Un Matrimonio por Contrato

Capitulo 26

Capítulo 26: Las cenizas del orgullo

​La luz del amanecer filtrada a través del ventanal del penthouse no trajo consigo una tregua, sino la fría constatación de los estragos de la noche anterior.

​Rous yacía inmóvil sobre el lado izquierdo de la cama. Cada intento de estirar un músculo o mover las caderas venía acompañado de un dolor punzante y sordo que le recordaba la brutalidad con la que Lorenzo había ejecutado su castigo. Su piel, antes inmaculada, lucía un mapa de marcas oscuras y cardenales que se extendían desde sus costillas hasta la parte baja de su espalda; un registro visual innegable de la posesión absoluta que su esposo había querido estampar sobre ella.

​El orgullo de Rous, tan férreo y pulido como su mente contable, ardía con más fuerza que las secuelas físicas.

​Al escuchar pasos acercándose por la puerta de la habitación, cerró los ojos de inmediato, fingiendo un sueño profundo. No quería ver a Lorenzo. No soportaba la idea de cruzar miradas con el hombre que la había reducido a un campo de batalla de egos y deseos desbocados.

​La figura alta de Lorenzo se detuvo junto al borde de la cama. Permaneció allí en completo silencio durante largos minutos. Su presencia era pesada, cargada de una extraña mezcla de triunfo oscuro y una tensión contenida que rozaba el remordimiento.

​Rous sintió la mirada de él recorriendo las marcas que él mismo había dejado sobre su piel expuesta. Luego oyó el suave roce de una sábana siendo acomodada para cubrirla, seguido por el sonido leve de sus pasos al alejarse y la puerta cerrándose con cerrojo.

​En cuanto se quedó sola, Rous abrió los ojos. Las lágrimas de rabia que había estado conteniendo toda la noche finalmente se deslizaron por sus mejillas, mojando la almohada.

​—Maldito seas, Lorenzo... —susurró con la voz rota y un hilo de voz apenas audible—. Me puedes quebrar por dentro y por fuera... pero jamás vas a doblegar mi alma.

​Con un esfuerzo sobrehumano, ignorando el dolor agudo que le atravesaba cada articulación, Rous se deslizó fuera de la cama. Apoyó las manos contra el suelo frío del dormitorio y, tambaleándose, caminó paso a paso hasta el baño privado.

​Al mirarse al espejo, el reflejo la golpeó con crudeza. Su cabello estaba revuelto, los labios hinchados y el cuerpo sembrado de huellas que gritaban a quién le pertenecía. Pero en el fondo de sus ojos verdes, el fuego de la resistencia no se había apagado; al contrario, se había transformado en una brasa fría, calculadora y letal.

​Se duchó con agua tibia, dejando que el vapor calmara un poco el dolor muscular, y se puso un conjunto de ropa interior de encaje negro seguido por un sastre impecable de color gris oscuro, cubriendo con elegancia cada una de las marcas que él le había dejado.

​Cuando salió de la habitación, la casa estaba desierta. Lorenzo se había marchado a la torre corporativa, dejando tras de sí un vacío denso.

​Rous caminó hacia su estudio privado dentro del penthouse. Abrió la gaveta de seguridad de su escritorio y extrajo un portafolios con copias notariadas de su contrato matrimonial, los anexos de autonomía profesional y los extractos de sus cuentas bancarias independientes.

​Ya no iba a jugar a las escondidas ni a las escapadas impulsivas a París. La furia ciega había quedado atrás, reemplazada por una estrategia fría. Había entendido, a través del dolor y la humillación de la noche anterior, que Lorenzo no cedería nunca por las buenas. Por lo tanto, si quería su libertad, tendría que desmantelar el imperio de los De Luca desde los cimientos, utilizando las mismas armas de cálculo y poder que su esposo había diseñado para atraparla.



#1876 en Novela romántica

En el texto hay: romanse pasión

Editado: 29.09.2026

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