Capítulo 23: El colapso del estratega
La cuenta regresiva había durado exactamente siete días. Una semana entera de silencio en el penthouse, un vacío de maderas finas y mármol oscuro que a Lorenzo le había sabido a ceniza. Había intentado volcar cada segundo en reuniones de directorio y balances financieros, pero la ausencia de Rous resonaba en cada rincón de la torre con la fuerza de un recordatorio constante: ella no iba a doblegarse.
El lunes por la mañana, el vuelo comercial procedente de París aterrizó puntualmente en el aeropuerto internacional. La notificación de llegada llegó al escritorio de Lorenzo a primera hora, seguida de cerca por un correo cifrado con el adelanto editorial de la campaña que Rous había rodado en Le Marais.
Dominic se encontraba en el despacho principal de la torre De Luca revisando unos contratos de reestructuración cuando oyó el sonido seco.
No fue un grito. No fue una maldición.
Fue el crujir sordo de la pluma de montblanc de Lorenzo al quebrarse bajo la presión de sus dedos. La tinta negra comenzó a esparcirse despacio sobre los informes fiscales, manchando el papel con la misma furia contenida que amenazaba con reventar las paredes de la oficina.
Dominic levantó la vista de inmediato, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
En la pantalla de la tablet que reposaba sobre la caoba, las imágenes de la nueva campaña de joyería ya circulaban de forma digital por los portales de arte y moda de todo el mundo. Las fotografías de medio cuerpo, el contraste del oro y las esmeraldas sobre la piel completamente desnuda de Rous, y esos guantes de seda negra cruzados con absoluta altivez sobre su pecho formaban una obra de arte tan deslumbrante como provocadora. Era una declaración de guerra visual que proclamaba su soberanía absoluta ante los ojos de millones de espectadores, incluyendo a la alta sociedad que el propio Lorenzo custodiaba.
—Vaya... —murmuró Dominic, tragando saliva con dificultad mientras observaba el perfil de su amigo—. Te advirtió que jugaría en tu tablero, Lorenzo. Pero esto... esto cruza todas las líneas que intentaste trazar.
Lorenzo no respondió. Su mandíbula estaba tan tensa que los músculos del rostro se le marcaban con violencia. Sus ojos oscuros devoraban cada píxel de la pantalla, registrando la perfección inalcanzable de su esposa y el desafío implícito en su postura. Ella no solo se había marchado a París sin su permiso; había expuesto su silueta al mundo entero de la forma más elegante y desafiante posible, recordándole que por mucho que el contrato la atara a su apellido, su cuerpo y su voluntad seguían siendo indomables.
El silencio en el despacho se volvió denso, al borde de la asfixia.
—Cancela mi agenda de la tarde —ordenó Lorenzo al fin, con una voz tan baja y ronca que apenas parecía suya. Levantó lentamente la mirada hacia Dominic, y en el fondo de sus pupilas ya no quedaba rastro de la fría estrategia corporativa; solo ardía un fuego salvaje y oscuro—. Está por cruzar la puerta del edificio. Y te sugiero que te marches, Dominic... porque la batalla campal que prometió al irse acaba de empezar.