Un Matrimonio por Contrato

Capitulo 30

Capítulo 30: El peso de la eternidad

El silencio en el cuarto de baño se volvió denso, casi irrespirable. La luz de la mañana se filtraba a través de los cristales, iluminando el contraste entre la rigidez de Lorenzo y el cuerpo petrificado de Rous.

Durante unos segundos que parecieron prolongarse indefinidamente, Lorenzo no dijo nada. Su mirada se desplazó desde el rostro pálido y desencajado de su esposa hasta el pequeño dispositivo plástico que ella sostenía con los nudillos blancos. En sus ojos oscuros, la sorpresa inicial se disolvió con una rapidez aterradora, dando paso a una marea oscura, indescifrable y abrumadora de emociones que ningún modelo económico ni proyección financiera le había enseñado a calcular.

Rous fue la primera en romper la parálisis. Tragó saliva con esfuerzo, recuperando de golpe el control de su voz, aunque un temblor imperceptible la delataba.

—No digas una sola palabra, Lorenzo —espetó ella con fiereza, enderezando los hombros y ocultando el aparato detrás de su mano—. No te atrevas a mirar esto como una victoria de tu parte.

Lorenzo dio un paso al frente, cruzando el umbral del baño con una lentitud deliberada. Su alta presencia eclipsó el espacio, pero su expresión ya no albergaba la furia salvaje de las semanas anteriores. Había una intensidad distinta, un brillo febril y absoluto que rozaba la devoción más oscura.

—¿Una victoria? —repitió él con voz ronca, deteniéndose a solo centímetros de ella—. Rous... esto no es una partida de ajedrez.

—¡Claro que lo es! —estalló ella, perdiendo por fin la máscara de fría compostura mientras las lágrimas de rabia e impotencia amenazaban con desbordarse de sus ojos verdes—. ¿Crees que no sé lo que significa esto? Es la celda definitiva. Es la prueba de que, por más que luche, por más que escriba auditorías y mueva contratos, me acabas de atar a ti con el hilo biológico más fuerte del mundo. ¡Me robaste la salida, Lorenzo!

Lorenzo extendió la mano, sus dedos largos y firmes rodearon con suavidad la muñeca de Rous, obligándola a abrir el puño y dejar al descubierto la prueba positiva. La miró fijamente, como si en esas dos líneas rojas estuviera escrito el mapa entero de su destino.

Luego, levantó la vista para mirarla a los ojos. No había en su rostro la sonrisa arrogante del estratega que celebra un jaque mate. Había una gravedad inquebrantable.

—¿Crees que te até? —murmuró él, pegando su frente a la de ella, arropándola con el calor de su cuerpo en un gesto insólitamente íntimo—. Rous, mírame. Lo que llevas dentro no es una cadena que te impuse. Es la prueba viviente de que ni tú ni yo podemos escapar el uno del otro, aunque quememos el mundo entero en el intento.

—Te odio —susurró Rous con la voz quebrada, apoyando las palmas contra el pecho de Lorenzo, sintiendo el ritmo frenético de su corazón—. Te odio por esto.

—Lo sé —respondió él sin apartarse, cerrando los ojos un instante mientras envolvía el vientre de Rous con su otra mano, en un contacto protector y posesivo que desafiaba cualquier lógica previa—. Odiame todo lo que quieras. Pelea conmigo hasta el último día de tu vida, revuelca mi imperio si te da la gana... pero este hijo nos pertenece a los dos. Y a partir de este segundo, no hay contrato en la tierra que pueda separarnos.

Rous contuvo el aliento, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies se desmoronaba. La guerra fría había terminado; las reglas del juego ya no importaban. La vida que crecía en su interior acababa de condenarlos, para bien o para mal, a un destino del que ninguno de los dos volvería a salir ileso.



#1876 en Novela romántica

En el texto hay: romanse pasión

Editado: 29.09.2026

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