Capítulo 25: La marca del dueño
La furia que se había acumulado durante los siete días de silencio no encontró válvula de escape en las palabras. En cuanto los labios de Lorenzo se fundieron con los de Rous, el beso dejó de ser una advertencia para convertirse en un asalto implacable.
Rous intentó responder al empuje con la misma altivez, elevando el mentón y devolviéndole la mordida con rebeldía, pero la fuerza bruta que Lorenzo desató esa tarde no admitía réplica. Él la levantó del suelo con una sola mano, aferrándola de la cintura con tanta firmeza que los dedos se le clavaron a través de la tela de su traje sastre, y la arrastró sin contemplaciones hacia la habitación principal del penthouse.
—¡Basta, Lorenzo! —exclamó ella, logrando zafar los labios un segundo, con el pecho agrietado por la rabia y la adrenalina—. ¡No soy de tu propiedad!
—En este momento, sí lo eres —rugió él contra su cuello, con una voz irreconocible, áspera y quebrada por los celos y la desesperación—. Te atreviste a mostrarle tu cuerpo al mundo entero... Ahora vas a recordar quién es el único que tiene derecho a tocarlo.
No hubo preámbulos ni treguas. Lorenzo descargó toda su frustración sobre el cuerpo de Rous como una bestia herida que intenta reclamar lo que cree que le arrebataron. La despojó de la ropa con movimientos bruscos y desesperados, rasgando los botones de la camisa marfil hasta dejarla completamente expuesta sobre las sábanas oscuras de la cama de dos plazas.
Rous sintió una mezcla punzante de orgullo herido y un arrebato febril de deseo prohibido. Intentó oponer resistencia, empujándole los hombros con fuerza, pero cada intento de defensa suya parecía avivar aún más el fuego posesivo de él. Lorenzo la tomó con una intensidad voraz, implacable, arrasando con cada una de sus murallas y arrastrándola a un torbellino donde el dolor y el placer se fundían en una misma agonía.
Cada movimiento de él era una declaración de propiedad; cada caricia, un recordatorio violento de que ella le pertenecía por entero. Sus manos grandes y firmes la marcaron sin piedad, dejando un mapa de cardenales oscuros y rastros encendidos a lo largo de su cintura, sus caderas y la curva de su espalda, como si con cada huella intentara borrar la exposición pública de París y estampar su sello de manera definitiva.
Rous, atrapada entre el llanto de impotencia y el eco de los gemidos que intentaba ahogar contra las sábanas, se aferró a la espalda de Lorenzo con las uñas, arañando su piel en un intento desesperado por devolverle el golpe. Estaban colisionando en una guerra de cuerpos donde ninguno de los dos quería rendirse, pero donde el dominio de Lorenzo se impuso como una aplanadora de fuego y deseo oscuro.
Cuando el clímax estalló entre ambos, sacudiendo la habitación con la fuerza de un huracán privado, Lorenzo se desplomó sobre el cuerpo de ella, respirando con agitada pesadez contra su hombro, con los labios todavía presionados firmemente sobre la piel marcada de su cuello.
Horas más tarde, la habitación quedó sumida en un silencio denso, roto únicamente por el parpadeo de las luces de la ciudad a través de los ventanales.
La tormenta había cesado, pero las consecuencias se hacían sentir con crudeza. Rous yacía inmóvil sobre las sábanas revueltas, con los ojos abiertos mirando fijamente hacia el techo oscuro. Intentó incorporarse para alcanzar la bata de seda, pero un dolor agudo y punzante le recorrió la cadera y las piernas, inmovilizándola al instante.
Su cuerpo entero era una masa de dolor sordo y latidos intensos. Al girar apenas el rostro, vio el reflejo en el espejo del tocador: su piel estaba sembrada de marcas oscuras, pruebas irrefutables de la noche de furia y posesión que acababa de atravesar.
Lorenzo ya no estaba en la cama. Se encontraba de pie junto al ventanal, con la camisa oscura mal abotonada y una copa de coñac en la mano, observando el horizonte con la mandíbula tensa.
Rous apretó los dientes, conteniendo las lágrimas de rabia que amenazaban con traicionarla. Movió los dedos de las manos con lentitud, sintiendo el peso de la derrota física, pero jurando en silencio que, por más adolorida y marcada que estuviera, la guerra contra el dueño de ese imperio apenas estaba a mitad de camino.