Clara despertó sin saber exactamente cuánto tiempo había pasado, con esa sensación desordenada de quien se duerme en un lugar que no estaba destinado para dormir. Tardó unos segundos en ubicar dónde estaba, en reconocer el murmullo bajo del terminal, el movimiento lento de la gente que ya empezaba a despertar, y luego notó algo más inmediato.
Estaba apoyada sobre algo. Parpadeó. No era algo. Era alguien.
Giró apenas la cabeza y ahí estaba Mateo, dormido, con la cabeza ligeramente ladeada hacia el lado contrario, la respiración tranquila, completamente ajeno al hecho de que ella llevaba quién sabe cuánto tiempo usando su hombro como almohada oficial.
Clara se quedó quieta un segundo, evaluando la situación, como si moverse demasiado rápido fuera a empeorarla. Luego, con cuidado, intentó incorporarse, levantar la cabeza sin despertarlo.
Pero en el momento en que se movió, Mateo reaccionó.
Abrió los ojos de golpe, parpadeó un par de veces y, sin moverse mucho, dijo con voz todavía cargada de sueño:
—Wooow… siento que tengo una laguna en el hombro.
Clara lo miró… y la risa le salió antes de poder evitarlo.
Mateo terminó de abrir los ojos, la enfocó, y entonces sonrió con una lentitud sospechosa.
—Caramba… buen día, dragoncito.
Clara se quedó congelada.
—¿Qué?
Mateo ya estaba riéndose, sin ninguna intención de explicarse.
—¿Qué dijiste? —repitió ella, entre incredulidad y risa.
Él negó con la cabeza, como si no fuera importante, pero la risa no se le quitaba.
—Lo siento, ensucie nuevamente tu camisa.
—Tranquila —respondió él, guiñándole un ojo—. Acostúmbrate a dormir en mi pecho, recuerda que ya tenemos fecha de boda, mi dragoncita.
Clara lo miró, entre ofendida y riéndose, y estuvo a punto de responderle cuando una voz conocida los interrumpió.
—¿Saben algo?
Ambos giraron la cabeza.
La señora del avión estaba de pie frente a ellos, con esa energía intacta de quien duerme poco pero opina mucho.
—Ya son las seis de la mañana y no han abierto el aeropuerto… ¿será que la tormenta ya pasó?
Mateo sacó el celular, lo miró.
—Sigo sin señal.
Clara se levantó.
—Voy a preguntar en recepción.
—Y pasa por el baño —añadió la señora sin filtro—, tienes un aliento de mil demonios, niña… ¿qué comiste, una serpiente?
Clara bajó la mirada un segundo… y entendió.
Se llevó la mano a la boca.
—No… no puede ser.
—Puede ser —dijo Mateo, todavía divertido.
—Yo no… —intentó defenderse, pero se quedó sin argumento—. Perdón… yo no sabía…
—Ahora entiendo lo de “dragoncito”.
Mateo no se contuvo. Se echó a reír.
—Debiste decirme —le reclamó ella.
—Me estaba divirtiendo demasiado.
Clara negó con la cabeza, lo esquivó para irse… y en el siguiente paso todo salió mal.
Pisó un rastro de agua que nadie había visto.
El pie se le fue.
Y antes de que pudiera reaccionar, ya estaba cayendo.
Mateo, que estaba justo frente a ella, alcanzó a moverse por instinto para sostenerla… lo que hizo que el impacto fuera distinto, pero no evitó la caída.
Cayeron los dos. Clara sobre él.
Y por un segundo exacto, sus bocas se tocaron.
Silencio. Un segundo. Dos.
Clara reaccionó primero, intentando levantarse con torpeza.
—Perdón, perdón—
Pero el piso seguía resbaloso.
Volvió a caer.
Esta vez peor.
Su rodilla aterrizó directo donde no debía.
Mateo soltó un grito ahogado.
—¡Ah!
—¡Lo siento! —dijo Clara, completamente desubicada, y sin pensar llevó la mano hacia donde había golpeado—. ¿Estás bien? Yo no quise—
Mateo la miró, con una mezcla de dolor y risa que no lograba decidirse.
—Tranquila… pero acá no podemos hacerlo… aguanta a que salgamos.
Clara se quedó congelada.
Bajó la mirada.
Vio su mano.
La retiró de inmediato como si quemara.
Don Ernesto apareció en escena en el momento perfecto.
—¡Caramba! —soltó, riéndose sin ningún intento de disimulo—. ¡Vayan al menos al baño, hay niños!
Las risas alrededor no tardaron en aparecer. Varias personas miraban, algunas incluso con el teléfono en la mano.
La señora del avión ya estaba ayudando a Clara a levantarse, mientras Don Ernesto hacía lo mismo con Mateo, todavía riéndose.
—¿Quieres un chicle? —le dijo Don Ernesto a Clara, como si nada.