Capítulo 11: La noche en que se rompió la distancia
El silencio de la villa caribeña tras la marcha de Lorenzo era denso, interrumpido únicamente por el constante romper de las olas al pie del acantilado. Rous permaneció en la terraza durante varios minutos, apretando los puños sobre la barandilla de madera hasta que la frialdad del metal de su anillo le devolvió el centro.
«No vas a quebrarme, Lorenzo. Jamás», se repitió como un mantra mientras caminaba a paso firme de regreso al interior de la propiedad.
La suite principal era gigantesca, dominada por una cama de dos plazas vestida en lino blanco y ventanales que ofrecían una vista ininterrumpida del océano bajo la luz de la luna. Rous se despojó del vestido de seda negra con gestos pausados, buscando en el vestidor una prenda de satén ligera. Se observó en el espejo de cuerpo entero: bronceada, firme, la imagen viva de la mujer que había conquistado las pasarelas de Europa a fuerza de disciplina. Pero sus ojos delataban la tormenta interna.
Lorenzo no era un simple pretendiente molesto ni un padre autoritario. Era un estratega implacable que conocía cada uno de sus puntos débiles.
El sonido de la puerta corrediza del balcón la hizo girarse. Lorenzo acababa de entrar desde la terraza contigua, vistiendo únicamente un pantalón de descanso oscuro. La luz tenue de la habitación ponía de relieve su figura atlética y las sombras marcadamente masculinas de su torso. Rous contuvo el aliento un segundo, pero rehúso bajar la mirada.
—Te equivocaste de habitación, De Luca —dijo con la voz firme, cruzándose de brazos—. La Cláusula 4.1...
—En esta villa no hay cláusulas que nos protejan el uno del otro, Rous —la interrumpió él con esa voz grave y pausada que parecía retumbar en el aire—. El contrato acalla a tus padres y frenó a mi junta directiva. Pero aquí no hay prensa ni auditores. Solo estamos tú y yo.
Lorenzo avanzó despacio hacia ella. No había prisa en sus pasos; se movía con la seguridad del cazador que sabe que la presa no tiene a dónde huir. Rous dio un paso atrás hasta que el borde del tocador chocó contra su cadera, dejándola sin espacio de maniobra.
—¿Vas a obligarme? —desafió ella, elevando el mentón con los ojos encendidos.
Lorenzo se detuvo a solo centímetros de su rostro. Apoyó ambas manos sobre la madera del tocador, a cada lado de la cintura de Rous, encerrándola en su espacio vital sin llegar a tocarla. El calor que emanaba de su cuerpo la envolvió por completo.
—Jamás tendría que obligarte a nada, mi pequeña intrépida —murmuró él, inclinándose apenas lo suficiente para que su aliento cálido rozara el cuello de Rous—. Vas a cederme cada centímetro de tu orgullo por voluntad propia. Porque este fuego que llevas por dentro no es rabia... es la misma obsesión que me ha quemado a mí durante años.
Rous sintió una descarga eléctrica atravesarle la columna vertebral. Intentó articular una respuesta hiriente, una burla que marcara distancia, pero el contacto súbito de los dedos de Lorenzo deslizándose con lentitud por su mandíbula la dejó sin aire. Él trazó la línea de su cuello hasta llegar al hombro descubierto, ejerciendo una presión suave pero firme que la hizo estremecer.
—Me odias porque te conozco mejor que nadie —susurró Lorenzo, bajando la mirada hacia los labios de ella—. Me odias porque sabes que soy el único hombre que no se asusta ante tu carácter.
—Te detesto... —alcanzó a murmurar Rous, aunque el tono quebradizo de su voz traicionó la frialdad que pretendía mostrar.
—Demuéstralo —sentenció él.
Lorenzo eliminó la última distancia y la besó. No fue el beso calculado frente a los fotógrafos en la catedral, ni el saludo formal de la recepción. Fue un beso voraz, posesivo y cargado de una pasión contenida durante años. Su mano se enredó en el cabello platinado de Rous, sujetando su nuca para impedir que se alejara, mientras su otro brazo la rodeaba por la cintura, pegándola contra su pecho con una fuerza dominadora.
Rous intentó resistirse un segundo, apoyando las manos contra los hombros desnudos de Lorenzo para empujarlo. Pero el contacto con su piel firme y la intensidad de la caricia terminaron por derribar su armadura. Un gemido ahogado se le escapó del pecho y, respondiendo al impulso primitivo que intentó negar durante meses, enredó sus dedos en los oscuros cabellos de él, devolviéndole el beso con la misma furia y entrega desmedida.
La batalla verbal se transformó en un duelo de sentidos. Lorenzo la levantó con facilidad sobre el borde del tocador, profundizando el beso mientras las manos de Rous recorrían la espalda de él, sintiendo la tensión de cada músculo. Ya no había contratos, ni apellidos Bozzo, ni acuerdos de veinticuatro meses. Solo existía el incendio que ambos habían alimentado en silencio tras años de provocaciones y miradas desafiantes.
Cuando Lorenzo la cargó en brazos para llevarla hacia la cama, Rous lo miró a los ojos en medio de la penumbra. Él sonrió de lado, con esa sombra de triunfo oscuro que tanto la irritaba, pero esta vez, los ojos de Lorenzo reflejaban una devoción desarmante.
—Ganas esta batalla si quieres, Rous —murmuró él sobre sus labios antes de volver a tomar su boca—. Pero la guerra ya la perdimos los dos.
Esa noche, en medio del aislamiento de la isla privada, la red de conveniencia se transformó en un lazo imborrable. Rous comprendió que la trampa no era el contrato firmado sobre el papel, sino la inevitable rendición de dos almas indomables que estaban destinadas a colisionar.