Un Matrimonio por Contrato

Capitulo 27

Capítulo 27: El peso de la ceniza

En el piso cincuenta de la torre De Luca, la ciudad se extendía como una cuadrícula perfecta de luces y acero, pero para Lorenzo, el despacho se había encogido hasta convertirse en una celda.

Tenía frente a sí los informes trimestrales del consorcio, las proyecciones de expansión europea y los balances bancarios que controlaban el destino de medio continente. Sin embargo, las letras y los números se borraban ante sus ojos, reemplazados una y otra vez por la imagen de Rous la noche anterior: su piel marcada por la furia de sus propias manos, la resistencia en su mirada y ese silencio gélido con el que había defendido lo poco que le quedaba de libertad.

Lorenzo apartó los documentos de un golpe seco. Se recostó en su sillón de piel, pasándose ambas manos por el rostro con una frustración que le quemaba las sienes.

Había cruzado la línea definitiva.

Durante años, su estrategia se había basado en la precisión milimétrica, en el control absoluto de cada variable y en la convicción de que proteger a Rous significaba encerrarla en su órbita. Pero la brutalidad con la que había descargado sus celos la noche anterior no había sido una jugada de ajedrez; había sido el arrebato desesperado de un hombre aterrorizado por perder el control de la única persona que importaba.

Y lo peor no era el dolor físico que le había provocado, sino la certeza absoluta de que, al marcarla de esa manera, no la había acercado a él. La había empujado al abismo del resentimiento.

La puerta del despacho se abrió sin previo aviso. Dominic entró con el paso firme y la mandíbula tensa, sin importarle el protocolo ni la presencia de los guardaespaldas en el pasillo exterior. Se detuvo frente al escritorio, apoyando las palmas sobre la caoba con los nudillos blancos.

—Vengo de dejar unos documentos en el área legal, Lorenzo —comenzó Dominic, con una voz baja y helada que destilaba desprecio—. Y por casualidad me enteré de que el departamento de auditoría recibió una solicitud urgente para revisar las cláusulas de autonomía financiera de Rous.

Lorenzo levantó la vista lentamente. Sus ojos oscuros no mostraban sorpresa, solo un cansancio oscuro.

—Ella tiene derecho a revisar su contrato —respondió él con voz ronca.

—No me jodas, Lorenzo —estalló Dominic, perdiendo la compostura y golpeando levemente la mesa—. No se trata de una simple revisión contable. Hablé con ella hace una hora por teléfono. No quiso abrirme la puerta del penthouse, pero su voz... su voz sonaba distinta. Ya no hay rabia contenida, Lorenzo. Hay un vacío frío. ¿Qué diablos le hiciste anoche?

El silencio que cayó sobre la oficina fue más pesado que cualquier grito. Lorenzo se puso de pie con lentitud, su alta estatura imponiendo respeto incluso ante el hermano de la mujer a la que acababa de quebrantar.

—Lo que pasó entre mi esposa y yo pertenece estrictamente al ámbito de nuestro matrimonio, Dominic —replicó Lorenzo, con un tono de advertencia que no admitía réplicas—. Fuera de esta oficina, eres mi socio y mi amigo. Dentro de ella, estás cuestionando mis decisiones como cabeza de familia.

—¿Cabeza de familia? —se burló Dominic con una amargura evidente—. La estás destruyendo, Lorenzo. Pensé que querías protegerla de mis padres, pero lo único que hiciste fue cambiar de carcelero. Si Rous decide volar por los aires este maldito contrato y prefiere perderlo todo con tal de largarse de tu lado, te juro que esta vez yo mismo la voy a ayudar a irse.

Dominic no esperó respuesta. Dio media vuelta y abandonó el despacho, dejando el eco de sus palabras rebotando entre los muros de cristal.

Lorenzo se quedó solo. Cada palabra de Dominic confirmaba lo que su propia lógica implacable ya le advertía: la estrategia del miedo y la posesión había fracasado. Si continuaba ejerciendo presión, rompería el frágil hilo que los sostenía unidos.

Tomó las llaves de su vehículo del escritorio y apagó la pantalla de su ordenador. Por primera vez en su vida, el dueño del imperio De Luca iba a regresar a casa no a imponer una orden, sino a enfrentar las consecuencias de sus propios actos, sabiendo que la mujer que lo esperaba al otro lado de la puerta ya no le temía a su furia... porque había decidido empezar a quemar las reglas del juego.



#1876 en Novela romántica

En el texto hay: romanse pasión

Editado: 29.09.2026

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