Clara Mendoza tenía una maleta que era, en opinión de su hermana Valentina, “una declaración de guerra contra la espontaneidad”, aunque esa no era la única opinión que circulaba en la familia, porque Sophia —que siempre llegaba tarde, olvidaba cargadores y empacaba como si estuviera huyendo de una catástrofe— sostenía que esa maleta no era equipaje sino una extensión directa de la obsesión de Clara por el control, y lo decía riéndose, con esa risa burlona que siempre terminaba desarmando cualquier intento de discusión seria.
—Qué estricta, me hastías con tanta perfección —había dicho Sophia esa mañana, apoyada en el marco de la puerta, cruzada de brazos, mirando cómo Clara doblaba una blusa con precisión casi quirúrgica.
—No es perfección —respondió Clara sin levantar la vista—, es eficiencia. Son cosas distintas, pero entiendo que no las diferencies.
—Claro que las diferencio —replicó Sophia soltando una carcajada—, una te hace feliz y la otra te convierte en robot… adivina cuál es la tuya.
La maleta era rígida, de color gris antracita, con ruedas de doble rodamiento que no hacían ruido sobre ninguna superficie, y medía exactamente cincuenta y cinco centímetros de alto por cuarenta de ancho, lo que la hacía perfectamente apta para cabina sin necesidad de facturar, sin colas, sin esperar en la banda giratoria viendo pasar maletas ajenas como si fuera el peor programa de televisión del mundo. Dentro, cada prenda estaba doblada con una técnica que había aprendido de un video de organización japonesa hacía cuatro años y que desde entonces había perfeccionado hasta el punto de que su ropa llegaba a destino sin una sola arruga, lo cual su colega Renata consideraba “una señal de alarma psicológica” y Clara consideraba simplemente una prueba de que el mundo funcionaba mejor cuando uno hacía bien las cosas desde el principio.
Eran las diez y cuarenta y dos de la mañana cuando cerró la maleta con ese clic satisfactorio que producía cada vez que los cierres encajaban perfectamente, y miró el reloj de la pared del apartamento con la tranquilidad de quien no solo sabe qué hora es, sino que además sabe exactamente qué significa esa hora dentro de un plan mayor. Su vuelo salía a la una y quince. El taxi lo había pedido con cuarenta minutos de anticipación. Llegaría con una hora y media de antelación, haría el check-in en los quioscos automáticos para evitar filas, pasaría por seguridad, compraría un café en la terminal y revisaría por última vez las diapositivas de su presentación para el congreso. Todo calculado. Todo bajo control. Todo exactamente como tenía que ser.
—Te juro que si un día te casas, vas a hacer un cronograma para besar al novio —dijo Sophia desde la cocina, sin ninguna intención de bajar el volumen de su voz.
—Primero, no me voy a casar —respondió Clara—. Segundo, si lo hiciera, tendría sentido tener un cronograma.
—¡Lo sabía! —soltó Sophia riéndose—. ¡Lo sabía! El pobre tipo va a tener que pedir cita previa para abrazarte.
Clara no respondió. No porque no tuviera una respuesta —la tenía— sino porque ya había aprendido que discutir con Sophia era una inversión de tiempo con retorno negativo.
Yiyo —su gato— la miraba desde el sofá con esa indiferencia profunda que tienen los gatos cuando saben que el otro se va y han decidido que les importa menos de lo que en realidad les importa. Clara le dejó comida para tres días en el dispensador automático, agua fresca, revisó dos veces que todo estuviera funcionando correctamente, y le dijo “pórtate bien”, sabiendo perfectamente que Yiyo haría lo que quisiera con el apartamento, que era lo que siempre hacía.
El taxi llegó dos minutos antes de lo programado, lo cual Clara registró mentalmente como un punto a favor del conductor, una pequeña validación de que el mundo, en ocasiones, respondía a la planificación con eficiencia.
Durante los primeros ocho minutos todo transcurrió exactamente como debía. Clara revisó el teléfono, confirmó que la tarjeta de embarque seguía ahí, leyó un resumen del programa del congreso, respondió un mensaje de su colega Renata.
—¿Ya vas en camino? Acuérdate que el cóctel de bienvenida es esta noche a las siete.
—Sí, todo calculado —respondió Clara, y guardó el teléfono con la serenidad de quien cree, legítimamente, que tiene el control de la situación.
Fue entonces cuando el tráfico dejó de moverse.
No fue un frenado gradual. Fue ese tipo de quietud repentina e inexplicable que tiene el tráfico bogotano cuando decide que hoy no, que hoy simplemente no va a cooperar, y que hace que uno mire por la ventana buscando una explicación que casi nunca aparece.
—Un accidente —dijo el conductor, soltando un suspiro breve, de hombre que ha visto esto mil veces—. Ahorita se mueve… o eso esperamos, porque si no, nos quedamos aquí a vivir.
Clara lo miró por el espejo retrovisor.
—¿Cuánto cree que tarde?
El conductor hizo un gesto con la mano que era una mezcla entre cálculo y resignación.
—Mire, señorita, si me pregunta con optimismo… quince minutos. Si me pregunta con realismo… mejor no le digo.
—Dígame.
—Media hora… o más.
Clara asintió despacio y miró el GPS. El GPS, que hasta hacía treinta segundos mostraba dieciséis minutos de trayecto, ahora mostraba cuarenta y tres. Luego cuarenta y cinco. Luego, con una crueldad que ella solo podía calificar de innecesaria, cincuenta y uno.