Un Matrimonio por Contrato

Capitulo 18

Capítulo 18: El quiebre del cristal

Desde la perspectiva de Dominic

La sala de conferencias de la sede De Luca todavía olía a la tensión helada que había dejado la tormenta. Cuando la puerta finalmente se abrió y vi a Rous salir a zancadas con el rostro desfigurado por la rabia, supe que Lorenzo había cruzado una línea peligrosa. Pero cuando pasé al lado de mi amigo y vi su mirada fija en el ventanal, supe que Rous había hecho algo peor: había tocado el único nervio expuesto del monstruo.

«Quiero el divorcio».

Esa sola frase, escupida con un desprecio desarnante antes de dar media vuelta y dejar a Lorenzo hablando solo en su propio imperio, había retumbado en las paredes de cristal como un disparo. Para Lorenzo, el divorcio no era una opción legal; era una afrenta personal, una falla en su algoritmo impecable.

Intenté llamarla durante toda la tarde. Su teléfono estaba apagado o fuera de servicio. Sabía lo impulsiva que podía ser Rous cuando se sentía acorralada: era capaz de tomar un avión con rumbo desconocido o estrellar su deportivo contra un muro solo por demostrar que nadie la manejaba.

Pasadas las diez de la noche, llegué a mi penthouse. Al abrir la puerta, me recibió un silencio pesado, roto únicamente por el murmullo tenue de la televisión encendida y el olor penetrante a whisky caro.

En medio de la sala, sentada directamente sobre la alfombra y apoyada contra el sofá, estaba Rous.

Tenía los zapatos de tacón tirados a un lado, el cabello dorado desordenado y una botella de cristal casi vacía entre las manos. Al escuchar mis pasos, alzó la cabeza. Ver a mi hermana en ese estado me oprimió el pecho con una garra de culpabilidad brutal. Rous siempre había sido una fortaleza de orgullo, fría, analítica y desafiante; verla consumida por el alcohol y rotas las barreras emocionales que tanto empeño ponía en construir me dolió más de lo que podía admitir.

—Llegas tarde, hermanito —murmuró con la voz arrastrada y entrecortada, intentando sonreír, aunque lo único que logró fue que un par de lágrimas rebeldes se le escaparan por las mejillas.

Dejé las llaves sobre la mesa y me dejé caer de rodillas frente a ella, quitándole la botella de las manos con suavidad para dejarla en el suelo.

—Estuve buscándote por toda la ciudad, pulga —dije con voz baja, retirándole unos mechones de pelo de la cara—. Tu auto está abajo en el estacionamiento mal estacionado. ¿Manejaste borracha?

—Manejé durante horas, Dominic... —sollozó Rous, llevándose las manos a la cara mientras su cuerpo comenzaba a temblar por el llanto retenido—. Manejé hasta que se me acabó la gasolina en las venas. Ya no puedo más. Te lo juro por mi vida que ya no puedo más.

Sin pensarlo dos veces, la atraje hacia mi pecho y la envolví en un abrazo firme. Rous se aferró a mi camisa con una desesperación infantil, buscando consuelo en el único refugio seguro que le quedaba en medio del desastre. Rompió a llorar sin reservas, vaciando toda la rabia, la impotencia y esa confusa atracción violenta que se negaba a admitir hacia el hombre al que había jurado odiar.

—Es un monstruo, Dominic... —susurró contra mi hombro, con la voz quebrada por las emociones que nunca se atrevía a expresar en voz alta—. Me quita el aire. Me quitó el trabajo, me encerró en su casa... y lo peor de todo, lo peor de todo es que cuando me toca... cuando me mira así... siento que me vuelvo loca. Siento que me estoy perdiendo a mí misma y no sé cómo detenerme.

Escuchar sus palabras me convirtió el estómago en un nudo de piedra.

Sentí una punzada de culpa feroz recorriéndome las venas. Yo había sido el puente. Yo había sido el hermano que le sugirió el nombre de Lorenzo De Luca como un "salvavidas" para librarla de nuestros padres. Pensé que la estaba protegiendo de Guillermo y del yugo de la empresa familiar, pero en realidad la había entregado en bandeja de plata al cazador más despiadado de nuestro círculo.

Sabía lo que Lorenzo sentía por ella; conocía su obsesión enfermiza desde que éramos adolescentes. Pero jamás imaginé que Rous terminaría tan lastimada en el fuego cruzado de sus egos.

—Tranquila, Rous... ya estás aquí. No estás sola —le susurré, acariciándole la espalda mientras ella seguía desahogándose contra mi pecho hasta que el cansancio y el alcohol comenzaron a vencerla.

«¿Qué demonios hice?», me pregunté a mí mismo en la penumbra de la sala, sintiendo el peso de mi hermana dormida entre mis brazos.

Rous le había pedido el divorcio a Lorenzo en su propia cara. Le había declarado la guerra definitiva. Y conociendo a Lorenzo como lo conocía, sabía perfectamente que mi amigo no iba a firmar ese papel jamás. En lugar de soltarla, Lorenzo iría a buscarla con el doble de furia, y mi departamento sería el próximo escenario de una batalla donde yo tendría que decidir, de una vez por todas, si apoyaba al hombre más poderoso de la ciudad o si defendía a mi hermana antes de que la destruyera por completo.



#1876 en Novela romántica

En el texto hay: romanse pasión

Editado: 29.09.2026

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