Capítulo 19: Choque de titanes
Desde la perspectiva de Dominic
A las dos de la mañana, la copa de cristal entre mis dedos amenazaba con romperse. Rous dormía profundamente en la habitación de huéspedes, exhausta tras la crisis y debilitada por el whisky. Había dejado la puerta entreabierta para escuchar su respiración, pero el verdadero peligro no venía del interior del departamento.
El timbre de la puerta principal no sonó. En su lugar, el destello del panel de acceso privado cambió de rojo a verde.
La silueta de Lorenzo De Luca se recortó contra la penumbra del pasillo. Entró al penthouse con la tranquilidad de un fantasma y la presencia de un soberano. No traía saco; la camisa blanca tenía las mangas arremangadas hasta los antebrazos y los dos primeros botones desabrochados. Su mirada era dos pozos de sombra, fríos, calculados y desprovistos de cualquier rastro de paciencia.
—Está durmiendo —dije antes de que diera un paso más, apoyando la copa sobre la barra de la cocina con un golpe seco.
Lorenzo ni siquiera parpadeó. Avanzó dos pasos hacia el pasillo que conducía a las habitaciones.
—Vine a buscar a mi esposa, Dominic. Hazte a un lado.
Me crucé en su camino, interponiendo mi cuerpo entre él y el pasillo. Éramos casi de la misma estatura, entrenamos juntos desde la adolescencia y nos conocíamos cada gesto. Pero esta vez no éramos los socios de negocios ni los amigos de toda la vida.
—No vas a entrar a esa habitación, Lorenzo —sentencié en voz baja, manteniendo el tono firme para no despertar a Rous—. Llegó a mi casa hecha pedazos. Manejó horas borracha, llorando como nunca la he visto llorar en su vida. ¿Es así como la proteges? ¿Arrinconándola hasta que prefiera estrellar su auto antes que volver a tu casa?
Lorenzo detuvo sus pasos. Sus ojos se fijaron en los míos con una rigidez mortal.
—No conoces los detalles de lo que ocurrió hoy en la empresa —respondió con una calma helada que resultaba amenazante—. Rous desafió una orden de seguridad corporativa. Se expuso a un rodaje no verificado fuera de la ciudad. Mi deber es blindarla, te guste o no.
—¡Tu deber no es destruirla! —estallé en un susurro violento, dándole un empujón en el pecho que lo hizo retroceder un paso—. Te la entregué porque pensé que eras el único con el poder suficiente para frenar a mi padre. Pensé que este matrimonio por contrato le daría libertad. Pero la estás ahogando, De Luca. La encerraste en una jaula peor que la de los Bozzo.
Una sonrisa oscura y peligrosa se dibujó en la comisura de los labios de Lorenzo. Dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que su rostro quedó a milímetros del mío, ignorando el empujón como si hubiera sido una molestia insignificante.
—Tú no me la entregaste, Dominic. Te engañas si crees que tuviste algún control sobre esto —murmuró Lorenzo, y su voz envió una corriente helada por la sala—. Rous siempre estuvo destinada a ser mía. Tú solo fuiste el peón que aceleró el proceso cuando tus padres intentaron venderla al mejor postor.
La rabia me cegó. Le agarré la solapa de la camisa con ambas manos, apretando los nudillos hasta dejarlos blancos.
—Es mi hermana. Y si tengo que romper nuestra alianza corporativa y llevarme a Rous fuera del país para alejarla de ti, lo voy a hacer. No voy a dejar que la destruyas.
Lorenzo no se inmutó. Bajó la mirada hacia mis manos en su cuello con un desdén absoluto antes de volver a clavar sus ojos en los míos. Con un movimiento rápido y calculador, sujetó mis muñecas y me apartó con una fuerza bruta que demostraba exactamente quién tenía el control.
—Inténtalo —desafió Lorenzo con voz ronca—. Intenta sacarla del país. Activa las cláusulas de rescisión si quieres. Mañana a primera hora puedo congelar cada cuenta de los Bozzo, hundir la división internacional que manejas y retirar el capital de De Luca Corp. Tu familia quedará en la ruina en doce horas.
—Me importa un carajo la empresa de mi padre —espeté entre dientes.
—Pero a Rous sí le importa —repuso él, acomodándose la camisa con elegancia impecable—. Ella firmó ese papel para proteger su nombre y su autonomía. Si intentas intervenir, la vas a obligar a ver cómo su hermano destruye lo único por lo que ha peleado toda su vida.
El silencio volvió a caer sobre el departamento, denso y sofocante. Me quedé inmóvil, comprendiendo la magnitud de la trampa. Lorenzo no solo había acorralado a Rous; me había acorralado a mí desde el primer día. Tenía todos los hilos en su mano.
En ese momento, el crujido de una puerta al fondo del pasillo rompió la tensión.
Rous estaba de pie bajo el marco de la puerta. Llevaba una camiseta mía que le quedaba grande, el cabello revuelto y la tez pálida, pero sus ojos verdes, aunque cansados y enrojecidos por el llanto, volvían a arder con esa luz indomable.
—Basta, Dominic —habló Rous con la voz rasposa pero firme—. No pelees por mí.
Ambos nos giramos hacia ella. Lorenzo dio un paso instintivo en su dirección, pero se detuvo al ver cómo Rous levantaba una mano para frenarlo.
—Vine a buscarte, Rous —dijo Lorenzo, suavizando apenas el tono de su voz, aunque manteniendo la mirada fija en ella con una posesividad feroz—. Nos vamos a casa.