Anoche, mientras volvía a casa por el camino de siempre, no pude evitar mirar al cielo.
Había tenido un día terrible y solo deseaba un poco de paz. Y me di cuenta de que la paz estaba en aquel cielo estrellado. No sé por qué no lo había notado antes.
Al percibir la Luna, gran ídolo de mi niñez, quise verla mejor. Entonces, me dirigí al lugar exacto, ese que yo conocía bien: aquel que se ubicaba al pie del río, justo sobre la piedra más grande de la zona. Recuerdo que, de niño, dicha piedra me quedaba enorme. Y hoy, ya siendo adulto, parecía haber empequeñecido, aunque todavía quepo perfectamente, para mi fortuna.
Una vez sentado, miré nuevamente al firmamento. Era una fresca noche de verano y las estrellas brillaban en todo su esplendor. La Luna, inmensa, me recibía con su radiante luz. Cerré los ojos e inhalé una gran cantidad de aire.
Y fue cuando me acordé de vos.
También recordé algo que hice una vez cuando era pequeño. Decidí repetirlo.
Corrí a casa. Busqué de entre todos mis cachivaches un buen papel de carta. Me senté y, lapicera en mano, escribí unas líneas. He de confesar que en más de una ocasión se me humedecieron los ojos. Recordarte era doloroso a veces, casi siempre.
Regresé junto al río, con prisa, por temor a que la Luna cambiara mucho de posición. Pero, por extraño que pareciera, aún seguía allí. O eso fue lo que quise creer. Para mis adentros, pensé que me estaba esperando.
Con la carta doblada en cuatro, me senté en la piedra nuevamente y volví a inhalar. Miré el reflejo de la Luna en el río y te recordé una vez más. Con los ojos entrecerrados, traje nuevamente a mi memoria ese ritual que hice tantos años atrás, el día que te fuiste.
Procedí a repetirlo. Abrí la carta y se la leí a la Luna.
A mi querida amiga, la Luna:
Tanto hace que no te escribo, y eso que había prometido hacerlo a menudo. No sé por qué no lo hice. En fin, esta noche lo hago porque vino a mi mente ese día que te escribí de mi ser amado. Ese que no veo hace tiempo… ese que de seguro conocés bien, o eso quiero creer.
Por favor, Luna, quiero que le entregues un mensaje. Decile que lo extraño mucho. Que desde que se fue la vida no es igual. Amanece como siempre, pero el sol ya no es tan cálido como antes. Sabés de quién te hablo, Lunita, de mi ser especial que dejó este mundo terrenal para irse junto a lo invisible. Decile que deseo tanto volver a verlo. Que más de una vez he querido que mi vida terminara para poder encontrarme otra vez con él.
Contale que sigo igual que siempre, y que aún recuerdo el día de su partida como si fuera ayer. Por primera vez sentía que el mundo era más vacío de lo que imaginaba. Y es verdad que hay nuevas personas en mi vida, desde amigos y familiares, pero nada llena esa desazón de saber que no volveré a verlo. Porque, tengo que sincerarme, y es que por más que yo quiera creer que me acompaña desde algún lado, es cierto que a veces necesito verlo. En vivo y en directo. Aquí, junto a mí. Vamos, ha pasado tanto tiempo desde que no lo veo y aún no consigo superar esa necesidad…
Luna, tengo que confesar lo peor: creo que he comenzado a olvidar…
Y no precisamente mi dolor –que nunca dejaré de sentirlo, simplemente he aprendido a hacerlo más llevadero–, si no a mi ser especial. Sé lo horrible que suena. Pero es verdad, estoy empezando a olvidar sus rasgos, y me es necesario recurrir a una fotografía para afianzar su cara a mi mente. Y a veces no alcanza; por ejemplo, he olvidado su altura, he olvidado lo macizo de su cuerpo, lo que sentía al abrazarlo. También he olvidado un poco su fragancia, su aroma; y aunque aún recuerdo la marca de la colonia que usaba, no es lo mismo. Tengo miedo. Mientras escribo esta carta, me doy cuenta de que también empecé a olvidar el tono de su voz. Es decir, recuerdo sus frases, sus chistes, sus comentarios, pero cada vez las escucho más como palabras vacías sin sonido. Estoy olvidado su voz. Y no puedo evitar sentirme mal. Hay días que me quedo en silencio, esperando que me hable.
Confieso que aún espero encontrarlo. A veces, paso por los lugares que frecuentaba y deseo que esté ahí. Cierro los ojos y lo imagino esperándome en casa, corriendo a mi encuentro y abrazándome. Realmente deseo verlo aparecer por una esquina. Sentir sus besos y escuchar su risa.
Y me siento culpable. Por acostumbrarme a estar sin él. He seguido mi vida y lo he hecho sin él. ¿Cómo ha sido posible? Si él era un pilar fundamental. Mi corazón se estremece ante la idea de que nunca lo quise mucho, o que nunca supe quererlo como debería. Me siento culpable también por no haberme dado cuenta de que ese día se iría. Se fue tan rápido que no terminé de decirle lo mucho que me importaba. No sé por qué llegué a pensar que sería inmortal y que se quedaría conmigo por siempre. ¿Ahora qué hago con todo lo que me quedó pendiente por hacer con él?
Desde su partida he dudado hasta de que si en verdad existe lo divino. ¿Por qué lo llevarían si yo aún lo necesitaba? Muchos me dijeron que era por ser el momento preciso, que así estaba dispuesto, y que yo debía tratar de aceptarlo. Muy a mi pesar, creo que sí lo he aceptado… porque no he muerto de dolor como pensé.
Luna, amiga mía, te pediría tanto… te pediría que lo traigas de nuevo, o que me lleves junto a él. Por favor, vos que sabés, contale de mis días grises. De los sueños que tengo con él. De las veces que lo he nombrado… esperando una respuesta que nunca sentí que llegara. ¡Necesito una respuesta! No quiero seguir olvidando…
Al parecer, después de todo, no he aceptado del todo su partida…
Mi corazón es un lío de emociones.
Me voy despidiendo. Cierro esta misiva esperando con ansias una contestación. Quiero saber si aún piensa en mí, mi querido ser amado, si aún me recuerda y si puede sentir el amor que le tengo. ¿Es capaz de percibir que lo extraño? Han pasado días, meses, años, y una parte de mí se ha marchitado. ¡Por favor, regresá, volvé a la vida!