Un Millonario En Clase Turista

Capítulo 3

El vuelo de Bogotá a Miami duraba cuatro horas y media.

En algún punto del trayecto, cuando el tiempo ya empezaba a sentirse suspendido entre pantallas y pensamientos a medias, la señora volvió a intervenir, esta vez desde atrás, inclinándose ligeramente entre los asientos con esa confianza que solo tienen las personas que no creen en los límites sociales estrictos.

—¿Va a Nueva York también? —preguntó Gloria.

Clara, que había abierto el computador y tenía los audífonos a medio poner como señal universal de no disponibilidad conversacional, los bajó porque no hacerlo le habría parecido una grosería, y respondió con esa cortesía medida que usaba cuando no quería abrir demasiado la puerta.

—A Miami hago conexión, luego Nueva York.

—Ay, qué casualidad, yo también —dijo Gloria con una sonrisa—. Yo voy a visitar a mi hija, tiene tres meses de embarazo y está con el antojo de que la mamá esté cerca… y uno qué hace, ¿verdad? Uno va.

Clara asintió con una sonrisa que esperaba comunicar simpatía sin necesariamente comprometerla a una conversación extensa sobre el embarazo de la hija de Gloria.

No funcionó.

—A ver… —continuó Gloria sin levantar la vista de su crucigrama—. “Ciudad de cuatro letras, capital europea, termina en a”.

Clara, que tenía la capacidad de procesar dos cosas simultáneamente cuando la segunda no requería demasiada atención, respondió casi de inmediato:

—Roma.

—Ay, claro —dijo Gloria, escribiendo—. Yo sabía que la tenía en la punta de la lengua.

Silencio.

—¿Sinónimo de melancolía, siete letras?

—Nostalgia.

—Perfecto.

Siguieron así durante un rato.

—¿Instrumento musical de viento, cuatro letras, segunda letra o? —preguntó Gloria.

—Oboe —respondió Clara.

—Usted sabe mucho —intervino Mateo desde el lado, inclinándose ligeramente hacia ellas con una sonrisa que ya empezaba a ser demasiado frecuente.

Clara no levantó la vista del todo.

—El artículo que estoy leyendo es bastante aburrido.

Gloria soltó una carcajada breve, sincera.

—¿Y para qué lo lee entonces?

Clara lo pensó un segundo.

—Porque me lo tengo que saber de todas formas.

Mateo asintió lentamente.

—Esa es la peor razón… pero la más común.

—Es la más eficiente —corrigió Clara.

—No necesariamente —respondió él—. A veces uno aprende más cuando no quiere.

—Eso no tiene ninguna base científica.

—Tiene experiencia —dijo Mateo—, que a veces es más honesta.

Clara no respondió.

Pero tampoco lo ignoró.

La auxiliar de vuelo volvió a pasar. Clara pidió otro café —negro, sin azúcar—, aunque no estaba en su plan original. Gloria pidió un jugo de mango y aprovechó para preguntar:

—¿Cómo está el clima en Miami hoy?

La auxiliar, una mujer joven con el cabello rubio muy liso y el uniforme impecable, respondió con una sonrisa profesional:

—En Miami hace muy buen día, pero se está anunciando una tormenta de nieve fuerte en la costa este para esta tarde.

—¿En serio? —dijo Gloria.

—Sí, señora, parece que es bastante seria.

Gloria procesó la información unos segundos y luego giró la cabeza.

—¿Usted va a Nueva York?

Clara, que había escuchado el intercambio detrás del artículo de la doctora Weiss, respondió:

—Sí.

—Ay… —dijo Gloria.

Y ese “ay” tenía peso.

Clara levantó la vista hacia la auxiliar, pero ya estaba tres filas más adelante. Bajó la mirada, tomó el café y bebió un sorbo. No era bueno. Pero cumplía su función.

Guardó el artículo de la doctora Weiss —del que ya había concluido que tenía ideas interesantes, pero métodos cuestionables, algo que definitivamente iba a mencionar si alguien lo citaba en el congreso— y abrió el correo.

Había un mensaje nuevo.

Asunto: “Actualización importante - tormenta de nieve”.

Lo abrió.

El correo informaba que, debido a las condiciones climáticas proyectadas para esa tarde en Nueva York, el congreso estaba evaluando la posibilidad de reprogramar el cóctel de bienvenida, pero que por ahora los vuelos seguían operando y se pedía a los ponentes mantener sus planes de viaje.

“Por ahora”.

Clara subrayó mentalmente esas dos palabras y cerró la aplicación.

—¿Malas noticias? —preguntó Gloria sin levantar la vista.

Clara lo pensó un segundo.

—Noticias ambiguas.

Gloria asintió.

—Las peores.

Y escribió una palabra más en el crucigrama.




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