Capítulo 1: La emboscada de los Bozzo
El comedor de la mansión Bozzo olía a carne asada, vino caro y a una tensión a punto de estallar. Lorenzo De Luca sostenía su copa de cristal con serenidad impecable, observando el espectáculo desde el extremo de la mesa. Había sido invitado como el mejor amigo de Dominic, pero la velada distaba mucho de ser una cena amigable.
—¡Es que no me importa lo que diga la tradición, mamá! —el grito de Rous resonó en todo el salón, haciendo vibrar las finas copas de cristal—. ¡Tengo veintitrés años, una carrera de contabilidad y un contrato millonario con la agencia de modelos en Milán! ¡No voy a dejar mi vida de lado para buscar un marido refinado que me dé nietos!
—¡Modera ese tono, Rosangela! —intervino Mateo Bozzo, el patriarca, golpeando la mesa con la palma de la mano—. En esta casa se hace lo que es correcto. Tus cuatro hermanos hombres ya están encaminados en los negocios de la familia. Tú eres la menor, la única mujer, y es momento de que sientas cabeza.
—¿Sentar cabeza? —Rous soltó una carcajada agria, con la mirada echando chispas y el cabello rubio platinado cayendo salvaje sobre sus hombros descubiertos—. ¿Te refieres a venderte al mejor postor como si fuera una acción bursátil? ¡Ni en sueños!
—No exageres, hermanita —dijo Gabriel, el mayor de los hermanos Bozzo, sirviéndose más vino de forma condescendiente—. Mamá solo ha seleccionado a tres candidatos de familias influyentes. Un par de citas, una boda elegante y listo. Podrás seguir con tus numeritos de contable en tus tiempos libres.
—¿Mis numeritos? —Rous se levantó de golpe, haciendo chocar la silla contra el suelo—. ¡Gano más al mes que tú en la mitad de tus inversiones, Gabriel! Y si crees que me voy a someter a un matrimonio arreglado para darle el gusto a esta familia de retrógrados, están todos desquiciados.
—¡Suficiente, Rous! —sentenció su madre, Victoria Bozzo, ajustándose el collar de perlas con indignación—. Esta no es una discusión. Es una decisión familiar. Tu padre, tus hermanos y yo hemos acordado que este año te comprometes. Son seis votos contra el tuyo. No tienes escapatoria.
La mesa se volvió un hervidero de reclamos. Julián y Samuel, los otros dos hermanos, unieron sus voces a la de Gabriel y sus padres, acorralando a Rous con argumentos sobre el apellido, las apariencias y el deber social. Era una emboscada en regla: seis personas contra una.
El único que permanecía en absoluto silencio era Dominic. Sentado al lado de Lorenzo, se limitaba a dar tragos cortos a su vaso, masticando con lentitud y prefiriendo no meter las manos en el fuego cruzado.
—¿Y tú no vas a decir nada, Dominic? —le exigió Rous, dirigiendo su mirada furiosa hacia el segundo de sus hermanos—. ¿Vas a dejar que me traten como a un trofeo sin voz?
Dominic suspiró, mirando de reojo a Lorenzo antes de responder con cautela.
—Rous... sabes que te apoyo en tu carrera, pero mamá y papá no van a dar su brazo a torcer esta vez. Estás acorralada.
—¡Traidor! —espetó Rous con los ojos cristalizados por la rabia. Su carácter explosivo terminó de detonar. Agarró la copa de vino frente a ella y la estrelló contra el plato, haciendo volar pedazos de cristal y manchas rojas sobre el mantel blanco—. ¡Los odio a todos! ¡Prefiero tirarme de un puente antes que firmar mi sentencia de muerte con alguno de los idiotas que eligieron!
Todo el salón quedó en un silencio sepulcral. Rous respiraba agitadamente, con las mejillas encendidas y los puños apretados. Al girar la cabeza para salir corriendo, su mirada chocado de lleno con la de Lorenzo De Luca.
Lorenzo no había dicho una sola palabra en toda la noche, pero su postura erguida y sus oscuros ojos fijos en ella transmitían una calma calculadora. Había una sombra de entretenimiento —y algo mucho más profundo— en su rostro. Rous lo miró con el desdén visceral de siempre; para ella, Lorenzo representaba exactamente todo lo que detestaba de la élite: control, arrogancia y poder.
—¿Y tú qué miras, De Luca? —le espetó con veneno antes de dar media vuelta—. Quédate a disfrutar del espectáculo de la perfecta familia Bozzo.
Rous abandonó el comedor a pasos agigantados, haciendo resonar sus tacones por el pasillo hasta que el portón principal retumbó con un portazo violento.
En el comedor, la madre de Rous se llevó la mano a la frente, al borde del colapso nervioso.
—Qué vergüenza... Lorenzo, querido, por favor disculpa este bochorno. Esta chica no tiene remedio.
Lorenzo esbozó una sonrisa lenta, impecable y enigmática. Acomodó los puños de su traje a medida y dejó su copa sobre la mesa.
—No hay nada que disculpar, señora Bozzo —dijo con una voz pausada y profunda—. De hecho... me parece que la señorita Rous tiene una personalidad fascinante.
Dominic miró a su amigo de reojo, intuyendo al instante que algo tramaba. Lorenzo se inclinó ligeramente hacia adelante, con los ojos brillando con la fría determinación de un depredador que acaba de ver a su presa caer directamente en la trampa. La red estaba tendida. solo era cuestión de mover la primera pieza.