Capítulo 21: El límite del ultimátum
El reloj de pie en la sala de Dominic marcaba las once y cuarenta y cinco de la mañana. Quince minutos para el mediodía.
Rous estaba de pie junto a los grandes ventanales del penthouse de su hermano, vestida con un traje sastre blanco que acentuaba su silueta. Llevaba el cabello recogido con pulcritud y la mirada fija en la avenida principal. Abajo, aparcada junto a la acera con el motor encendido, la limusina negra de los De Luca esperaba como un buitre paciente.
Dominic salió de la cocina sosteniendo una taza de café que ni siquiera intentó ofrecerle. Se notaba la falta de sueño en sus ojos.
—Faltan quince minutos, Rous —dijo él, apoyándose en el respaldo del sofá—. Si decides quedarte, mi equipo legal ya está preparado. No le temo a las amenazas de Lorenzo sobre las acciones de la familia. Puedo asumir el impacto financiero.
Rous no se movió de la ventana. Observó el reflejo de su hermano en el cristal.
—No se trata de las acciones de la familia, Dominic. Ni de la empresa de papá —contestó con voz baja pero firme—. Se trata de mí. Si permito que Lorenzo destruya el apellido Bozzo solo para castigarme por haber huido, le estaré dando el poder absoluto sobre la historia. Estaría aceptando que él tiene el derecho de quemar mi mundo cada vez que yo no obedezca.
—Entonces no entiendo —Dominic frunció el ceño, dando un paso hacia ella—. ¿Vas a bajar? ¿Vas a volver a esa jaula después de todo lo que me dijiste anoche?
Rous se giró despacio. Sus ojos verdes ya no mostraban el dolor ni la bruma del alcohol de la noche anterior. Habían recuperado ese brillo helado y calculador con el que analizaba sus balances financieros antes de cerrar un trato.
—No voy a volver como su prisionera —sentenció ella, ajustándose el reloj de pulsera con un chasquido impecable—. Si bajo y me subo a esa limusina, no será porque su amenaza me aterrorice. Será porque el contrato aún tiene piezas que yo no he jugado. Lorenzo cree que me acorraló con su ultimátum... pero olvidó que para mantenerme en su juego, tiene que tenerme de frente.
—Rous, estás jugando con fuego. Lorenzo no es un cliente al que puedas auditar.
—Yo tampoco soy una de sus empresas, Dominic —replicó ella, tomando su bolso de mano—. Anoche le pedí el divorcio en la cara ante toda su junta directiva. Él sabe que la grieta ya está hecha. Si quiere que regrese al penthouse, va a tener que aprender a vivir con el huracán dentro de su casa.
A las doce en punto, las puertas del ascensor privado en la cima de la torre De Luca se abrieron.
Lorenzo estaba de pie en medio del salón principal, vestido con su impecable traje oscuro. La frialdad de su rostro permanecía intacta, pero la rigidez en sus hombros delataba la tensión acumulada durante horas de espera. Al escuchar el eco de los tacones de Rous sobre el suelo de mármol, sus ojos se fijaron en ella con una intensidad casi hambrienta.
Rous avanzó con paso firme, dejando caer su bolso sobre la mesa central de cristal. No había sumisión en su postura; traía la cabeza en alto y una sonrisa fina, rozando la ironía.
—Puntualidad británica, De Luca —habló Rous, rompiendo el silencio del lugar—. Tu chofer no tuvo que esperar ni un segundo adicional.
Lorenzo la observó en silencio durante un largo momento, procesando la imagen de la mujer que acababa de cruzar la puerta. No venía derrotada. Tampoco traía la mirada de alguien que acataba una orden por miedo a la ruina familiar. Venía lista para la siguiente fase de la guerra.
Él dio dos pasos lentos hacia ella, deteniéndose a una distancia prudente.
—Viniste —murmuró Lorenzo, y por primera vez, su voz grave acusó una sutil vibración que no logró ocultar por completo.
—Vine a dejarte claras las nuevas reglas —corrigió Rous, cruzándose de brazos y sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Salvaste tu comunicado de prensa y libraste a la firma Bozzo de la ruina por hoy. Pero no te equivoques, Lorenzo: regresé a este penthouse porque me da la gana pelear mi libertad desde adentro, no porque le tenga miedo a tus amenazas corporativas.
Lorenzo esbozó una sonrisa sombría, cargada de esa devoción oscura que siempre aparecía cuando ella lo desafiaba.
—¿Y cuáles son esas "nuevas reglas", señora De Luca?
Rous dio un paso al frente, acortando la distancia hasta quedar a escasos centímetros de su pecho, sintiendo el calor inconfundible que emanaba de él.
—Primera: mis contratos profesionales los gestiono yo, sin vetos de tu departamento legal. Segunda: vas a dormir en esta misma habitación todas las noches viendo cómo la mujer que te pidió el divorcio comparte tu cama sin pertenecerte. Y tercera... —Rous se inclinó apenas, rozando su oreja con un susurro helado—: cada día de los meses que le quedan a este contrato te voy a recordar que tú me quieres a tu lado, pero yo aprendí a jugar en tu propio tablero.
Lorenzo sujetó su mentón con dos dedos, obligándola a mirarlo de frente. Su agarre era firme, pero sus ojos reflejaban el triunfo de volver a tenerla a su alcance y el abismo de saber que el incendio entre los dos estaba lejos de apagarse.
—Acepto tus reglas, Rous —susurró él sobre sus labios, antes de sellar el pacto con un beso rápido, posesivo y cargado de una promesa implacable—. Que empiece el segundo acto.