Capítulo 8: El sabor de la provocación
Escuchar el chasquido de la llamada cortada de Lorenzo me sacó una sonrisa de pura satisfacción.
Estaba sentada en el balcón del hotel en Pantelaria, mirando el mar Turreno teñirse de dorado mientras sostenía el teléfono en una mano y una copa de vino blanco en la otra. Podía imaginarlo perfectamente: en su impecable oficina de caoba, impecable con su traje de tres piezas, sintiendo cómo esa máscara de autocontrol absoluto que tanto me irritaba se le resquebrajaba por completo.
Sabía exactamente lo que lograría con esa sesión de fotos.
No era solo un trabajo de modelaje; era mi declaración de guerra. Mi madre quería venderme como una esposa sumisa y decorativa; mi padre y mis hermanos querían encerrarme para proteger el "buen nombre" del apellido; y Lorenzo... Lorenzo creía que me había acorralado en su red refinada con su dichoso contrato y su anillo de diamantes.
Pero Rous Bozzo no le pertenece a nadie.
Toqué con la yema del pulgar la superficie helada del diamante en mi mano izquierda. La joya pesaba, recordándome cada segundo el trato que había hecho con el demonio para salvar mi libertad. Había firmado su documento, sí, pero eso no significaba que me iba a doblegar.
Al lanzar esa campaña para la revista —con mi piel al descubierto, demostrando la fuerza, la firmeza y la sensualidad de mi cuerpo sin pedirle permiso a él ni a nadie— le había enviado un mensaje claro a Lorenzo De Luca: Puedo haber aceptado tu matrimonio por conveniencia, pero mi imagen, mi cuerpo y mi espíritu siguen siendo míos.
Sin embargo, detrás de la victoria y de la burla, un escalofrío involuntario me recorrió la espalda al recordar el tono de su voz antes de colgar.
"En dos semanas, cuando firmes el acta del matrimonio, no habrá cámara ni revista en este mundo que pueda salvarte de mí."
Esa voz grave, pausada y cargada de una amenaza implícita no sonaba como la de un empresario frustrado. Sonaba como la de un cazador que acababa de ver a su presa ponerse juguetona justo antes de que se cerrara la trampa. Había algo en la forma en que Lorenzo me miraba últimamente —una intensidad oscura que iba mucho más allá del desdén que nos habíamos profesado desde niños— que me hacía hervir la sangre y me ponía la piel de gallina al mismo tiempo.
Me puse de pie y me acerqué al barandal del balcón, dejando que la brisa marina me despeinara el cabello.
Recordaba al Lorenzo de mi infancia: el amigo perfecto de Dominic, el muchacho estirado de la alta sociedad que me echaba de las salas de juego porque yo era "la mocosa llorona". Lo odiaba entonces y lo detestaba ahora por su arrogancia. Pero la niña de antes ya no existía. Hoy era una mujer de veintitrés años, profesional, contable de mente fría y modelo cotizada, lista para darle la batalla de su vida.
—Que lo intente —murmuré para mí misma, apurando el último sorbo de vino y mirando las olas romper contra las rocas oscuras de la isla.
Lorenzo creía que me tenía acorralada en su jaula de oro. Pero se le olvidaba un pequeño detalle: yo no era una ave indefensa. En dos semanas nos casaremos, entraríamos en su juego y viviríamos bajo el mismo techo, pero si él pensaba que este matrimonio por contrato iba a ser su victoria rápida, estaba muy equivocado.
Iba a convertir su jaula en un campo de batalla.