Un Millonario En Clase Turista

Capítulo 2

Clara volvió la vista del computador.

Era consciente, que en ese momento su prioridad era revisar por última vez la estructura de su presentación. Había algo en la diapositiva siete que no terminaba de convencerla. Un gráfico. La forma en que los datos se alineaban. No era un error… pero tampoco era perfecto.

Y si no era perfecto, era mejor corregirlo.

Pasados unos 10 minutos estando 100% concentrada

—¿Siempre trabajas hasta el último segundo?

La voz la tomó por sorpresa.

No fue un sobresalto visible, porque Clara no era de sobresaltos visibles, pero sí fue lo suficientemente inesperado como para que levantara la mirada con una leve tensión en el gesto, esa que aparece cuando alguien invade un espacio que uno había delimitado como propio.

Otra vez él, el hombre del atrás —el de la libreta— la miraba con una sonrisa ligera, de esas que no piden permiso pero tampoco resultan invasivas… aunque Clara aún no había decidido en qué categoría clasificarlo.

—Depende —respondió, volviendo la vista al computador—. ¿Siempre haces preguntas a desconocidos en un avión?

Mateo dejó escapar una risa baja, breve, sincera.

—Solo cuando parecen necesitar que alguien las saque de su propio cerebro.

Clara levantó la vista otra vez. Esta vez con una ceja ligeramente arqueada.

—No necesito que nadie me saque de ningún lado.

—Ah, perfecto —asintió él, acomodándose en el asiento—. Entonces todo bajo control.

Pasaron unos segundos.

—Es la diapositiva siete, ¿no?

Clara giró la cabeza lentamente.

—¿Perdón?

—La siete —repitió la anciana, señalando el computador con la mirada, no con el dedo—. Es la que no te convence.

Clara lo observó unos segundos, evaluándolo.

—¿Lees mentes?

—No —respondió la señora con total naturalidad—, pero llevas tres minutos mirando la misma pantalla sin avanzar… y eso no es de alguien que está revisando, es de alguien que está dudando.

Clara cerró el computador.

La señora miro a mateo y le pregunto si le cambiaba la silla, ya que debía salir al baño con frecuencia y él acepto.

Cuando se sentó, clara pregunto.

—¿A qué te dedicas?

—Arquitecto —respondió él, como si nada—. Y a veces observo demasiado. Lo siento si te molesto la conversación anterior.

—Se nota.

—¿Es una crítica o un diagnóstico?

—Una observación —dijo ella—. Profesional.

Mateo sonrió.

—Entonces estamos en igualdad de condiciones.

Clara lo miró unos segundos más de lo necesario.

Y eso, para alguien como ella, ya era una anomalía.

—Psicóloga —dijo finalmente, casi como si fuera una aclaración necesaria.

—Claro —asintió él—. Eso explica todo.

—¿Qué exactamente?

—Que cierres el computador en lugar de seguir trabajando cuando alguien te incomoda.

Clara entrecerró los ojos.

—No me incomodo.

—Entonces fue una coincidencia muy precisa.

Hubo una pequeña turbulencia, clara se sostuvo del asiento fuerte.

—¿Te gusta volar? —preguntó él cuando el avión se estabilizó.

—Es eficiente —respondió Clara.

—Eso no fue una respuesta.

—Es la única que necesitas.

—No estoy tan seguro —dijo él—. A la gente normalmente le gusta o le da miedo.

—¿Siempre eres así? —preguntó Clara finalmente.

—¿Así cómo?

—Como si nada te preocupara.

Mateo pensó la respuesta un segundo.

—No es que no me preocupe —dijo—. Es que aprendí a elegir por qué vale la pena preocuparse.

El asistente de vuelo pasó ofreciendo bebidas. Mateo pidió café. Clara también, aunque no estaba en su plan original.

El vuelo continuó entre conversaciones intermitentes, silencios cómodos y esa extraña familiaridad que a veces aparece sin permiso entre dos personas que no deberían conocerse… pero lo hacen de todas formas.

Clara volvió a abrir el computador.

Pero ya no estaba corrigiendo.

Estaba distraída.

Mateo volvió a la libreta.

Pero ya no estaba dibujando.

Estaba pensando.

En algún lugar sobre el Atlántico, una tormenta de nieve que ninguno de los dos sabía que existía seguía acumulando fuerza con la paciencia enorme e indiferente de los fenómenos que no piden permiso.

Y, sin saberlo, se dirigían directamente hacia ella.




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