Capítulo 5: El límite de la jaula
El golpe a la carrera de Rous vino en forma de correos helados y llamadas canceladas. En menos de cuarenta y ocho horas, las agencias de modelaje más importantes congelaron sus campañas citando "incompatibilidades contractuales" y "solicitudes de tutela familiar". Su padre, Mateo Bozzo, había usado todo el peso de su influencia corporativa para bloquearle los accesos al mercado laboral. Para colmo de males, su madre, Victoria, no tardó en orquestar el siguiente paso de la emboscada.
La cena de esa noche no fue en un restaurante, sino en el comedor principal de los Bozzo, convertida en un auténtico interrogatorio. Frente a Rous estaba sentado Guillermo, el prospecto seleccionado por sus padres: un hombre de negocios influyente, varios años mayor que ella, cuyo trato condescendiente y gestos invasivos hacían que a Rous se le revolviera el estómago.
—Es una mujer hermosa, Mateo, pero le falta pulir ese carácter tan impulsivo —comentó Guillermo en mitad de la cena, estirando la mano sobre la mesa para sujetar la muñeca de Rous con un agarre firme y dominante—. Nada que unos meses de disciplina marital no arreglen. A mí me gusta que mis mujeres sepan cuál es su lugar.
Rous sintió una ola de repugnancia y rabia. Se soltó de su agarre con un movimiento brusco, tirando la copa de agua sobre la mesa.
—¡Quita tus manos de encima! —estalló Rous, poniéndose de pie de golpe—. ¡No me voy a casar contigo ni con ningún otro fósil machista que mis padres elijan!
La discusión familiar que siguió fue una carnicería verbal. Los reclamos de sus hermanos mayor resonaron como un eco ensordecedor. Rous peleó con garras y dientes, vaciando toda la rabia acumulada, pero su carácter explosivo jugó en su contra. Cuando Rous intentó tomar su bolso para marcharse del lugar, su padre dio la orden.
—¡De aquí no sales hasta que entres en razón! —sentenció Mateo Bozzo.
Ante la mirada atónita de Dominic —quien intentó interceder pero fue apartado por sus propios hermanos—, la despojaron de las llaves de su auto y de su teléfono móvil. La encerraron en su antigua habitación del segundo piso, echando llave desde afuera para obligarla a someterse.
Atrapada en la oscuridad de su viejo dormitorio, Rous sintió que el mundo se le venía encima. La impotencia le quemaba el pecho. Sabía que la única forma de recuperar su libertad, su carrera y su vida era destruyendo la jaula que su propia familia le había construido. Y para destruir esa jaula, necesitaba a la criatura más despiadada del ecosistema: Lorenzo De Luca.
Esperó a que la mansión quedara en completo silencio. Usando la salida de emergencia de la terraza trasera —un viejo camino entre los tejados que recorría de niña—, logró deslizarse hacia la calle en medio de la noche. Sin auto y sin teléfono, comenzó a caminar bajo la llovizna helada, con el orgullo roto pero la determinación ardiendo en la mirada, rumbo al penthouse de Lorenzo.
El ascensor privado del edificio De Luca se abrió directamente en el amplio recibidor del penthouse. Lorenzo estaba de pie junto al ventanal con una copa de coñac en la mano cuando escuchó el timbre.
Al abrir la puerta, se encontró con Rous. Llevaba la ropa húmeda por la lluvia, el cabello desordenado y los ojos encendidos por una mezcla de rabia y extenuación.
Sin pronunciar una sola palabra, Rous sacó la carpeta de cuero que llevaba apretada contra el pecho y la arrojó sobre la mesa de centro. Tomó la pluma estilográfica que Lorenzo mantenía en el escritorio y estampó su firma en la última página del contrato con un trazo agresivo y definitivo.
—Ganas tú, De Luca —dijo con la voz entrecortada por la furia—. Protégeme de mi familia, devuélveme mis contratos y sácame de este infierno. Pero te juro por mi vida que me vas a pagar cada segundo de este tormento.
Lorenzo caminó despacio hacia ella. Recogió el documento firmado y observó la tinta fresca antes de mirarla a los ojos con esa tranquilidad imperturbable.
—Bienvenida a tu nueva vida, Rous —murmuró él suavemente.
Introspección de Lorenzo
Cuando Rous se retiró a la habitación de huéspedes para cambiarse y descansar, la suite quedó envuelta en un silencio absoluto. Lorenzo caminó hacia el ventanal que dominaba las luces nocturnas de la ciudad, sosteniendo el documento que acababa de cambiar el destino de ambos.
Deslizó el pulgar sobre la firma de Rous. Sabía exactamente lo que ella pensaba en ese momento: que había escogido el menor de dos males, que lo utilizaba como un escudo táctico para recuperar su independencia y que, en veinticuatro meses, cruzaria esa misma puerta para no volver jamás.
Lorenzo esbozó una sonrisa oscura y pausada en el reflejo del cristal.
Qué inocente eres, mi pequeña caprichosa.
Ella creía haber firmado una salida de emergencia, pero solo había cruzado la puerta de su propia jaula dorada. Lorenzo conocía cada letra, cada coma y cada trampa legal que su equipo legal había sembrado en ese papel. No había indemnización ni cláusula de escape que le permitiera marcharse cuando el plazo terminara.
Había esperado años por este instante. Desde que era la niña llorona que le estropeaba los planes a Dominic, hasta convertirse en la mujer indomable que prefería arder antes que arrodillarse. Rous era la única pieza que le faltaba en su imperio, y ahora estaba bajo su mismo techo, ligada a su apellido y a su voluntad por un contrato impecable.