El señor que estaba justo delante de ellos en la fila era un hombre de negocios de unos cuarenta y cinco años con el traje levemente arrugado del viajero frecuente y la expresión de alguien que lleva el día entero resolviendo problemas ajenos y este es el propio y no está de humor. Tenía el teléfono en la mano y lo miraba con una intensidad que sugería que estaba buscando alguna salida alternativa a la fila, alguna aplicación, algún número de atención
prioritaria, algo que lo pusiera por delante del problema sin tener que esperar. Clara reconoció el gesto porque era exactamente el gesto que ella misma había estado a punto de hacer antes de concluir que la aplicación de la aerolínea estaba, en este momento específico, tan útil como un mapa de papel en el fondo del mar.
Mateo miró la fila, miró el mostrador donde había un solo agente atendiendo con la concentración heroica de quien sabe que está superado en número pero no en voluntad, y luego miró el reloj en la pared del terminal. Hizo un cálculo breve y visible, de esos cálculos que se hacen con una expresión ligeramente ausente y los ojos fijos en el punto medio entre el pensamiento y la realidad, y luego soltó un sonido que no era exactamente una risa ni exactamente un suspiro sino algo en el territorio entre los dos. Clara lo escuchó y no pudo evitar mirarlo. "¿Qué?", dijo, con un tono que pretendía ser neutro y salió ligeramente más afilado de lo que quería. Mateo la miró.
—Nada", dijo Mateo. —Calculé cuánto va a tardar esta fila y el resultado no es muy alentador.
—¿Y eso le parece gracioso?
—No gracioso, Simplemente ya no puedo cambiarlo, entonces me parece menos grave de lo que les parece a ellos. —Señaló discretamente al hombre de negocios de adelante, que en ese momento había empezado a marcar un número con la energía de quien está a punto de tener una conversación difícil con alguien que no tiene la culpa de nada. —
Clara procesó esto. No era la respuesta que esperaba, que era alguna variante de "qué mala suerte" o "esto es un desastre" o cualquiera de las frases que la gente dice cuando las cosas salen mal y que no sirven para nada pero llenan el silencio.
—Eso suena a algo que uno se dice para no entrar en pánico
Mateo la miró con algo que no era exactamente sorpresa, pero sí era atención genuina.
—O es algo que uno hace para no perder el tiempo que le queda disponible en angustiarse por lo que ya no puede modificar
—¿Cuál es la diferencia?
—La diferencia, es si uno lo cree o solo lo repite.
Hubo una pausa. La fila avanzó exactamente una persona.
—¿Usted lo cree?
—La mayoría de las veces
—¿Y las otras veces?
Mateo sonrió, no con la sonrisa amplia y social que uno usa con desconocidos sino con una más pequeña y más honesta.
—Las otras veces también lo repito, pero con más convicción."
Mateo estuvo, en su mayor parte, mirando el terminal con esa atención tranquila que tenía para las cosas, y en un momento sacó la libreta y añadió tres líneas al boceto de la biblioteca, y en otro momento le cedió el turno de avanzar a una señora con un bebé en brazos que llegó por el lado de la fila con cara de emergencia real, y la señora le agradeció en inglés con un alivio tan genuino que casi daba pena.
Clara vio el gesto y pensó, sin querer pensarlo, que era el tipo de cosa que uno hace sin calcular si vale la pena o no, que es la única manera en que ese tipo de cosa sirve para algo.
Cuando llegaron al mostrador, el agente —cuyo nombre era Derek según la etiqueta, y que tenía la expresión de un hombre que ha explicado la misma situación ciento veinte veces en las últimas dos horas y va a tenerla que explicar ciento veinte veces más— los miró a los dos con la eficiencia agotada del profesional que no tiene tiempo para personalizar la atención pero tampoco le queda energía para ser grosero. "Together?", preguntó. Clara y Mateo se miraron. "No", dijeron los dos al mismo tiempo, con un énfasis que hizo que Derek parpadeara una vez, y luego levantó las manos en un gesto de acuerdo absoluto y le preguntó a Clara primero.
El panorama que Derek describió era el siguiente: todos los vuelos hacia el noreste de los Estados Unidos estaban cancelados hasta el día siguiente por lo menos, posiblemente hasta pasado mañana dependiendo de la tormenta, que era, según Derek con la neutralidad de quien repite un boletín meteorológico, "una de las peores en veinte años". La aerolínea podía ofrecerle un lugar en el siguiente vuelo disponible, que estaba en lista de espera y salía mañana a las once de la mañana si las condiciones lo permitían, sin garantía. También podía ofrecerle un voucher de hotel para una de las dos propiedades con las que la aerolínea tenía convenio, sujeto a disponibilidad. Clara preguntó sobre disponibilidad. Derek tecleó. Derek tecleó más. Derek hizo una expresión que no era exactamente buena. Los dos hoteles con convenio estaban, a esa hora, completamente llenos. El voucher existía pero no tenía dónde aplicarse por el momento.
—"What are my options?", — preguntó Clara en inglés, con la precisión de quien quiere una lista, no una opinión. —
. Derek le dijo que podía esperar en el aeropuerto a que se liberara alguna cabina, y solicitar reembolso posterior, o podía explorar la zona de descanso del terminal C que la aerolínea había habilitado con cobijas y almohadas para pasajeros varados. "Cobijas y almohadas", repitió Clara en español, para nadie en particular. Derek, que no entendió el comentario pero sí el tono, asintió con simpatía entrenada y le imprimió un papel con el número de confirmación de la lista de espera y el procedimiento para el reembolso del hotel.