Un lugar para dos

Capítulo 6

Seraphine 𓍝

La villa por dentro era todavía más impresionante que por fuera, y eso decía mucho.

El recibidor olía a cera de madera y a flores frescas, como si alguien se hubiera tomado la molestia de perfumar la casa con paciencia. Las paredes tenían ese tono cálido entre crema y miel que solo se ve en lugares antiguos, y el suelo de terracota—cuadrados imperfectos, gastados con elegancia—hacía que cada paso sonara a historia, no a cansancio.

Cecilia iba delante, guiándonos con una energía que yo no entendía ni aunque me la explicaran con dibujos.

—Sus habitaciones ya están listas. Les pusieron un detallito de bienvenida —canturreó, orgullosa.

Felia y Galeila aparecieron para ayudarnos con las maletas. Emilia y yo nos miramos con el mismo pensamiento silencioso: si me acuesto ahora, no me levanto en dos días.

Nos separaron por un pasillo amplio, y me lo confirmaron con naturalidad:

—Emilia está en la habitación de la otra ala —dijo Felia—. Seraphine, tú aquí. Así descansas tranquila.

Agradecí eso más de lo que mi cara dejó ver.

Porque cuando abrieron la puerta de mi cuarto, la palabra “habitación” se quedó corta.

Era una postal viva.

Un techo alto con vigas de madera oscura cruzándolo, robustas, antiguas, como brazos protegiendo el espacio. Entre las vigas se veía ladrillo cálido, y colgando desde arriba—negra, dramática—una lámpara de araña de hierro con brazos curvados, de esas que parecen sacadas de un palacio italiano donde alguien se enamoró mal.

A la derecha estaba la cama, con un marco de hierro forjado lleno de espirales y detalles; la colcha en tonos beige y crema caía con una caída perfecta hasta un faldón suave. Debajo, una alfombra de textura gastada y elegante suavizaba el terracota.

A la izquierda, un sofá pequeño y claro, con cojines estampados, como si estuviera ahí solo para que alguien leyera cartas o se arrepintiera de decisiones.

Pero lo que se robaba todo…

Era la puerta.

Una puerta doble de madera, con arco en la parte superior, abierta hacia una terraza. Cortinas crema caían a los lados, dejando entrar una luz dorada que hacía que el polvo flotara como brillo. Afuera había una tumbona blanca esperando al sol, una baranda de hierro negro, una maceta enorme con cítricos—limones y naranjas como pequeñas lámparas—y más allá… colinas azules, olivos y el silencio bonito de Italia.

Me quedé parada un segundo, sin moverme. Como si el cuerpo necesitara aceptarlo.

—Ok —murmuré—. Esto sí vale un vuelo eterno.

Dejé la maleta al pie de la cama y caminé hacia el tocador. Encima había una carta de bienvenida, escrita en una caligrafía fina, y al lado una canasta que parecía un abrazo caro: mini mermeladas, galletas, una botellita de aceite de oliva, chocolates, y un cuenco de cerámica con fruta fresca.

También había una pijama doblada con cuidado—tela suave, tono claro—con su bata encima y unas pantuflas acolchadas como si el mundo quisiera disculparse por haberme hecho correr en un aeropuerto.

La carta decía algo sobre “bienvenida”, “celebración” y “que se sientan como en casa”.

Yo me sentía como en una casa que no era mía… pero que igual me sabía a peligro.

Me acerqué al cuenco de frutas. Había uvas, higos, duraznos… y fresas.

Tomé una.

La fresa estaba fría, firme. La mordí despacio.

Dulce. Roja. El jugo se me quedó en la lengua como una idea que no se va.

Y pensé, sin querer, que Italia tenía una manera obscena de hacer que todo se sintiera más intenso: los sabores, la luz, incluso el aire.

Me obligué a ignorar esa línea de pensamiento.

Descansar, Seraphine. Solo descansar.

Me quité los zapatos, respiré hondo y fui directo a una ducha rápida. El agua caliente me devolvió un poco el cuerpo, pero no me quitó esa sensación: la certeza absurda de que Italia no iba a dejarme dormir.

Como si el país entero fuera una trampa preciosa.

Salí con el cabello húmedo, me puse ropa cómoda y me dejé caer en la cama con el único objetivo de cerrar los ojos… aunque fuera quince minutos.

Y justo cuando el colchón me abrazó como un secreto, el celular vibró.

Ceci: “CENA en 2 horas. Vístanse lindas. NO pijamas. Las amo.”

Leí el mensaje.
Lo releí.
Solté un suspiro que fue mitad cansancio, mitad amenaza.

—La odio —murmuré.

En ese mismo instante, la puerta se abrió sin ceremonia.

Emilia entró, arrastrando su maleta como si estuviera arrastrando su alma.

—No mientas. La amas.

—La amo. Pero la odio.

—Eso también se llama amistad —bostezó ella, y se dejó caer en el borde de la cama como si el cuerpo no le respondiera desde Roma.

La miré de reojo.

—¿No se supone que tú tienes tu habitación?

—Sí. Pero el silencio allá es demasiado silencioso. Me dio miedo existir sola —dijo, con dramatismo mínimo, y luego ladeó la cabeza hacia la terraza—. Wow…

Me reí por la nariz.

—Sí, wow.

Emilia se levantó, caminó hasta el balcón, y se apoyó un segundo en el marco de la puerta abierta, mirando las colinas como si estuviera decidiendo si renunciaba a su vida anterior.

—Dos horas —repitió, como si eso fuera una amenaza personal.

—Dos horas —confirmé—. Y a Cecilia le da igual que estemos muertas.

—Por favor dime que no planeas arreglarte demasiado.

La miré.

—Emi… yo soy una mujer en guerra con el cansancio. Si no me arreglo, me derrumbo.

Ella soltó una carcajada suave.

—Ok, sí. Te entiendo.

Me incorporé con resignación y empecé a moverme con ese piloto automático que solo se activa cuando has tenido días imposibles y aun así tienes que verte impecable. Como si delinearse el ojo fuera un acto de supervivencia.

Abrí la maleta, saqué el vestido que había elegido para la cena y lo extendí sobre la cama.



#190 en Joven Adulto
#3762 en Novela romántica

En el texto hay: humor, desiciones, encuentros

Editado: 17.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.