Capítulo 29: El giro inesperado
Los días siguientes transcurrieron en una calma extraña y tensa dentro del penthouse. La guerra fría entre ambos se había trasladado al terreno de las miradas heladas y el silencio absoluto; ya no discutían, pero cada espacio de la casa se sentía cargado de un cálculo milimétrico. Las marcas oscuras que Lorenzo había dejado sobre su piel con tanta brutalidad ya comenzaban a desvanecerse, volviéndose tenues sombras bajo la ropa de alta costura que Rous usaba para mantener las distancias.
Sin embargo, en el interior de su propio cuerpo, las reglas empezaron a fallar de una forma que ni su mente analítica lograba prever.
Primero fue un ligero ardor estomacal que atribuía al café amargo y al estrés acumulado de las auditorías. Luego vino una inapetencia extraña, una repulsión repentina hacia los olores que antes dominaban la cocina del penthouse. Y, finalmente, el dato que hizo que las alarmas de su pulcro control se encendieran con violencia: un retraso prolongado en su ciclo.
Esa mañana, mientras Lorenzo se encontraba reunido con los inversores internacionales en la torre, Rous cerró con seguro la puerta del baño principal. Sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía el pequeño dispositivo plástico sobre la encimera de mármol.
Los segundos transcurrieron con la pesadez de una eternidad. Cuando las dos líneas rojas se marcaron con absoluta nitidez frente a sus ojos, el aire pareció escapársele de los pulmones.
—No... esto no puede estar pasando —susurró Rous con un hilo de voz, llevándose las manos al vientre en un absoluto estado de shock.
Un embarazo era la última variable que su contrato, su carrera y su calculado plan de escape contemplaban. Era la cadena definitiva, la atadura biológica insalvable que la anclaría para siempre al hombre al que había jurado doblegar.
En ese preciso instante, el sonido sordo del lector biométrico en la entrada principal resonó a lo largo del pasillo. Las puertas del penthouse se abrieron. Lorenzo había regresado antes de lo previsto, con la chaqueta del traje colgada en el antebrazo y el rostro surcado por el cansancio de las negociaciones.
—Rous —llamó su voz grave, recorriendo la estancia mientras avanzaba hacia el dormitorio.
Rous se quedó congelada frente al espejo del baño, con la prueba positiva todavía apretada entre los dedos, incapaz de articular un solo sonido.
La puerta del baño se abrió despacio. Lorenzo se detuvo en el umbral, con la mirada oscura y fija en el rostro pálido de su esposa y en el pequeño objeto que sostenía en la mano. El silencio que cayó entre ambos fue total, denso y cargado de un peso que ninguna de sus batallas corporativas había tenido jamás.
Los ojos de Lorenzo recorrieron el cuerpo de Rous, deteniéndose un segundo en sus manos temblorosas, antes de volver a clavarse en sus ojos verdes con una intensidad abrumadora. La tormenta que se avecinaba ya no era una guerra de egos ni de contratos; las reglas del juego acababan de cambiar para siempre.