Capítulo 16: El último brindis en la Ciudad de la Luz
Los días restantes en París fueron una sucesión de tensiones contenidas, pasarelas de alta costura y miradas cargadas de electricidad que no pasaban desapercibidas para la prensa internacional. Sin embargo, la última noche en la capital francesa exigía una despedida a la altura de los De Luca: una cena privada en el restaurante del último piso de la Torre Eiffel, reservado exclusivamente para ellos por orden directa de Lorenzo.
A través de los imponentes ventanales, la ciudad brillaba como un mar de luces doradas. Rous vestía un elegante traje sastre de seda blanca con escote en "V", combinando la sofisticación de una alta ejecutiva con el glamour indomable de una modelo de portada. Frente a ella, Lorenzo apuraba su copa de vino tinto, observándola con esa intensidad serena que Rous ya había aprendido a reconocer.
—Mañana a primera hora sale el vuelo de regreso —comentó Rous, rompiendo el silencio mientras cortaba su plato con precisión—. Tu consorcio recuperará la calma y mi agencia volverá a respirar sin tenerte de espectador tras bambalinas.
Lorenzo esbozó una sonrisa lenta y reclinó su copa sobre la mesa.
—¿De verdad crees que la calma va a regresar porque volvamos a casa, Rous?
—París fue un escenario difícil, De Luca —admitió ella, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Intentaste marcar territorio en cada evento y en cada sesión de fotos. Pero te recuerdo que mi agenda en la ciudad terminó exactamente como yo lo planifiqué. Cumplí con mi contrato de modelaje y aseguré tres nuevos clientes para mi firma de contabilidad.
—Y yo me aseguré de que todos los ejecutivos y modelos de esta ciudad entendieran quién lleva la firma principal en tu vida —respondió Lorenzo con voz grave y pausada—. París no fue solo tu trabajo, Rous. Fue la demostración de que por mucho que intentes marcar distancia en los pasillos o en las fiestas, la red sigue intacta.
Rous entornó los ojos, sintiendo ese chispazo de fuego que Lorenzo siempre lograba encender en su pecho. Se inclinó hacia adelante sobre la mesa, dejando que la luz dorada de la torre iluminara las facciones de su rostro.
—No te confundas, Lorenzo. París demostró que puedo jugar en tu mismo terreno, con tus propios contactos y bajo tu propio patrocinio, sin doblar las rodillas. Nos queda más de un año y medio de contrato. Si crees que este viaje te dio la victoria definitiva, estás muy equivocado.
Lorenzo la observó en silencio durante un largo momento. La determinación ardiente de Rous, su negación absoluta a rendirse y la elegancia con la que sostenía cada batalla verbal eran exactamente las razones por las cuales no podía quitarle los ojos de encima.
Se puso de pie, rodeó la mesa con pasos tranquilos y extendió su mano hacia ella. Rous lo miró con recelo, pero terminó aceptando el agarre, levantándose para quedar a solo centímetros de su pecho. Lorenzo la guio suavemente hacia el gran ventanal que dominaba París.
—No busco una victoria rápida, señora De Luca —murmuró él, abrazándola por la cintura desde atrás y pegando su espalda contra su torso firme. Su aliento cálido rozó la nuca de Rous, provocándole un temblor involuntario que ella intentó disimular—. Las victorias fáciles no valen nada. Disfruto cada segundo de tu resistencia, porque sé que tarde o temprano comprenderás que esta batalla no la gana el que impone las cláusulas... sino el que ya no puede vivir sin el otro.
Rous sintió cómo el corazón se le aceleraba. La presión de las manos de Lorenzo sobre su cintura era posesiva, pero el tono de su voz revelaba algo mucho más peligroso que el simple control corporativo: una devoción implacable que amenazaba con derribar las últimas defensas de su orgullo.
—Regresamos a la ciudad mañana —susurró Rous con la voz ligeramente entrecortada, girando apenas el rostro para mirarlo de reojo—. Y en nuestro penthouse, las reglas vuelven a empezar.
—Las reglas que tú quieras, mi pequeña intrépida —respondió Lorenzo, inclinándose para sellar sus palabras con un beso profundo y dominante sobre sus labios, justo frente al horizonte iluminado de París—. Pero el tablero sigue siendo mío.
Al día siguiente, mientras el jet privado de los De Luca se elevaba sobre el cielo parisino rumbo a casa, Rous miraba por la ventanilla con la mente clara. La estadía en Francia llegaba a su fin, la tregua del viaje se había consumido y la verdadera prueba de convivencia en su vida cotidiana apenas estaba por comenzar.