Filas más a delatante un señor con el sombrero sobre la cara, que hasta ese momento había dormido con una consistencia admirable, se despertó de pronto, se quedó quieto unos segundos con esa expresión de quien necesita recordar dónde está y por qué, miró alrededor, parpadeó un par de veces como si estuviera reorganizando la información, y luego enfocó la vista en el termo de café como si ese fuera el único dato verdaderamente relevante del entorno.
—¿Ese café es gratis? —preguntó en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular.
Mateo, que estaba apoyado contra el espaldar de la silla con la libreta en la mano, respondió sin levantar demasiado la voz:
—Sí.
El señor se incorporó con una agilidad que no correspondía del todo con su edad, caminó hasta el termo, se sirvió un vaso con cuidado, lo probó, hizo una pausa breve como si estuviera evaluando algo importante, y finalmente asintió.
—No está mal.
Mateo lo miró.
—si —confirmó.
El señor giró la cabeza hacia él, lo observó un segundo, como si midiera rápidamente el tipo de persona con la que estaba hablando.
—¿También varado?
—así es
El señor asintió con una especie de solidaridad automática, de esas que no necesitan explicación porque todos en ese lugar estaban en exactamente la misma situación.
—Ernesto —se presentó, extendiendo la mano con naturalidad.
Mateo se la estrechó.
—Mateo.
—Voy para Nueva York —dijo don Ernesto—, a ver a mi hijo. Salí desde las seis de la mañana… y míreme.
—Al menos ya llegó hasta aquí —respondió Mateo.
—Eso digo yo —asintió el hombre, y luego, sin ninguna transición, inclinó la cabeza hacia un lado y señaló a Clara con un gesto que era directo, pero completamente libre de malicia—. ¿su esposa?
Clara, que había escuchado toda la conversación sin levantar la vista del computador, lo hizo en ese momento.
—Entonces va a Nueva York —dijo, con calma.
—Sí, al menos vamos los tres pa’l mismo lado —respondió don Ernesto, como si eso fuera suficiente para establecer una especie de alianza tácita entre desconocidos.
Nadie corrigió esa idea.
Don Ernesto volvió a su asiento con el café, se acomodó, se bajó el sombrero otra vez y, en menos de un minuto, estaba dormido de nuevo con la misma disciplina con la que había despertado.
Clara miró a Mateo y Mateo la miró a ella. —Ninguno dijo nada. — Pero en ese intercambio había una coincidencia silenciosa, clara, compartida: adorable.
A las siete y cuarto de la noche, el terminal C había alcanzado ese punto exacto donde ya no cabía más gente sin que nadie se quejara, lo que lo convertía en un hacinamiento funcional, casi cordial, donde todos aceptaban la incomodidad como parte del acuerdo implícito de estar ahí.
El ruido había bajado a ese murmullo constante que no desaparece pero deja de llamar la atención.
Clara llevaba cuarenta minutos frente al computador, trabajando en las diapositivas no porque hubiera algo nuevo que agregar, sino porque necesitaba hacer algo con las manos, con la mirada, con la cabeza, algo que le diera estructura a una situación que no la tenía.
Mateo llevaba ese mismo tiempo escribiendo en el celular, parecía extrañamente alterado, clara iba preguntar, peros u estómago con un ruido fuerte interrumpió primero.
Mateo sonrio y espero exactamente cuatro segundos.
Luego habló, mirando el celular, no a ella.
—Hay una tienda de sándwiches abierta en el pasillo del fondo, al lado de la farmacia.
Clara no respondió de inmediato.
—¿Tiene precios de aeropuerto? —preguntó Clara finalmente.
—Tiene precios de aeropuerto a las siete de la noche durante una tormenta histórica.
—Lo que significa que son malos.
—Lo que significa que son… bastante creativos.
Clara cerró el computador.
—Vamos.
La tienda de sándwiches tenía exactamente lo que prometía: opciones limitadas, bebidas frías, snacks alineados en una repisa, y una señora detrás del mostrador que los miró con la expresión de quien ya ha visto suficientes versiones de esa misma escena en la última hora.
—Buenas noches —dijo Mateo.
Clara pidió primero.
—Un sándwich de pavo, un agua… y un café.
—¿Azúcar?
—No.
Mateo pidió después.
—Uno de jamón y queso, un jugo de naranja… y esto —añadió, tomando una bolsa de maní con chocolate del estante inferior, como si hubiera tomado la decisión en ese mismo segundo.
Clara lo miró.
—Hay que endulzar la noche, ya que no quieres hablar conmigo —dijo Mateo, con ese tono ligero que parecía siempre a medio camino entre la broma y el desafío.
Clara sostuvo su mirada, sin apartarse esta vez.
—No es que no quiera hablar contigo —respondió—, es que todavía no has dicho nada que lo amerite.