Capítulo 9: El sello del imperio
El día de la boda, la catedral metropolitana parecía un palacio sacado de un cuento de hadas, aunque para Rous se sentía más como el escenario de un duelo histórico. La alta sociedad, la prensa internacional y la élite empresarial colmaron las bancas, ansiosos por ser testigos del enlace entre la dinastía De Luca y el linaje de los Bozzo. Afuera, decenas de fotógrafos cegaban a los invitados con sus flashes, mientras las cadenas de televisión transmitían en vivo el evento que ya paralizaba las redes sociales.
Lorenzo esperaba al pie del altar, impecable en un esmoquin negro a medida que acentuaba su porte imponente. Su postura era rígida, dominada por una calma calculadora, pero sus ojos oscuros no se despegaron ni un segundo de las grandes puertas de madera cuando la marcha nupcial comenzó a resonar.
Entonces entró ella.
Rous parecía una visión inolvidable. Lucía un majestuoso vestido de corte princesa en tono marfil, con un corpiño encorsetado de delicado encaje que marcaba su figura y una falda monumental de tul de seda que se desplegaba a cada paso como una nube de elegancia. Su cabello rubio platinado estaba recogido en un peinado alto, clásico y sofisticado, dejando al descubierto su cuello adornado con un gargantilla de diamantes. Era la perfecta combinación entre la pureza aristocrática que exigía la velada y la belleza indomable que la caracterizaba.
Al llegar al altar, su padre, Mateo Bozzo, le entregó la mano a Lorenzo con una sonrisa tensa de resignación. Lorenzo tomó la mano enguantada de Rous y, antes de volverse hacia el sacerdote, le dedicó una pequeña inclinación de cabeza.
—Estás deslumbrante, mi futura esposa —murmuró él con voz grave y pausada, solo para que ella lo escuchara.
—Disfruta la función, De Luca —respondió Rous por bajo, manteniendo la barbilla en alto y una sonrisa impecable para las cámaras—. Te está saliendo bastante cara.
Llegó el momento de los votos, la parte del guión donde ambos debían desplegar su mejor actuación ante los cientos de testigos.
Lorenzo tomó la mano de Rous, mirándola fijamente a los ojos con una intensidad tan profunda que por un segundo le hizo perder el aliento a ella.
—Yo, Lorenzo De Luca, te tomo a ti, Rous Bozzo, como mi legítima esposa. Ante el mundo y ante nuestras familias, prometo cuidarte, protegerte y estar a tu lado en cada batalla. Lo que hoy se une bajo mi nombre, nada ni nadie podrá separarlo.
Las palabras de Lorenzo no sonaban como una promesa religiosa tradicional; sonaban como un decreto de propiedad, una declaración abierta ante la prensa y la sociedad de que Rous, a partir de ese instante, le pertenecía a él.
Rous apretó ligeramente los dedos dentro del guante, sosteniéndole la mirada sin dar un solo paso atrás mientras pronunciaba su parte:
—Yo, Rous Bozzo, te tomo a ti, Lorenzo De Luca, como mi esposo. Prometo ser tu igual, hacer frente a cualquier tormenta y recordarte cada día el valor de lo que hoy estamos firmando.
—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre —sentenció el sacerdote—. Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
El silencio en la catedral se volvió denso. Lorenzo dio un paso hacia ella, rodeando su cintura con un brazo firme que la pegó a su cuerpo con posesividad absoluta. Con la otra mano, tomó suavemente su mentón, obligándola a alzar el rostro. Su beso no fue un mero trámite de compromiso: fue profundo, firme y abrasador, un reclamo en regla ante la mirada atónita de los invitados y el estallido masivo de las cámaras de los fotógrafos. Rous sintió un chispazo de fuego recorrerle la espalda, respondiendo al agarre con una mezcla de desafío y turbación antes de que él se separara despacio, dejándola con los labios encendidos.
La recepción se celebró en el salón de bailes del gran hotel De Luca. Luces cálidas, lámparas de cristal, arreglos florales gigantescos y una orquesta en vivo daban vida a una fiesta digna de la realeza.
Tras los saludos protocolares con la prensa y los inversionistas —donde Lorenzo no dejó de mantener su mano en la cintura de Rous ni un solo segundo, marcando territorio frente a cada ejecutivo que se acercaba a felicitarlos—, la orquesta anunció el momento del primer baile de los recién casados.
Las parejas abrieron paso en la pista. Lorenzo guió a Rous al centro del salón. Cuando la música comenzó a sonar —un vals lento y elegante—, él la tomó de la mano y la atrajo hacia sí, comenzando a desplazarse por la pista con una gracia impecable.
—La prensa no deja de tomar fotos —murmuró Rous, apoyando una mano sobre el hombro de su ahora esposo mientras giraban bajo los candelabros de cristal—. Debes estar satisfecho. Tu junta directiva está fascinada.
—La junta directiva me tiene sin cuidado en este momento —contestó Lorenzo, inclinándose lo suficiente para que su aliento rozara la oreja de Rous—. Lo que me satisface es ver la joya que llevo del brazo. Pensaste que esa sesión de fotos en Italia me daría un mensaje, Rous... pero este vestido y este anillo me dan la respuesta.
—Este matrimonio es un negocio de veinticuatro meses, Lorenzo. No te confundas —le recordó ella con frialdad, mirándolo a los ojos con reto.
Lorenzo esbozó una sonrisa oscura y enigmática mientras la hacía girar en la pista con maestría, volviéndola a traer contra su pecho con firmeza.