAS TANTO…
En otro lugar.
El búnker estaba demasiado silencioso.
Sam Winchester cerró el libro de golpe.
—Sal. Ya sé que estás aquí.
Una pausa.
Y luego, una voz familiar:
—Siempre tan perceptivo, Moose.
Crowley apareció apoyado contra la pared, con una sonrisa ladeada.
—¿Qué quieres? —preguntó Sam, tenso.
Crowley lo observó, pero no como un enemigo.
No del todo.
—Quizás solo vine a verte.
Sam soltó una risa incrédula.
—Sí, claro.
Crowley se acercó un paso.
—Te sorprendería lo honesto que puedo ser contigo.
Sam no retrocedió.
Y eso fue un error.
O tal vez no.
—No juegues conmigo, Crowley.
—Oh, cariño —murmuró él, bajando la voz—. Si estuviera jugando ya habrías perdido.
La tensión se volvió densa.
Peligrosa.
Pero ninguno se movió.