Un lugar al que llamar hogar (lyra)

Capítulo n.º 3: El viaje…

—bostecé mientras despegaba mi cabeza de la almohada.

—Jajaja, buenos días, dormilona. —rio risueñamente—. Realmente quedaste destrozada ayer; fíjate la forma exótica en la que dormiste. —comentó Aixa, mientras señalaba la litera.

Me froté los ojos para aclarar mi visión y vi una marca de baba gigante sobre la almohada, por lo que inmediatamente me limpié con la manga de la polera; además, también tenía las piernas enroscadas de una forma extraña.

—¿Qué? ¿Siquiera cómo sucedió esto? —pregunté extrañada.

—Ni idea, tú sabrás cómo se gobierna tu mente. —se mofó riendo nuevamente.

Me desenredé de la posición extraña en la que había dormido y senté en el comedor con ella; después me recosté sobre la mesa, aún adormecida. Ella acarició mi cabeza cálidamente y habló. ¿Quieres que te prepare un café tostado? —consultó con su típica sonrisa cordial.

—¿Qué? Ehhh… sí, me ayudará a… espabilarme un poco. —accedí medio dormida.

Pasaron algunos minutos y volvió con una taza de café enorme acompañada de unos palitos de pan que vendían con poca frecuencia en la cafetería.

—Aquí tienes, disfruta de tu desayuno business. —agregó satisfecha.

—¡Guau! ¿Pero qué es este desayuno? —pregunté expresando una cara de asombro.

—Tus cumplidos me honran —respondió sincerándose.

Mientras tomaba el desayuno totalmente en sintonía con los espléndidos sabores del café recién hecho, pude ver cómo Aixa me miraba como si quisiera preguntarme algo con demasiada curiosidad y urgencia, pero no se animaba a hacerlo, por lo que yo le alenté.

—¿Todo bien? ¿Quieres preguntarme algo? ¿O por qué es que me miras de esa manera? —le cuestioné con extrañeza.

—A-ahh, perdón… —suspiro avergonzada—. Es algo con respecto a Aldrich; me tiene un poco… desordenada. —se excusó con rapidez.

—Mmm… te dije muchas cosas realmente, ¿cuál fue la parte que te confundió? —pregunté con insistencia.

—¿Por qué te distanciaste de él cuando descubriste quién era realmente? —consulto y continúo—. Por lo que articulaste anteriormente, aunque siempre era bastante serio, te trató con lealtad y apego sin dudarlo. —mencionó con confusión—. Comprendería que se debiera a una posible aprehensión y a la advertencia de nuestros padres; pero tranquilamente podrías seguir viéndote con él a escondidas. —suspiro y espero mi respuesta pacientemente.

Abrí la boca para responder, pero las palabras se esfumaron como polvo en el espacio; dejé el café a medio terminar sobre la mesa y me sumergí en mis pensamientos para encontrar una respuesta a su pregunta, pero… parecía inexistente.

—Disculpa si es algo muy íntimo, pero realmente me desconcertó. —pronunció con arrepentimiento.

—No, no te preocupes… Tienes toda la razón, ¿por qué me distancié de él? —indagué en voz alta.

¿Por miedo? —me pregunté en la cabeza—. No, si ese fuera el caso, debería sentir lo mismo por Kendrick. —conteste confundida—. ¿Por lo que hizo su familia en el pasado? —me cuestioné nuevamente—. No, porque él no fue quien llevó a cabo aquellas atrocidades.

Cientos de preguntas invadían mi mente y la única respuesta que siempre obtenía es… No, no es su culpa; era tan obvio como cierto, incluso después de haberlo ignorado por años enteros, y nunca se me ocurrió preguntarme algo de ese calibre. Encima, después de lo que pasó aquel fatídico día en el cual tristemente perdió a su madre… luego de que yo tomara aquella decisión, él aun así nunca se atrevió a culparme por lo sucedido.

También, ayer al concluir la reunión, se despidió de la forma más cálida posible; aquellas palabras resonaban en mi mente como tambores: “Me alegro de haberme reconectado… tratemos de no alejarnos nuevam-". —me interrumpí y vociferé de la frustración.

—¡¿Cómo pude haberle hecho eso?! —Aixa se levantó de golpe y asustada, me preguntó.

—¡Ly! ¡¿Por qué gritas de esa manera?! —exclamó agarrándome el brazo, preocupada.

—Lastimé de una forma horrible a Aldrich y recién seis años después caigo en cuenta; soy de lo peor. —agregue sollozando—. Soy igual que los oficiales del puente de mando… —lloriqueé enfadado.

Me recosté sobre la mesa en silencio mientras las lágrimas empapaban mis mejillas, sintiéndome la peor persona del mundo por haber traicionado la confianza que a pocos les otorgaba, y continué llorando desesperanzada.

—Ly… —alegó tratando de reconfortarme—. Eras una infante, apenas comprendías lo que era un régimen… —suspiró y me abrazó—. ¿Qué tal si te disculpas… y quizás…? ¡Ya sé! —exclamó y me agarró de la barbilla—. Tengo una idea: ¿por qué no le obsequias algo que hayan compartido entre ustedes y lo modificas como hiciste con ese reloj para darle más “vida”, como tú dices? —soltó emocionada con su voz aguda.

Ella tenía razón; no podía solo sentarme a llorar por la situación, tenía que arreglarlo… —pensé arrepentida.

—¿Ahora qué tanto esperas? Ponte a hacer arte, como dices tú. —artículo mientras me secaba las lágrimas y reía.

De inmediato me dispuse a husmear en mis cajones; perdí la cuenta de cuánto tiempo estuve buscando en los cajones. Al rato, Aixa encontró una especie de diario añoso, fabricado con cuero sintético que mis padres me regalaron hace ya mucho tiempo. Mis padres… —sacudí la cabeza para borrar esos pensamientos y me centré nuevamente—. Si mal no recordaba, lo usaba para anotar todas las ideas locas que tenía en su momento; por lo que lo abrí y de él salió una especie de polvillo que fue expulsado a nuestro rostro por el movimiento brusco.

—¡Kof!, ¡Kof!… ¿Qué es toda esta tierra, Lyra? Parece… ¡Kof!, ¡Kof!, una antigüedad. —aclaró tosiendo.

—¡Kof!, ¡Kof!… Es que hace demasiado tiempo que no lo uso. —comencé a revisar página por página todas las entradas del libro hasta que llegué a una muy interesante.

Entrada n.º 34.

Hoy visitamos uno de los planetas más grandes que he visto en toda mi vida; era un gigante gaseoso o algo así… de colores rojos y blancos, bastante aterradores. Aldrich me dijo que su familia tenía una colonia de extracción ahí; nunca me había imaginado que algo como eso era posible. Por lo que le estuve preguntando durante horas, todos los gigantes gaseosos que había visto desde la estación.




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