Capítulo 7: La provocación antes del altar
Faltaban solo dos semanas para la gran boda que la alta sociedad ya calificaba como el evento del año. Sin embargo, Rous Bozzo no estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente ni a permitir que el mundo olvidara quién era antes de convertirse en la esposa de Lorenzo De Luca.
Aprovechando que la protección legal del contrato firmado le devolvía el control total de sus compromisos profesionales, Rous tomó un vuelo privado hacia la costa italiana. Su destino: las playas volcánicas de Pantelaria, una pequeña y salvaje isla al sur de Italia. Aquel sería su último trabajo como Rous Bozzo, una despedida por todo lo alto de su independencia soltera.
La producción era para una prestigiosa revista internacional de moda y estilo de vida. El concepto combinaba alta costura con fitness de lujo: trajes de baño deportivos, conjuntos de top y mallas ajustadas de telas microperforadas y cortes asimétricos que dejaban muy poco a la imaginación. Las fotografías capturaban a Rous bajo el sol mediterráneo, con la piel bronceada, el cabello dorado húmedo por el agua salada y una silueta perfectamente esculpida que derrochaba fuerza, firmeza y una sensualidad descarada.
El día de la publicación digital, la revista rompió récords. Las imágenes se viralizaron en cuestión de minutos. Los titulares no hablaban de la futura prometida De Luca, sino de la diosa indomable que estaba a punto de casarse.
En la sede principal del consorcio De Luca, la tensión se podía cortar con un bisturí.
Dominic, que conocía perfectamente el punto débil de su amigo y cómo funcionaba su fría posesividad, entró a la oficina de Lorenzo sin llamar a la puerta. Llevaba en la mano la edición impresa de la revista, recién llegada de Europa, y una sonrisa calculadora en los labios. Discretamente, lanzó la revista sobre el impecable escritorio de caoba de Lorenzo, justo encima de los balances trimestrales que este analizaba.
—Pensé que te gustaría revisar las últimas... "actualizaciones de mercado" de tu prometida —dijo Dominic con tono inocente, cruzándose de brazos mientras observaba la reacción de su amigo.
Lorenzo detuvo su pluma en el aire. Levantó la vista hacia Dominic y luego bajó la mirada hacia la portada.
En ella, Rous aparecía en una pose deslumbrante, vistiendo un top deportivo que remarcaba sus curvas firmes y unos shorts de tiro alto que dejaban al descubierto sus piernas kilométricas. La mirada de Rous en la foto no era sumisa; era un desafío directo a la cámara, como si supiera exactamente quién terminaría viendo esa imagen.
Perspectiva de Lorenzo
El silencio en la oficina se volvió denso, sofocante.
Alcé la vista del documento que estaba revisando para fijarla en la revista que Dominic acababa de arrojar sobre mi escritorio. La portada me golpeó con la fuerza de un impacto frontal. Era ella. Rous.
Deslicé los dedos sobre el papel satinado, recorriendo con la mirada cada centímetro de la fotografía. El sol italiano sobre su piel dorada, el contraste del agua sobre sus hombros, la firmeza de su abdomen esculpido y esas piernas que quitaban el aliento. Rous no solo lucía espectacular; lucía libre, peligrosa y peligrosamente deseable.
Sentí una punzada helada de rabia mezclada con una ola de deseo primitivo que me recorrió la columna vertebral. En cuestión de minutos, millones de hombres en todo el mundo estaban viendo exactamente lo mismo que yo. Estaban codiciando a la mujer que llevaba mi anillo en el dedo.
—Es una excelente campaña, ¿no crees? —comentó Dominic desde la puerta, disfrutando abiertamente de mi rigidez—. Rous siempre sabe cómo hacer que el mundo hable de ella. Y me me imagino que no tenías idea de que este viaje a la isla era para una sesión tan... expuesta.
No respondí. Pasé la página con lentitud, encontrando un desplegable central aún más provocador: Rous posando de espaldas sobre las rocas oscuras, con un conjunto deportivo negro que moldeaba cada curva de su figura con una precisión pecaminosa.
Mi agarre sobre el borde del escritorio se tensó hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Rous creía que este movimiento era una jugada maestra. Pensaba que publicando estas fotos antes de la boda me estaba marcando territorio, demostrándome que su cuerpo y su imagen seguían pertenecindole a ella y no al apellido De Luca. Creía que me estaba provocando.
Y tenía razón. Lo había logrado.
—¿Lorenzo? —insistió Dominic, arqueando una ceja al ver mi absoluto silencio.
Cerré la revista con un movimiento seco y firme, sin quitarle la mirada de encima a la portada. Mi rostro recuperó la máscara de frialdad inquebrantable, pero por dentro, el fuego ardía sin control.
—Es una excelente estrategia publicitaria —dije con la voz grave, pausada y cargada de una amenaza implícita que hizo que hasta el propio Dominic diera un paso atrás—. Aumenta el valor de su marca personal. Y por extensión, el impacto de nuestra alianza.
—Claro... —murmuró Dominic, intuyendo que había encendido una mecha corta—. Solo asegúrate de no romper la revista.
—Puedes retirarte, Dominic.
En cuanto la puerta de la oficina se cerró, tomé el teléfono privado de mi escritorio y marqué el número directo de Rous. Ella atendió al segundo intento, sabiendo perfectamente quién llamaba.
—¿Disfrutando de la vista, De Luca? —escuché su voz al otro lado de la línea, impregnada de una burla elegante y victoriosa.
Me recliné en mi sillón de piel, contemplando la portada sobre mi escritorio mientras mi sonrisa se tornaba oscura.
—El paisaje en Pantelaria es sublime, Rous —respondí con una calma peligrosa que la hizo guardar silencio un segundo—. Pero te sugiero que disfrutes tus últimos días de modelo soltera al máximo. Porque en dos semanas, cuando firmes el acta del matrimonio, no habrá cámara ni revista en este mundo que pueda salvarte de mí.