—Ahhhh... Me duele la cabeza. —agregó el joven débilmente a través de la máscara de oxígeno—. ¿Qué es esto? —preguntó confundido, tocándose la nariz.
Entornó los ojos; y al abrirlos completamente, vio una especie de máscara conectada a su rostro. —Esto es incómodo... —tiró de ella e inmediatamente comenzó a toser—. Supongo que ya no la necesitaré.
—Dejando de suministrar oxígeno puro. —se oyó una máquina hablar a su izquierda.
Giró la cabeza lentamente, vio lo que parece ser un pequeño dispositivo de una considerable con un dispositivo de purificación de aire, el cual iba directamente conectado a un tanque de O2 puro. Estaba pegado a la camilla y en la esquina del cuarto con terminaciones ovaladas, a Aldrich recostado en un sofá de tela no muy cómodo; además, parecía estar sufriendo de bastante frío.
Levantó las sábanas para poder ver sus pies, así comprobar si los movimientos habían vuelto a la normalidad, y afortunadamente, estos se cerraban y abrían con total eficacia.
—Suspiró aliviado—. Benditos sean los Salvadores, por fin he vuelto a la normalidad… —se interrumpió al subir un escalofrío por su espalda—. Ahhh, ¡por qué está tan frío! —gritó metiéndose debajo de las traslúcidas mantas.
Asomó la cabeza para observar los alrededores buscando una forma de calentarse; justo al lado de la puerta de entrada se encontraban lo que parecían ser unos abrigos. Decidido, levantó un poco la manta y comenzó a sacar un brazo.
—Ahh-ah... tú puedes, Asher. —reunió valor y se destapó hasta el torso de una—. Ahhhhh… Se sentó en la camilla; bajó los pies y los retiró de inmediato... —insultó por lo bajo y resopló con molestia—. Los descendió nuevamente y, por mucho que le doliera, se irguió; caminó como pato entre gemidos y murmullos de dolor hasta que llegó a la ropa. Afortunadamente, entre ellas había unas pantuflas blancas que eran al menos dos tallas más grandes que las de él. Aunque no reconocía las prendas, el joven creía que a nadie le molestaría que las usara por un momento. Además de estas, había un buzo verde oscuro con un logo de un planeta azul con algunas nubes en su atmósfera, que de igual modo le quedaba algo grande, y un pantalón gris de una tela extraña que era bastante agradable al tacto... Se las puso encima del uniforme e inmediatamente la calidez volvió a su ser.
—Esta ropa es increíble, no importa que me quede un poco grande. —agregó conforme y apretó el botón para abrir la puerta—. Tengo hambre, debería comer algo… —se interrumpió al recordar algo.
Se acercó nuevamente a la camilla; retiró las mantas y las estiró; después se arrimó en puntillas de pie a la silla donde dormía Aldrich con bastante incomodidad. —su pierna crujió con un ruido extraño—. Mierda… —insultó, pero se tapó la boca.
Lo arropó con las tres mantas con cuidado; agarró su almohada y, rogando para que no se despertara, le levantó un poco la cabeza, la cual era extrañamente ligera, y la dejó sobre su nuca.
—Nos vemos más tarde... —salió y cerró la puerta detrás de él con el apretar del botón.
Pasó por el pasillo de la enfermería hasta llegar al comedor del centro, que estaba directamente conectado con la salida y la cabina de mando. Para su sorpresa, no había nadie más despierto; de hecho, parecía que era la única persona en la nave… El espacio era reducido; no entraban más que dos personas en el ancho del corredor. Las paredes estaban oscuras, pero el joven no comprendía si era herrumbre o suciedad. Las luces se iban encendiendo conforme él avanzaba y las respectivas se iban apagando; un par de veces se giró con escalofríos por sentir que había alguien detrás de él. Después de todo, ya era muy conocido que en los transbordadores, sin importar el rango, habían ocurrido hasta el hechos de los más repugnante.
—Esto podría ser perfecto para una historia de terror... Lástima que prohibieron todas las películas. —suspiró apenado—. Las películas de la estación Stellae I eran asombrosas.
Mientras se quejaba, sacó un pocillo con la intención de prepararse café; pero para su infortunio, la máquina no encendía… —¿Estás de broma? —preguntó irónicamente y miró detrás de ella—. Tiene el cable roto... —dijo desanimado—. ¿Ahora qué se supone que tome? —indagó incrédulo—. Quizá haya algo en el almacén.
Recorrió el pasillo cercano a las terminaciones de “Y” de la nave y entró al pequeño almacén de 3x3 lleno de estanterías metálicas, las cuales no estaban muy suministradas. Hurgo por las cajas con la ilusión de encontrar café instantáneo o una cafetera nueva.
—Tomaré agua caliente… —se interrumpió al perder el equilibrio momentáneamente—. ¿Fue un terremoto?
Se escuchó un objeto caer desde otra estantería, la cual aún no había rebuscado; se agachó y vio una cajita rosa de no más de quince centímetros. —camino hacia ella con intriga—. Con curiosidad, la levantó y acercó el empaque a sus ojos.
—¿Qué será esto? —palpó intrigado, investigando la con sus dedos endurecidos por el trabajo pesado.
Era una caja de madera, muy robusta al tacto, con un cerrojo que se encontraba encima de un árbol rosado y un tronco negro delimitado con color blanco. Y además, en la tapa parecía haber un vidrio polarizado; en este se veían unas especies de sacos con colores diferentes. —la abrió con cuidado—. Dentro de ella había 5 tipos de sacos: blanco, azul, verde, amarillo y rosa... Miró la tapa y en ella había una especie de mensaje dado vuelta.
—¿Qué dice? —inclinó la cabeza para leerlo—. “No tocar, propiedad de Kai”, —leyó en voz alta y sacó la bolsita amarilla—. ¿A qué olerá? Mmmm, esto huele rico y fresco. —miró hacia la puerta con previsión—. Bien, no hay nadie... No creo que Kai se dé cuenta por uno solo.
Al inspeccionar cuidadosamente el sobre, este tenía unas inscripciones en la parte contraria que decían la cantidad de agua hervida necesaria para diferentes cantidades de recipientes…
—¿Entonces es una hierba nutricional de algún tipo?
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Editado: 01.09.2026