Capítulo 17: La furia en el imperio
Solo habían pasado dos días desde su regreso de París cuando la fragilidad de su aparente estabilidad saltó por los aires.
Rous se encontraba en su camerino personal, ajustándose los últimos detalles del maquillaje para una campaña de joyería de alta gama que llevaba semanas esperando. Era una de las marcas independientes más prestigiosas de la región y la oportunidad perfecta para reafirmar su nombre sin la sombra directa de la firma De Luca.
Sin embargo, a diez minutos de entrar al set, la directora de producción entró al camerino con el rostro pálido y el teléfono celular pegado a la oreja.
—Rous... tenemos un problema —dijo la mujer, evitando la mirada directa—. La dirección ejecutiva acaba de cambiar la locación. La sesión no se hará aquí en la ciudad. Nos trasladamos a una hacienda privada a tres horas de distancia.
Rous entornó los ojos, sospechando de inmediato.
—¿A tres horas? Eso no estaba en el plan de rodaje ni en las cláusulas de mi contrato de imagen.
Antes de que la directora pudiera darle una explicación coherente, el teléfono de la asistente repicó. Tras una breve conversación en susurros, la mujer volvió a mirar a Rous con absoluta incomodidad.
—Lo siento, Rous. La campaña queda cancelada para ti. La marca acaba de reemplazar tu perfil.
—¿Reemplazarme? —Rous se puso de pie de golpe, dejando caer el pincel de maquillaje sobre el tocador—. ¿Bajo qué argumento?
—El cambio de locación y la nueva pauta publicitaria no fueron aprobados por el señor Lorenzo De Luca. El departamento legal del consorcio De Luca emitió un veto de representación hace dos minutos.
La rabia le quemó la garganta a Rous. Un temblor de pura indignación le recorrió el cuerpo mientras el nombre de su esposo resonaba en la habitación como una bofetada. Lorenzo no solo había interferido tras bambalinas; había usado el peso implacable de su poder para desmantelar su trabajo a sus espaldas, tratándola como a una marioneta a la que podía manejar a su antojo.
Sin pronunciar una sola palabra más, Rous se quitó la bata, tomó sus llaves y salió del estudio hecha una verdadera furia.
Quince minutos después, el deportivo rojo de Rous frenó de golpe frente al imponente rascacielos de la sede central de De Luca Corp.
A esas alturas, el rostro de la esposa del presidente era perfectamente conocido por todo el personal de seguridad y recepción. Cuando las puertas de cristal se abrieron de par en par, Rous cruzó el vestíbulo principal como un auténtico huracán. Los empleados se apartaban a su paso, atónitos ante la visión de la señora De Luca avanzando con la barbilla en alto, los ojos encendidos de rabia y un paso tan agresivo que parecía dejar una estela de fuego a su paso.
—¡Señora De Luca! El señor presidente está en una reunión de directorio... —intentó frenarla la secretaria ejecutiva al llegar al piso ejecutivo, casi tropezando con sus propios tacones.
—Aparte de mi camino —sentenció Rous con una voz tan helada que la mujer se congeló en el acto.
Sin molestarse en tocar, Rous empujó las pesadas puertas de caoba de la sala de conferencias principal.
El impacto de las puertas contra la pared retumbó en toda la estancia. Dentro, más de una docena de accionistas, directivos internacionales y miembros de la junta ejecutiva se quedaron en absoluto silencio. En la cabecera de la mesa gigante de cristal, Lorenzo presidía la asamblea. Lucía un traje de tres piezas impecable y sostenía una pluma de montblanc en la mano.
Al ver irrumpir a su esposa fuera de sí, los ejecutivos contuvieron el aliento. Dominic, que estaba sentado a tres sillas de Lorenzo, se llevó una mano a la boca, intuyendo la catástrofe inmimente.
—¡Eres un bastardo miserable, Lorenzo! —estalló Rous, ignorando por completo la presencia de los hombres más poderosos del sector corporativo y caminando directo hacia la cabecera de la mesa.
Lorenzo no se inmutó. No mostró sorpresa ni alteración alguna en su rostro de piedra, aunque una chispa oscura y peligrosa brilló en el fondo de sus ojos al ver la audacia de su esposa.
—Caballeros —habló Lorenzo con una calma pausada y dominante que acalló el murmullo de la sala—, tómense quince minutos de receso. Despejen la sala.
Los directivos no esperaron una segunda orden. Recogieron sus documentos a toda prisa y abandonaron el lugar en fila india, mirando de reojo la figura escultural y enfurecida de Rous. Dominic le dedicó a su hermana una mirada de compasión mezclada con advertencia antes de cerrar la puerta tras de sí, dejándolos completamente a solas.
En cuanto el cerrojo de la puerta principal cayó, Rous se apoyó con ambas manos sobre el borde de la mesa de cristal, inclinándose hacia él con la respiración agitada y los ojos echando chispas.
—¡Cancelaste mi campaña! ¡Usaste a tu equipo legal para vetar mi contrato de joyería! ¿Quién carajos te crees que eres para manejar mi carrera como si fuera una de tus subsidiarias?
Lorenzo dejó la pluma sobre la mesa con lentitud impecable. Se reclinó en su sillón de piel, cruzando las manos sobre el regazo mientras la observaba con esa serenidad exasperante que solo alimentaba la furia de ella.