A las ocho y cuarto de la noche el WiFi del terminal C dejó de funcionar.
No fue una interrupción gradual ni un aviso previo. Fue ese tipo de corte limpio que tiene la tecnología cuando decide que ya fue suficiente, y que se manifestó en los teléfonos de todos los presentes de manera casi sincronizada, con pantallas que giraron el ícono de carga durante varios segundos antes de rendirse y mostrar la notificación de sin conexión con esa resignación silenciosa de los dispositivos que han agotado todas sus opciones.
Todo el mundo empezó a subir sus tonos de voz, sus conversaciones, algunos empezaron a hacer reclamo en las ventanillas
Clara miró su teléfono, luego miró el ícono de WiFi en la barra superior que mostraba el símbolo de conexión tachado, y procesó esto con la expresión de quien está sumando contratiempos en una columna mental que ya lleva varios números. Había estado usando el WiFi para revisar actualizaciones del vuelo y para mantener el correo abierto en caso de que el equipo del congreso necesitara confirmar
—Se fue el WiFi", dijo Mateo, no porque Clara no lo supiera sino porque decirlo en voz alta era una forma de reconocer que la situación había cambiado y que los dos estaban en ella.
—"Lo noté", dijo Clara.
—Los datos del celular siguen", dijo Mateo. —Por ahora", dijo Clara, y la precisión del "por ahora" era tan exacta que Mateo no pudo evitar hacer ese sonido se risa,
—ahora no solo tomas mi cuerpo sino también mis palabras dijo
Don Ernesto se despertó por segunda vez cuando una familia nueva llegó a la zona de descanso con una cantidad de equipaje que superaba con creces lo que una familia de cuatro personas necesita para una noche en un aeropuerto, y el proceso de instalarlos implicó el nivel de ruido suficiente para interrumpir incluso el sueño de don Ernesto, que era evidentemente profundo.
Lo miró llegar con el sombrero en la mano y una expresión de evaluación benevolente, como un alcalde informal que supervisa el territorio, y luego se dirigió a Clara y a Mateo con la naturalidad de quien lleva horas considerándolos vecinos de asiento:
—Se fue el internet. Y va a empezar el apocalipsis"
. Don Ernesto asintió con la filosofía de quien ha vivido suficiente para saber que el internet que se va siempre vuelve o no vuelve y en ninguno de los dos casos hay mucho que hacer.
—"¿Ustedes son colombianos?", preguntó, porque el acento de Mateo y de Clara era suficientemente distinto del suyo como para que la pregunta tuviera sentido.
—"Sí", dijo Mateo.
—"Los dos", añadió Clara, sin saber del todo por qué añadió eso, porque era información que don Ernesto probablemente ya había inferido.
—"Yo soy venezolano", dijo don Ernesto, "llevo doce años en Nueva York.
—¿Y ustedes, qué hacen?" La pregunta era directa con esa directitud de las personas que consideran que la edad les ha ganado el derecho a preguntar lo que quieran, y que Mateo encontró completamente razonable.
— "Arquitecto", contesto mateo
Don Ernesto lo señaló con un gesto aprobatorio.
—¿Y usted?", le preguntó a Clara.
—"Psicóloga", dijo Clara.
Don Ernesto la miró un momento más de lo que había mirado a Mateo, con la expresión de quien está decidiendo si hacer el comentario que está pensando. "
—¿Clínica o de esos que le dicen a uno qué piensa?", preguntó finalmente.
—"Clínica", dijo Clara.
"Bien", —dijo don Ernesto, con la convicción de quien ha tenido una opinión sobre esto durante mucho tiempo. —Los otros me ponen nervioso."
Y con esa declaración se levantó, caminó al carrito de cobijas, tomó una segunda, y volvió a su silla, donde se instaló con las dos cobijas y el sombrero y el café que debía estar frío ya pero que don Ernesto bebió sin comentario alguno.
Mateo esperó a que don Ernesto estuviera fuera del ángulo de conversación directa y luego dijo, en voz suficientemente baja para que solo Clara lo escuchara,
—¿qué tipo de psicólogo le pone nervioso?
— "Los de televisión, supongo", dijo Clara. —"Los que le dicen a la gente en treinta segundos lo que le pasa y por qué y qué tiene que hacer al respecto." —
—¿Y eso no es lo que hacen los psicólogos?", preguntó Mateo, con un tono que era genuinamente curioso y no tenía ninguna intención de provocar, aunque el resultado fuera similar.
— Clara lo miró. "No", —dijo. Dándole un golpe en el brazo a mateo —"Los psicólogos acompañan a la gente a encontrar sus propias respuestas. Que es mucho más lento y mucho menos televisivo."
—¿Y funciona?", preguntó Mateo. "¿La terapia?"
—"Sí." Clara consideró la pregunta con la seriedad que merecía, porque era el tipo de pregunta que la gente hacía de dos maneras distintas y la respuesta dependía de cuál era la intención. —Depende de muchas cosas", dijo. "Pero cuando funciona, funciona de verdad. No hay otra manera de cambiar los patrones de fondo.
— Mateo asintió.
—¿Usted ha hecho terapia?", preguntó Clara, y luego —añadió —no tiene que responder" — dijo casi de inmediato, porque la pregunta había salido con más naturalidad de la que esperaba y en otro contexto sería demasiado directa para una conversación de aeropuerto.