Un Matrimonio por Contrato

Capitulo 24

Capítulo 24: El choque en la cumbre

Las puertas de caoba del despacho principal no se abrieron con un golpe educado; cedieron ante el empuje firme de una mujer que sabía exactamente el terremoto que venía arrastrando tras de sí.

Rous entró al penthouse con la barbilla en alto, vistiendo un traje sastre en tono marfil y unos tacones que resonaban sobre el suelo de mármol como disparos calculados. Traía el bolso colgado al hombro y una maleta de mano apoyada apenas en su muñeca, lista para cualquier escenario. Sabía lo que el adelanto digital de la campaña de Le Marais había provocado en los servidores de la alta sociedad. Sabía que las fotografías de su piel desnuda, esculpida en oro, esmeraldas y seda negra, ya estaban sobre la mesa de Lorenzo.

Y no le importaba en absoluto.

Al doblar hacia el salón principal, lo encontró de pie junto a los ventanales. Lorenzo se había quitado la chaqueta del traje; llevaba la camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos y el nudo de la corbata deshecho. No se giró de inmediato. Permanecía con la vista fija en la ciudad, pero la tensión en sus hombros delataba que llevaba horas esperando ese preciso instante.

—Veo que las noticias de París vuelven a volar más rápido que los aviones comerciales, De Luca —soltó Rous con una voz fría y cristalina, deteniéndose a unos metros de distancia.

Lorenzo giró lentamente el rostro. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad volcánica, desprovistos de toda la fría diplomacia corporativa que solía blindarlo.

—¿Te pareció gracioso? —preguntó él. Su voz no era un grito; era un susurro grave, rasposo y peligrosamente calmado que retumbó en la inmensidad del espacio—. ¿Exponer tu cuerpo al escrutinio del mundo entero para demostrarle a un puñado de fotógrafos europeos que puedes pisotear mis reglas?

Rous dio un paso al frente, cruzándose de brazos con una arrogancia que desafiaba la tormenta que veía formarse en los ojos de su esposo.

—No expuse nada que no sea arte, Lorenzo. Son fotografías de medio cuerpo, cuidadas al milímetro, legales y firmadas bajo mi autonomía profesional —replicó ella con una sonrisa desafiante—. Te advertí que el contrato no me iba a convertir en una figura decorativa de tu colección privada. Si creíste que me ibas a encerrar tras un escritorio en la ciudad con una amenaza de divorcio evitada, te equivocaste de persona.

Lorenzo abandonó el ventanal a zancadas. Su paso era tan imponente y veloz que Rous, a pesar de su valentía, dio un paso involuntario hacia atrás antes de que él la acorralara contra la estructura de cristal del balcón.

La atrapó entre sus brazos, apoyando las manos en el vidrio a ambos lados de su cabeza. El calor de su cuerpo la envolvió por completo, pero esta vez no había romanticismo ni tregua caribeña; había una posesión salvaje y herida.

—Crees que estás jugando a la estratega libre, Rous... pero no entiendes nada —murmuró Lorenzo a milímetros de sus labios, con la respiración acelerada—. No me importa el arte de París. No me importa la opinión de la junta ni de la prensa. Lo que me quema por dentro es saber que millones de hombres en este planeta acaban de ver cada centímetro de tu piel, sabiendo que la única persona que tiene derecho a reclamarla soy yo.

Rous sintió un vuelco traicionero en el pecho, pero se obligó a endurecer la mirada, sosteniéndole el pulso con la misma fiereza.

—Pues vas a tener que aprender a compartirme con el mundo, De Luca —espetó ella entre dientes, rozando su pecho con el mentón—. Porque mi carrera, mi cuerpo y mi arte no se van a someter a tus inseguridades de magnate celoso.

Lorenzo soltó una risa seca, oscura y carente de humor, mientras una de sus manos abandonaba el cristal para deslizarse con lentitud por su mandíbula, ejerciendo una presión firme que le impidió apartarse.

—No tengo inseguridades, Rous. Tengo un límite —susurró él, fijando sus ojos en los de ella con una intensidad que le cortó el aliento—. Y acabas de cruzarlo.

Sin darle tiempo a articular otra réplica, Lorenzo selló sus labios en un beso voraz, posesivo y desesperado, un castigo y una reclamación al mismo tiempo que desarmó todas las defensas de Rous en un solo segundo. La batalla campal había empezado, y ninguno de los dos planeaba ceder un solo centímetro de terreno.



#1876 en Novela romántica

En el texto hay: romanse pasión

Editado: 29.09.2026

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