Capítulo 2: La pieza perfecta
Ver a Rous salir del comedor como un huracán de furia fue, sin duda, la mejor parte de mi noche.
Durante años, Rous Bozzo me ha mirado como si yo fuera la encarnación de todo lo que detesta: la etiqueta encorsetada, el peso de los apellidos aristocráticos y las cadenas del deber familiar. No la culpo. Recuerdo perfectamente a la mocosa malcriada y llorona que no dejaba en paz a Dominic, esa niñata colgada del brazo de su hermano mayor arruinando nuestras tardes. Pero la niña creció. Vaya si creció. Se transformó en un volcán de determinación, en una mujer radiante y provocadora que prefería quemar el mundo antes que permitir que alguien la dominara.
Y justo esa chispa es la que me ha tenido cautivo en secreto desde hace años.
—Qué desastre, Lorenzo, de verdad lo siento —suspiró Victoria Bozzo, abanicándose con la mano mientras los demás hermanos se enfrascaban en murmuraciones indignadas—. Esta muchacha nos va a matar de un disgusto. Se niega a comprender el peso de nuestras tradiciones.
—No se preocupe, señora Bozzo —respondí con tono pausado, manteniendo la postura impecable mientras daba un sorbo a mi whisky—. Rous simplemente defiende su independencia. Es una mujer de carácter.
Mateo Bozzo soltó un bufido desde la cabecera.
—El carácter no paga las alianzas ni asegura el futuro de un apellido, Lorenzo. Pero ya encontraremos a alguien con la mano lo suficientemente firme para encauzarla.
Un escalofrío helado de posesividad me recorrió la espalda al escuchar las palabras de su padre. ¿Alguien con la mano firme? Ni en sus sueños más salvajes permitiría que otro hombre pusiera un solo dedo sobre Rous, y mucho menos bajo la bendición de un matrimonio arreglado.
Al lado mío, Dominic se mantenía en silencio, pero su mirada perspicaz buscó la mía. Él me conocía demasiado bien. Sabía que detrás de mi fachada serena y calculadora, mi cabeza ya estaba ejecutando miles de variables a la velocidad de la luz.
—Señores —dije poniéndome de pie y abotonando mi saco a medida—, la cena ha sido exquisita, pero debo retirarme. Tengo asuntos pendientes en la empresa.
Tras los saludos de cortesía y las disculpas repetidas de la familia Bozzo, salí a la noche fresca. Dominic me acompañó hasta la entrada principal.
—Lorenzo —me detuvo en la escalinata, cruzándose de brazos—. Conozco esa cara. Esa es tu postura de reunión de junta ejecutiva. ¿Qué estás pensando?
—Tu hermana está acorralada, Dominic —dije con voz serena, sacando una pitillera de plata de mi bolsillo—. Tus padres no se van a detener. Van a presionarla hasta quebrarla o hasta obligarla a cometer un error que destruya su carrera de modelo.
Dominic suspiró derrotado, pasándose una mano por la nuca.
—Lo sé. Rous es brillante como contable y como modelo tiene un futuro impresionante, pero en esta casa el peso del apellido aplasta todo lo demás. No sé cómo ayudarla sin enfrentarme a mi padre.
—Yo sí sé —lo miré fijamente, dejando que las sombras de la noche acentuaran mis facciones—. Yo puedo salvarla de tus padres. Y de paso, quitarme de encima la presión de la junta directiva de los De Luca.
Dominic arrugó el entrecejo, descifrando mis palabras al instante.
—Espera... ¿estás hablando de Rous? ¿Un acuerdo entre ustedes? Lorenzo, ella te odia. Cree que eres un tirano arrogante. No va a aceptar nada que venga de ti.
—Aceptará si no tiene otra opción y si la oferta es lo suficientemente atractiva —sonreí con frialdad—. Le ofreceré un contrato. Un matrimonio falso por dos años. Yo acallo las exigencias de mi familia presentando a la prometida perfecta, y ella obtiene protección absoluta contra las intenciones de tus padres, además de total libertad para seguir con su carrera sin que nadie vuelva a molestarla.
—Rous va a analizar cada coma de ese contrato, Lorenzo. Es contable, detecta las trampas a kilómetros.
—Que lo intente —respondí con una calma absoluta—. Rous está acorralada y desesperada. Cuando la gente actúa bajo la presión del pánico, solo lee lo que quiere ver.
Dominic sacudió la cabeza, mitad divertido, mitad preocupado.
—No sé si estás intentando salvarla o meterte en la boca del lobo. Rous te va a hacer la vida imposible.
—Que lo intente —repetí, dando una última calada a mi cigarrillo antes de apagarlo—. Llevo años esperando que me preste atención. Que sea a través de la batalla será un bonus.
Subí a mi auto y encendí el motor. En el asiento del copiloto ya descansa la carpeta de piel negra con el borrador del documento que mi equipo legal había preparado semanas atrás. Solo me faltaba el momento adecuado para tender la trampa, y la cena de esta noche me había regalado la oportunidad en bandeja de plata.
Rous creía que la libertad se ganaba huyendo. Yo estaba a punto de enseñarle que, a veces, la verdadera libertad consiste en entregarte al cazador adecuado.