Clara cerró la puerta del baño con más fuerza de la necesaria, se apoyó contra ella un segundo y cerró los ojos como si eso fuera a borrar lo que acababa de pasar, como si hubiera una versión alternativa de los últimos cinco minutos en la que ella no había dicho en voz alta lo que claramente había pensado.
Se miró al espejo.
—Muy bien, Clara —murmuró—. Profesional. Impecable. Control total de la situación.
Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando las manos en el lavamanos.
—“Está como quiere el condenado” —repitió en voz baja, cerrando los ojos otra vez—. Perfecto. Excelente manejo del lenguaje interno.
Abrió el grifo, se echó agua en la cara y respiró profundo, intentando reorganizarse, recuperar ese control que siempre tenía, ese que no dependía de nadie más.
Pero esta vez no era tan fácil, Porque no era solo lo que había dicho. Era cómo él había reaccionado. Era la forma en que la había mirado. Era la forma en que ella no había querido apartar la mirada.
Se enderezó.
—Ya —dijo, como si se estuviera dando una orden—. Vuelves, te sientas, comes, no hablas más de lo necesario y listo.
Se secó las manos, tomó aire y salió.
Mateo seguía en el mismo lugar.
De pie, apoyado contra una columna, con el jugo en la mano y una expresión que no era exactamente seria, pero tampoco completamente relajada. Cuando la vio salir, no dijo nada de inmediato, solo la miró un segundo más de lo habitual, como si estuviera evaluando si decir algo o dejarla pasar.
Clara caminó hacia él con paso firme, pero no demasiado rápido, como si intentara demostrar que nada había pasado, aunque claramente todo había pasado.
—¿Sobreviviste? —preguntó Mateo, con un tono tranquilo, apenas contenido.
Clara lo miró.
—Fue un accidente.
—Claro.
—No fue intencional.
—Nunca insinué que lo fuera. — Mateo levantó una ceja. —
Clara apretó los labios, pero no pudo sostener la seriedad más de dos segundos.
—No vuelvas a repetirlo.
Mateo sonrió.
—Lo que sé es que ahora tengo que cuidar esta camisa como patrimonio nacional.
Clara soltó una risa, pequeña, involuntaria, y negó con la cabeza.
—Te compro otra.
—No, no —respondió él—, esta ya tiene historia.
—No es una historia que quieras repetir.
—No estoy tan seguro —dijo Mateo, mirándola directo.
Regresaron a la zona de descanso con los sándwiches en la mano, caminando uno al lado del otro con una cercanía que ya no era completamente accidental, pero que ninguno mencionaba. Don Ernesto seguía dormido en la misma posición, como si nada en el mundo pudiera alterar su capacidad de descanso, y el resto del terminal seguía en esa calma resignada de los vuelos cancelados.
—¿Siempre te pasa esto? —preguntó Clara después de un momento.
—¿Qué cosa?
—Lo del caos —respondió ella—. El accidente, la situación incómoda, la conversación rara… todo.
Mateo se acomodó en la silla, pensándolo un segundo.
—En mi trabajo me toca lidiar siempre con cosas inesperadas, multitudes, gente que te quiere y otra que quiere verte pero 3 metros bajo tierra, en fin… siempre veo cosas
—siendo arquitecto te pasa tanto?
—Ser arquitecto es solo una parte de mi vida
—oooh que misterioso
Mateo terminó cediendo a la realidad de su camisa pegajosa mucho antes de lo que le habría gustado admitir. Había insistido en que no la lavaría solo para sacarle una risa a Clara, pero después de unos minutos, la sensación empezó a ser menos graciosa y más incómoda, así que se levantó con una excusa vaga y caminó hacia el baño.
Una vez dentro, se miró al espejo y negó con la cabeza.
—Definitivamente esto no entra en la categoría de “no está mal”.
Se quitó la camisa sin mucha ceremonia, la enjuagó en el lavamanos con el jabón del aeropuerto, que tenía más intención que resultado, y de paso aprovechó para lavarse el pecho con la misma practicidad con la que resolvía todo. Luego empezó el proceso más optimista de la noche: intentar secar la camisa en el secador de manos.
La sostenía frente al aire caliente, girándola, ajustándola, como si en algún momento fuera a ocurrir un milagro textil.
—Vamos, colabora —murmuró.
Fue en ese momento cuando sintió que no estaba solo.
Levantó la mirada, un chico lo estaba mirando. No disimulando mirándolo con atención completa.
Mateo sostuvo la mirada un segundo.
El chico parpadeó y Se congeló.
Y en el instante en que entendió que había sido descubierto, dio media vuelta y salió del baño con una velocidad que no dejaba lugar a dudas.
Mateo se quedó mirándolo irse, bajó la mirada a su propia camisa a medio secar y soltó una risa breve.