Capítulo 10: La isla privada y la rendición de cuentas
El destino de la luna de miel no fue sometido a votación. Lorenzo había organizado cada detalle con la precisión de un tablero de ajedrez, reservando una villa exclusiva en una isla privada del Caribe. Nada de prensa, nada de paparazis, nada de llamadas de la agencia de modelos ni reuniones familiares. Solo ellos dos, aislados por millas de océano turquesa.
Al bajar del helicóptero privado, Rous sintió la densidad del calor tropical y el peso del silencio del lugar. La villa era una joya de arquitectura moderna construida sobre los acantilados: ventanales de piso a techo, piscina infinita hacia el vacío y una brisa marina constante. Pero lo que verdaderamente cortaba el aliento no era la vista, sino la presencia de Lorenzo, quien caminaba a su lado sin la armadura de sus trajes ejecutivos, aunque conservando intacta esa aura de control absoluto.
—Esta isla es de mi propiedad —dijo Lorenzo con voz pausada mientras el helicóptero se alejaba en el horizonte, dejando el ambiente envuelto en un murmullo de olas y palmeras—. No hay vuelos comerciales ni embarcaciones en diez millas a la redonda. Durante las próximas dos semanas, el mundo exterior no existe.
Rous se giró hacia él, ajustándose sus gafas de sol con un gesto de arrogancia ensayada.
—¿Intentas asustarme, De Luca? Si trajiste a este paraíso para jugar al esposo posesivo, te recuerdo que la Cláusula 4.1 de nuestro acuerdo respeta mi autonomía y mi espacio.
Lorenzo esbozó una sonrisa lenta, sombría y profundamente calculadora. Se quitó las gafas oscuras y se acercó a ella a pasos tranquilos, hasta quedar a escasos centímetros. El calor de su cuerpo y su perfume a madera y pimienta rodearon a Rous, haciéndola dar un paso involuntario hacia atrás.
—Ah, la famosa Cláusula 4.1... —murmuró Lorenzo, inclinando la cabeza—. Sabía que te confiarías en tu lectura rápida de la noche en que aceptaste mi propuesta. Pero olvidaste revisar el apéndice de la Cláusula 8.3 y la nota al pie sobre representación conyugal en propiedades privadas de la firma.
Rous entornó los ojos, sintiendo un leve vuelco en el estómago.
—¿De qué hablas?
—Hablo de que en esta propiedad, los teléfonos con acceso a redes externas quedan restringidos durante el periodo de descanso estipulado. Y hablo de que la sesión de fotos provocadora que publicaste desde Pantelaria activó, según la Cláusula 8.3, un protocolo de auditoría reputacional por romper la confidencialidad previa al enlace.
Rous se congeló. La furia y la incredulidad se encendieron de golpe en sus ojos.
—¡Me engañaste! ¡Modificaste la redacción antes de que firmara!
—No la modifiqué —corrigió él suavemente, sujetando su mentón con dos dedos con una firmeza que le impidió apartar la mirada—. Tú solo leíste lo que querías ver porque estabas desesperada por escapar de tus padres. Te advertí que analizaras cada punto, Rous. Te di tiempo. Pero preferiste jugar con fuego.
—¡Eres un bastardo manipulador! —espetó ella, intentando soltarse de su agarre, pero Lorenzo no cedió un solo milímetro.
—Y tú eres mi esposa —sentenció él con una gravedad que le erizó la piel—. Jugaste tu carta en Italia para desafiarme y enseñarle al mundo que nadie te domina. Ahora me toca a mí jugar la mía. Este no es solo un viaje de bodas, Rous. Es tu castigo por haber creído que podías burlarte de mí tan fácilmente.
Lorenzo la soltó despacio, dándole la espalda para caminar hacia el interior de la villa.
—Tienes una hora para instalarte. La cena se sirve a las ocho en la terraza principal. Y esta vez, no habrá cámaras ni sirvientes a los que puedas recurrir.
A las ocho en punto, Rous bajó a la terraza. Para no darle el gusto de verla derrotada, se había vestido con un deslumbrante vestido de seda negra de espalda descubierta, caminando con la frente en alto y la postura erguida de una modelo acostumbrada a dominar cualquier pasarela.
Lorenzo la esperaba en una mesa iluminada por la luz tenue de las velas. Vestía una camisa blanca de lino con los primeros botones desabrochados y las mangas arremangadas, luciendo tan impecable como peligroso.
—Puntual. Me gusta —comentó sirviendole una copa de vino tinto.
—No vine a complacerte —dijo Rous, sentándose al otro lado de la mesa y mirándolo con abierto desafío—. Vine a dejarte claro que no me vas a encerrar en tu juego. Mi teléfono está bloqueado, mi agencia no puede contactarme y me tienes aislada en una isla, pero no vas a quebrarme, Lorenzo. Ningún contrato de mierda va a cambiar quién soy.
Lorenzo dejó la botella sobre la mesa y se reclinó en su silla, observándola con la devoción oscura de un coleccionista contemplando su obra más valiosa.
—Nunca quise cambiarte, Rous —dijo con voz grave y pausada—. Si fueras sumisa o fácil de doblar, no estaría fascinado contigo desde hace años. Tu fuego es lo que quiero. Pero vas a aprender a dirigirlo hacia donde yo decida.
—¿Fascinado? —Rous soltó una risa seca, intentando ignorar el latido acelerado de su corazón ante la intensidad de sus palabras—. Siempre me trataste como a la mocosa llorona de la familia Bozzo. Me echabas de tu vista.
—Te echaba de mi vista porque eras la única persona en ese entorno aristocrático que no actuaba con falsedad —respondió Lorenzo, acortando la distancia sobre la mesa y tomando la mano de Rous, entrelazando sus dedos con una presión lenta y posesiva—. Te echaba porque tenías ocho años y ya me mirabas con el mismo desdén incendiario con el que me miras ahora. Creciste, te convertiste en una mujer brillante, indomable y hermosa... y me juré a mí mismo que ninguna de las marionetas que tus padres eligieran te pondría la mano encima.