Capítulo 31: Confesiones entre escombros
La medianoche había caído sobre la ciudad, pero en el club privado que frecuentaban desde la adolescencia, las luces tenues y el olor a whisky añejo contrastaba con la agitación que llevaba Lorenzo por dentro.
Dominic bebió un trago de su vaso corto sin apartar la mirada de su amigo. Habían pasado dos horas bebiendo en un silencio casi absoluto, un territorio extraño para dos hombres que solían debatir cada movimiento financiero con precisión milimétrica. Pero la tensión en los hombros de Lorenzo y la manera en que sostenía el vaso con los nudillos blancos delataban que algo incalculable había ocurrido.
—Vas a romper el cristal si sigues apretándolo así, De Luca —rompió el hielo Dominic con voz seca, dejando el vaso sobre la mesa de caoba—. Suelta de una vez qué demonios pasa. No me llamaste a estas horas solo para jugar a las estatuas.
Lorenzo detuvo el movimiento. Exhaló un suspiro denso, cargado de un cansancio que no le pertenecía al cuerpo, sino al alma. Apoyó los codos sobre las rodillas y miró el líquido ámbar antes de hablar.
—Rous está embarazada.
El vaso de Dominic se detuvo a medio camino de sus labios. Parpadeó una vez, dos veces, procesando las palabras como si hubieran sido emitidas en un idioma extranjero.
—¿Qué... qué dijiste? —balbuceó Dominic, incorporándose de golpe en el sillón, con los ojos abiertos de par en par—. ¿Estás loco? ¿Me estás diciendo que Rous...?
—Lo supo esta mañana —interrumpió Lorenzo con voz ronca, frotándose las sienes con frustración—. Llegué al penthouse justo en el momento en que tenía la prueba en la mano. Estaba en estado de shock... y con toda la razón.
Dominic se quedó inmóvil, sintiendo que el suelo se le movía bajo los pies. La rabia, el instinto protector de hermano y una profunda aprensión se mezclaron en su estómago. Abrió la boca para reclamarle, para recordarle la brutalidad con la que la había tratado apenas unos días atrás, pero las palabras se le ahogaron en la garganta al ver el rostro de Lorenzo.
No había arrogancia en su mirada. No había rastro del magnate intocable que celebraba una jugada maestra. Había un miedo sordo, primitivo y absoluto.
—Cuando la vi con esa prueba... supe que le había quitado la última opción de elegir —continuó Lorenzo, con la mirada perdida en los reflejos de la mesa—. Me gritó que la había encerrado en una celda biológica. Que le robé la salida. Y tiene razón, Dominic. Le entregué todas las herramientas para que me odie con cada célula de su cuerpo.
Dominic dejó caer el vaso sobre la mesa, derramando unas gotas de licor. Pasó una mano por su cabello corto, sintiendo un nudo en la garganta.
—No tienes idea de lo que acabas de desatar, Lorenzo —dijo Dominic con un tono sombrío, apretando la mandíbula—. Conoces a mi hermana mejor que nadie. Ella no es de las que se doblan; si un hijo la ancla a ti, no va a ceder ni un milímetro. Va a convertir cada día de ese embarazo en una guerra psicológica tan fría que te vas a arrepentir de haber nacido.
—Que lo haga —respondió Lorenzo de inmediato, levantando la vista con una fiereza oscura y silenciosa—. Que me declare la guerra que quiera. Que mueva cuentas, que intente congelar mis empresas, que me odie cada segundo del día si eso le da fuerzas. No me importa.
Lorenzo se puso de pie, ajustándose la chaqueta del traje con un movimiento tenso.
—¿Y sabes qué es lo peor de todo, Dominic? —añadió él, con la voz quebrada por una honestidad brutal que jamás le había mostrado a nadie—. Que a pesar de saber que la empujé al límite, a pesar de ver el terror en sus ojos... lo único en lo que puedo pensar es en que haré arder el mundo entero antes de permitir que alguien le toque un solo cabello a ese niño... o a ella.
Dominic lo observó en silencio, comprendiendo de golpe la magnitud de la tragedia y la devoción ciega que consumía a su amigo. La criatura que se gestaba en el vientre de Rous no era una tregua; era el detonante definitivo de una pasión tan destructiva que terminaría por salvarlos o por destruirlos a los dos.