El lugar al que llegaron no aparecía en ningún mapa.
Un edificio abandonado o eso parecía.
Pero el aire vibraba.
Incorrecto.
Sam Winchester lo sintió primero.
—Aquí es.
Crowley lo observó de reojo.
—Siempre tan sensible a lo sobrenatural, es casi adorable.
Sam ignoró el comentario.
—Mantente enfocado.
Crowley sonrió apenas.
—Créeme, lo estoy.
Dentro…
El silencio era absoluto.
Demasiado.
Sam avanzaba con cuidado, arma en mano.
—¿Qué se supone que estamos buscando exactamente?
—No “qué” —corrigió Crowley en voz baja—. “Quién”.
Un ruido.
Un susurro.
Sam se giró—
Nada.
Pero lo sintió.
Algo mirándolo.
De repente, una figura apareció frente a ellos.
Humana.
Pero no del todo.
Sus ojos brillaban con una luz antinatural.
—Llegaste —dijo con una voz que no era una sola.
Sam apuntó.
—No te acerques.
La cosa sonrió.
—No vine por ti.
Pausa.
Y entonces miró directamente a Sam.
—Pero puedo usarte.
El ataque fue instantáneo.
Crowley reaccionó primero, empujando a Sam fuera del camino.
—¡MUÉVETE!
La criatura se lanzó y lo que hizo no fue físico.
Fue peor.
Una energía oscura atravesó el aire y golpeó a Sam directamente.
Sam cayó de rodillas, gritando.
—¡SAM! —gritó Crowley, perdiendo la compostura por primera vez.
—Está conectado —susurró la criatura—. A ellos, a ambos.
Crowley levantó la mano, listo para atacar—
—Hazlo y él muere —dijo la entidad.
Silencio.
Crowley dudó.
Y eso fue nuevo.
En el búnker…
Dean Winchester se dobló de repente, llevándose la mano al pecho.
—¡Dean! —Castiel corrió hacia él.
—Sam… —jadeó— algo le pasa a Sam.
Castiel cerró los ojos por un segundo.
Y lo sintió.
—Está siendo usado.
Dean levantó la mirada, furioso.
—Entonces vamos.
—Dean—
—¡AHORA, CAS!
De vuelta en el edificio.
Sam estaba en el suelo, temblando.
—Duele… —susurró.
Crowley estaba frente a él, tenso.
Atrapado.
—Suéltalo.
—No —respondió la entidad—. Él es la llave.
La energía se intensificó.
Y entonces Sam gritó de nuevo.
Más fuerte.
Y algo cambió.
Sus ojos brillaron por un segundo.
Crowley tomó una decisión.
Una real.
Una que no podía deshacer.
Se acercó a Sam y lo sostuvo.
—Mírame —dijo, firme—. Sam, mírame.
Sam apenas podía enfocar.
—No puedo.
—Sí puedes.
Crowley apretó su rostro entre sus manos.
—Escúchame. No te voy a dejar.
La criatura rió.
—¿El rey del infierno preocupado?
Crowley no apartó la mirada.
—Cállate.
Y entonces—hizo algo inesperado.
Absorbió parte de la energía.
El dolor lo golpeó al instante.
—¡AAH—!
Pero no se soltó.
Sam abrió los ojos, sorprendido.
—¿Qué haces?
Crowley apenas sonrió.
—Tomando una mala decisión.
En ese momento—
Dean y Castiel entraron.
—¡SAM!
La escena los congeló.