Prólogo
Las luces del salón deslumbraban, pero el aire dentro de la residencia De Luca se sentía sofocante. Lorenzo sostenía el vaso de whisky con la fuerza exacta para no romper el cristal. A sus veintiocho años, los negocios eran un juego de ajedrez donde siempre dominaba el tablero, pero la junta directiva familiar le había impuesto un ultimátum inapelable: sentar cabeza, casarse y asegurar el linaje antes de tomar el control total del imperio.
A pocos metros, las risas ahogadas de la alta sociedad resonaban con falsedad. Dominic Bozzo apuró su trago al lado de Lorenzo, soltando un resoplido de frustración al hablar de la última reunión familiar. Fue ahí donde soltó la bomba: los Bozzo ya estaban organizando encuentros a ciegas para casar a su hermana menor, desesperados por frenar su creciente independencia.
Lorenzo no escuchó nada más. Su mirada se fijó al fondo del salón, donde Rous deslumbraba sin esfuerzo.
La recordaba como la mocosa caprichosa que no se le despegaba a su hermano mayor, la niñata llorona que solía arruinar sus tardes de juego. Pero esa niña había desaparecido. Frente a él estaba una mujer de veintitrés años, brillante, modelo cotizada y contable audaz, que había construido su propia libertad a base de carácter y trabajo duro. Y, sobre todo, una mujer que no ocultaba el absoluto desdén que sentía por él cada vez que cruzaban miradas.
Rous Bozzo prefería arder antes que someterse a la vida que su madre le tenía diseñada. No quería un marido tradicional ni un papel de esposa florero. Tenía el mundo a sus pies y no pensaba ceder un solo centímetro de su autonomía.
Sin embargo, la desesperación es un terreno fértil para las decisiones impulsivas.
Lorenzo vio la grieta en la armadura de Rous y trazó su jugada maestra. No le ofreció romance ni falsas promesas; le ofreció una salida táctica. Un trato de conveniencia. Un documento frío con clausulas precisas que prometía proteger la independencia de ella y acallar las exigencias de la familia de él.
Rous, acorralada por las presiones de su hogar y confiada en su propia astucia financiera, firmó el documento sin leer la letra pequeña, convencida de que tenía el control del juego.
Lo que Rous no sabía es que Lorenzo llevaba años esperando este momento. El contrato no era una vía de escape: era la telaraña perfecta tejida por un hombre dispuesto a todo por conservar a la única mujer que jamás pudo dominar.
El acuerdo estaba firmado. La trampa, sellada.