Un Milagro Llamado Nicolás

Capitulo 2

El olor a alcohol y desinfectante nunca dejaba de recordarle el peor día de su vida.

Alessandro caminaba por los pasillos del hospital con paso firme y la barbilla en alto. A sus treinta y cuatro años, el mundo de los negocios lo conocía como un hombre implacable, frío y calculador.

Un titán corporativo que no concedía segundas oportunidades ni mostraba debilidad alguna.
Sin embargo, una vez al mes, ese gigante se presentaba puntual en el banco de sangre de aquel edificio.

Apretó el puño mientras la enfermera retiraba la aguja de su brazo. La escena era la misma de siempre, un ritual silencioso impulsado por la culpa y el dolor.

Años atrás, su madre había fallecido en una sala de emergencias simplemente porque el banco de sangre no contaba con el tipo necesario a tiempo.

Alessandro tenía todo el dinero del mundo, pero en aquel minuto fatal, su riqueza no pudo comprar una sola gota de vida. Desde entonces, donar era su forma privada de saldar una deuda con el pasado.

—Todo listo, señor Rossi. Gracias como siempre —dijo la enfermera con tono respetuoso.

Alessandro solo se acomodó la manga de su camisa a medida, se puso el saco y salió del área de donación sin articular palabra.

No buscaba agradecimientos ni simpatía.
Mientras caminaba hacia la salida transitando por la zona de pediatría, el murmullo de unos pasos apresurados interrumpió su marcha. Se detuvo a un lado del pasillo para revisar un correo en su teléfono, concentrado en los números de una adquisición multimillonaria.

—Oye, señor. Tienes una mancha en el brazo.

Una voz agudo y clara lo obligó a bajar la mirada.

Acomodado sobre una pequeña silla de ruedas, con un soporte de suero a su lado, un niño lo observaba fijamente.

Llevaba una gorra azul calada hasta las orejas y una sonrisa curiosa. Pero lo que hizo que Alessandro se quedara completamente paralizado no fue la audacia del pequeño, sino su rostro.

Esos ojos grises, rasgados y expresivos, bordeados por unas cejas pobladas con un arco muy definido... eran una réplica exacta de los suyos.

Alessandro parpadeó, desconcertado por un segundo. Sintió un extraño vuelco en el pecho, una vibración helada que le recorrió la nuca. Sacudió la cabeza mentalmente, desestimando la idea de inmediato.

El mundo estaba lleno de coincidencias y personas con rasgos parecidos; no había razón para darle vueltas a algo tan absurdo.

—Es solo un parche por la donación —respondió Alessandro, manteniendo su habitual distancia y tono sobrio.

—Ah, ¿te pincharon con una aguja grande? A mí me pichan a cada rato, pero yo no lloro —presumió el niño, inflando el pecho con orgullo—. Me llamo Nicolás. ¿Tú cómo te llamas?

—Alessandro —contestó, extrañado de sí mismo por estar respondiéndole a un desconocido de seis años.

—Señor Alessandro... ¿por qué estás tan peinado? Pareces un señor de la televisión o un muñeco de mentira.

Alessandro alzó una ceja, incrédulo. Nadie en su entorno laboral o personal se atrevería a hablarle con semejante descaro.

Por un instante, la rigidez de su rostro amenazó con romper la compostura.

—Estoy peinado porque vengo de trabajar, Nicolás —dijo, cruzándose de brazos mientras lo observaba con atención.

—Mi mamá dice que la gente que trabaja mucho se pone amargada. ¿Tú eres amargado?

—preguntó Nicolás sin un solo rastro de timidez, mirándolo a los ojos de forma directa y desafiante.

Una pequeña carcajada, corta pero genuina, se le escapó a Alessandro del pecho. Fue un sonido extraño para sus propios oídos; no recordaba la última vez que había reído con tal espontaneidad. Este niño tenía una chispa descarada que resultaba extrañamente magnética.

—A veces —admitió Alessandro, esbozando una leve sonrisa que suavizó las facciones duras de su rostro—. Pero veo que tú tienes energía de sobra para andar haciendo preguntas indiscretas a desconocidos.

—Es que me aburro mucho aquí —suspiró Nicolás, mirando el pasillo blanco y monótono

—. Mi mamá trabaja casi todo el día para pagar las medicinas y el hospital, así que me la paso solo casi siempre. Los juguetes de aquí ya los armé todos.

Las palabras del pequeño resonaron en el aire con una triste madurez. Alessandro miró la vía intravenosa en la manita del niño y sintió una opresión incómoda en la garganta.

La soledad era un terreno que él conocía demasiado bien, pero verla reflejada en un niño tan pequeño le provocó una punzada de empatía inusual.

Consultó el reloj de su muñeca. El tiempo corría y su chofer lo esperaba abajo para una reunión de junta directiva.

—Bueno, Nicolás. Tengo que irme, las obligaciones me esperan —dijo Alessandro, dando un paso hacia atrás.

El niño apagó un poco su sonrisa, aunque sus ojos siguieron fijos en él con esperanza.

—Señor Alessandro... ¿puedes venir a visitarme cuando regreses al hospital? Dijiste que vienes a donar. Si vienes a verme, te puedo enseñar mis dibujos de superhéroes.

Alessandro se detuvo. Su mente analítica le decía que debía negarse, que no tenía tiempo para involucrarse con extraños y menos en un hospital pediátrico donde el dolor flotaba en el ambiente. Sin embargo, al mirar esos ojos

—tan ridículamente parecidos a los suyos en el espejo— no pudo articular un "no".

—Está bien —accedió en voz baja, sorprendiéndose a sí mismo—. Volveré a verte, Nicolás. Te lo prometo.

—¡Súper! —exclamó el niño con una enorme sonrisa que le iluminó la cara pálida—. ¡Te voy a estar esperando!

Alessandro asintió con la cabeza, dio media vuelta y caminó hacia la salida. Mientras bajaba en el ascensor, la imagen de la mirada de Nicolás permaneció fija en su memoria, despertando un eco del que no lograba librarse.




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