Capítulo 28: La frialdad del acero
El sonido del lector biométrico al abrir la puerta del penthouse retumbó en la penumbra. Lorenzo cruzó el umbral con el pulso acelerado y la garganta seca, preparado para enfrentar el desastre que él mismo había provocado: gritos, lágrimas, la silueta de una mujer rota en la cama o el vacío de una huida desesperada.
Sin embargo, la escena que lo esperaba en el gran salón principal congeló sus pasos al instante.
No había rastro de la víctima que creía haber dejado atrás. Rous no estaba en la habitación ni cediendo al dolor del cuerpo. Estaba sentada en uno de los sillones de piel del área de estudio, bañado por la luz tenue de una lámpara de pie. Vestía una blusa de seda de cuello alto y mangas largas en tono marfil que cubría meticulosamente cada una de las marcas de la noche anterior. Su postura era impecable, el cabello recogido en un moño perfecto y su rostro lucía una calma helada, casi matemática.
Sobre la gran mesa de cristal no había maletas; había carpetas corporativas, un ordenador portátil encendido y varios tomos de auditoría financiera.
Rous levantó la vista lentamente cuando él se acercó. Sus ojos verdes, desprovistos de rabia o miedo, lo fijaron con un desapego tan absoluto que a Lorenzo le pareció sentir un golpe directo en el pecho.
—Llegas temprano, Lorenzo —habló ella con una voz serena, transparente y perfectamente modulada—. Estaba terminando de revisar los estados financieros de las subsidiarias que anexaste al contrato matrimonial.
Lorenzo se detuvo a un metro de la mesa, observándola con una mezcla de cautela e intensa fascinación.
—Rous... —comenzó él, con una voz más baja de lo habitual—. Pensé que estarías descansando.
—El cansancio es para quienes no tienen un objetivo —interrumpió ella con ligereza, pasando la página de un informe con un chasquido impecable—. Descubrí algo interesante mientras estabas en la torre. Al intentar vetar mi contrato de joyería la semana pasada, tu equipo legal usó la Cláusula 7.2 de la filial De Luca Europa. Lo que tu departamento olvidó es que esa misma filial tiene una auditoría pendiente que requiere la firma de un contador independiente no subordinado... rol que yo cumplo según los estatutos de mi propia firma.
Rous deslizó una carpeta de cuero negro hacia el borde de la mesa, justo frente a él.
—Ahí tienes una notificación oficial de congelamiento de activos para la campaña europea que intentaste controlar —continuó Rous, reclinándose en el sillón y cruzando las piernas con suma elegancia—. Si mantienes el veto sobre mis contratos de modelaje, esa filial quedará paralizada operativamente durante seis meses.
Lorenzo miró la carpeta y luego a su esposa. La brutalidad de la noche anterior no la había doblegado; la había privado de cualquier ilusión y la había obligada a usar su inteligencia como una hoja de afeitar.
—Estás atacando la estructura del consorcio —murmuró Lorenzo, y una pequeña sonrisa sombría, llena de respeto y peligro, comenzó a dibujarse en su rostro—. Usaste mi propio reglamento en mi contra.
—Te dije que aprendí a jugar en tu tablero, De Luca —respondió Rous, sosteniéndole la mirada sin parpadear un solo segundo—. Me puedes forzar físicamente a dormir en esta cama y puedes llenar mi piel de marcas para calmar tus celos. Pero en el instante en que salgas de esta habitación, cada movimiento que hagas contra mi carrera lo voy a cobrar en los balances de tu imperio. Tú decides si prefieres una esposa a la que tengas que vigilar cada segundo... o una socia a la que aprendas a respetar.
Lorenzo dio un paso al frente, apoyando las manos sobre la mesa y flexionando el torso hasta quedar frente a frente con ella. La tensión entre ambos ya no era un arrebato de violencia instintiva, sino un duelo implacable de mentes brillantes. El cazador acababa de descubrir que la presa no solo había sobrevivido a la trampa, sino que había tomado el control de los mecanismos.