El búnker nunca se había sentido tan frágil.
No por las paredes.
Por ellos.
Dean Winchester estaba apoyado en la mesa, mirando un punto fijo.
Pensando.
Demasiado.
Sam Winchester hojeaba un libro… sin leer realmente.
Y en la otra punta Castiel estaba en silencio.
Como si ya supiera algo que los demás no.
—Habla —dijo Dean de repente—. Lo que sea que estés pensando, dilo.
Castiel levantó la mirada.
Directo.
—No destruimos a la entidad.
Silencio.
—La alimentamos.
Sam frunció el ceño.
—¿Cómo?
Castiel respiró hondo.
—No se alimenta solo de energía, sino de vínculos. De decisiones. De a quién elegimos.
Dean tensó la mandíbula.
—Eso no tiene sentido.
—Sí lo tiene —intervino Sam, entendiendo—. Mientras más fuertes sean los lazos, más poder obtiene.
Castiel asintió.
—Y ahora ya nos probó.
Un silencio pesado cayó.
—Entonces la próxima vez —dijo Dean— va a ir directo a eso.
—Sí.
—A nosotros.
—Sí.
Otra pausa.
Más larga.
Más difícil.
—Hay una forma de detenerlo —añadió Castiel.
Dean lo miró inmediatamente.
—Dímela.
Pero algo en su tono cambió.
Porque ya sabía.
—Hay que romper el vínculo —dijo Castiel.
Sam negó.
—No.
—No emocionalmente —aclaró Castiel—. Energéticamente.
Dean frunció el ceño.
—Habla claro.
Castiel lo sostuvo con la mirada.
—Uno de nosotros tiene que absorber toda la conexión… y contenerla.
Silencio.
Sam entendió primero.
—Como hizo Crowley…
—Pero completo —añadió Castiel.
—¿Y qué pasa con quien lo haga? —preguntó Dean.
Castiel no respondió de inmediato.
Mala señal.
—Cas.
—Desaparece —dijo finalmente.
El aire se volvió pesado.
Real.
—No —dijo Dean al instante—. Buscamos otra forma.
—No la hay.
—Siempre hay otra forma.
—Dean—
—¡NO!
El golpe en la mesa resonó.
Sam miró entre los dos.
Y entendió.
Todo.
—No vas a hacerlo tú —dijo de repente.
Castiel no respondió.
Pero no hacía falta.
Dean dio un paso adelante.
—Ni lo pienses.
—Es mi responsabilidad —respondió Castiel con calma—. Esto viene del cielo. De mi tipo.
—No me importa.
—A mí sí.
Silencio.
El tipo de silencio que rompe cosas.
Dean se acercó más.
—No voy a perderte.
Castiel lo miró.
Y esta vez sí había emoción clara.
—Nunca fui tuyo para perderme.
Eso dolió.
Más de lo que debía.
Dean bajó la voz.
—Eso no es cierto.
Un segundo.
—Y lo sabes.
Castiel dio un paso más cerca.
Solo uno.
—Lo sé.
Pero luego retrocedió.
Otra vez.
—Por eso tiene que ser yo.
En ese momento, una risa débil interrumpió todo.
—Vaya, qué escena tan conmovedora.
Los tres se giraron.
Crowley estaba en la entrada.
Pálido.
Débil.
Pero de pie.
—Tú no —dijo Dean inmediatamente—. Ni lo intentes.
Crowley rodó los ojos.