—Ahhhh... Me duele la cabeza. —agregue débilmente con eco—. ¿Q-Qué es esto? —pregunté confundida, tocándome la nariz.
Entorné los ojos; y al abrirlos completamente, vi una especie de máscara extraña conectada a mi rostro. Esto es incómodo... —tiré de la máscara e inmediatamente comencé a toser—. Supongo que ya no la necesitaré.
—Dejando de suministrar oxígeno puro. —se oyó una máquina hablar a mi izquierda.
Giré la cabeza lentamente, vi la máquina, pegada a la camilla y en la esquina del cuarto con terminaciones ovaladas, a Aldrich recostado en un sillón… el cual parecía no estar muy cómodo para él; además, parecía estar sufriendo de bastante frío. Levanté las sábanas para poder ver mis pies, así comprobar mis movimientos con la esperanza de que volviera a sentirlos y, afortunadamente, comencé a moverlos.
—suspiré aliviada—. Benditos sean Los Salvadores, por fin he vuelto a la normalid-. —me interrumpí a un escalofrío subir por mi espalda—. ¡Ahhhh, por qué está tan frío! —grité metiéndome debajo de las mantas.
Asomé la cabeza para observar los alrededores buscando una forma de calentarme; justo al lado de la puerta de entrada se encontraba lo que parecía ser unos abrigos. Decidida, levanté un poco la manta y comencé a sacar un brazo.
—Ahh-ah... tú puedes, Lyra. —reuní valor y me destapé hasta el torso de una—. Ahhhhh...
Me senté en la camilla; bajé los pies y los retiré de inmediato... —insulte por lo bajo y resoplé con molestia—. Los descendí nuevamente y, por mucho que doliera, me erguí; caminé como pato entre quejidos y murmullos de dolor hasta que llegué a la ropa. Afortunadamente, entre esta se encontraban unas pantuflas blancas de por lo menos 3 tallas más grandes que la mía. Aunque no reconocía las prendas, no creía que a nadie le molestase que las use por un momento. Además de las pantuflas, había un buzo verde oscuro con un logo de un planeta azul con algunas nubes en su atmósfera, que de igual modo me quedaba algo grande, y un pantalón gris de una tela extraña que era bastante agradable al tacto... Me la puse encima del uniforme e inmediatamente la calidez volvió a mí.
—Esta ropa es increíble, no importa que me quede un poco grande. —agregue conforme y apriete el botón para abrir la puerta—. Tengo hambre, debería com-. —me interrumpí al recordar algo.
Me acerqué nuevamente a la camilla; retiré las mantas y las estiré; después me arrimé en puntillas de pie a la silla donde dormía Aldrich con bastante incomodidad. —mi pierna crujió con un ruido extraño—. Mierda… —insulte, pero me tape la boca.
Lo tapé con las tres mantas con cuidado; agarré mi almohada y, rogando para que no se despertara, le levanté un poco la cabeza, la cual era extrañamente ligera, y le dejé la almohada sobre su nuca.
—Nos vemos más tarde... —salí y cerré la puerta detrás de mí con el apretar del botón.
Pasé por el pasillo de la enfermería hasta llegar al comedor del centro, que estaba directamente conectado con la salida y la cabina de mando. Para mi sorpresa, no había nadie más despierto; de hecho, parecía que era la única persona en la nave…
—Esto podría ser perfecto para una historia de terror... Lástima que prohibieron todas las películas. —suspiré apenado—. Las películas de la estación Stellae I eran asombrosas. —mencione nostálgico.
Mientras me quejaba, saqué un pocillo con la intención de prepararme café; pero para mi infortunio la máquina no encendía...
—¿Estás de broma? —me pregunté irónicamente y miré detrás de la máquina—. Tiene el cable roto... —mencione, desanimada—. ¿Ahora qué se supone que tome? —indagué incrédula—. Quizá haya algo en el almacén.
Recorrí el pasillo cercano a las terminaciones de “Y” de la nave y entré al pequeño almacén de 3x3 lleno de estanterías metálicas, las cuales no estaban muy suministradas que digamos. Hurgue por las cajas con la ilusión de encontrar café instantáneo o una cafetera nueva.
—suspiré con molestia—. Tomaré agua calie-. —me interrumpí al perder el equilibrio momentáneamente—. ¿Fue un terremoto? —inquirí alterada.
Se escuchó un objeto caer desde otra estantería, la cual aún no había rebuscado; me agaché y vi una cajita rosa de no más de quince centímetros. Con curiosidad, me erguí y acerqué al empaque.
—¿Qué será esto? —palpé intrigada y la agarré.
Era una caja de madera, muy robusta al tacto, con un cerrojo que se encontraba encima de un árbol rosado y un tronco negro delimitado con color blanco. Y además, en la tapa parecía haber un vidrio polarizado; en este se veían unas especies de sacos con colores diferentes. —la abrí con cuidado—. Dentro de ella había 5 tipos de sacos: blanco, azul, verde, amarillo y rosa... miré a la tapa y en ella había una especie de mensaje dado vuelta.
—¿Qué dice? —incline la cabeza para leerlo—. “No tocar, propiedad de Kai”. —leí en voz alta y saqué la bolsita amarilla—. ¿A qué olerá?... Mmmm, esto huele rico y fresco. —mire hacia la puerta con previsión—. Bien, no hay nadie... no creo que Kai se dé cuenta por uno solo. —cerré la caja y la escondí detrás de los demás paquetes.
Al inspeccionar cuidadosamente el sobre, este tenía unas inscripciones en la parte contraria que decían la cantidad de agua hervida necesaria para diferentes cantidades de recipientes...
—¿Entonces es una hierba nutricional de algún tipo? —pregunté intrigada.
Salí del almacén; herví el agua, dejé el sobre en la taza y, al volcar el agua, esta cambió a un color amarillo negruzco que llamaba bastante la atención. Posteriormente, me senté en las sillas del comedor...
—Guauuu, esto se ve increíble. —mencione sorprendida—. Según ese papelito, decía que podía echarle azúcar a gusto, pero creo que primero probaré si está muy amargo o no.
Lo probé; sentí todo mi cuerpo relajarse y recuperar el calor perdido. Una ola de calma y serenidad me inundó al beber por segunda vez...
—Mmmm, está buenísimo... —solté apaciguada, echándome en la silla.
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Editado: 28.01.2026