Un Millonario En Clase Turista

Capítulo 10

Clara pensó en Mateo mientras se miraba al espejo, todavía con esa sensación rara que le dejaba él, como si fuera alguien que no tuviera que esforzarse por estar donde estaba, como si todo le saliera sin cálculo y sin peso, y eso, lejos de tranquilizarla, le generaba una mezcla incómoda entre admiración y fastidio que decidió no analizar demasiado a las seis y veinticinco de la mañana en un aeropuerto que ya había dejado de parecer un lugar de paso para convertirse en una pausa obligada. Se lavó la cara, se cepilló los dientes con más concentración de la necesaria, como si eso ayudara a ordenar lo que tenía en la cabeza, recogió el teléfono y salió sin mirar atrás.

El pasillo hacia la tienda de sándwiches estaba en silencio, la reja cerrada confirmaba lo evidente, pero la zona de asientos frente a las ventanas estaba libre, amplia, distinta al resto del terminal, con esas sillas que invitan a quedarse más tiempo del que uno debería. Clara se sentó frente a la pista, dejó caer el cuerpo con un suspiro que no fue dramático pero sí sincero, y se quedó mirando las luces que seguían parpadeando como si nada hubiera pasado durante toda la noche.

Encendió el teléfono. Había señal.

Revisó los mensajes.

Renata: “El organizador dice que no hay problema, que el panel puede empezar tarde o que puedes participar por video si es necesario, no te estreses.”

Valentina: “¿Estás bien? ¿Comiste algo?”

Clara respondió primero a Valentina, con un “sí, comí, estoy bien” que no explicaba nada pero cumplía su función, luego a Renata con un “gracias” breve, suficiente, y dejó el teléfono boca abajo sobre su pierna, como si cualquier cosa que llegara después pudiera esperar.

Volvió a mirar la pista.

Mateo apareció en el pasillo con la cobija doblada bajo el brazo y la libreta en la mano, caminando con esa calma que ya no parecía casualidad sino parte de él. La vio antes de que ella lo notara y se detuvo apenas un segundo, lo suficiente para preguntarse si debía acercarse o no, si ese momento era de los que se comparten o de los que se respetan a distancia, pero Clara giró la cabeza en ese instante, lo vio, y le hizo un gesto leve con la cabeza que no era exactamente una invitación pero tampoco un rechazo.

Eso fue suficiente.

Mateo se acercó y se sentó dejando una silla de por medio, no por distancia sino por respeto, acomodó la libreta sobre las piernas y miró hacia el frente como si ambos estuvieran viendo lo mismo.

Clara fue la primera en romper el silencio.

—¿Siempre dibujas? —preguntó, señalando la libreta con un movimiento leve de cabeza.

Mateo la miró apenas de lado.

—Cuando hay algo que vale la pena.

Clara entrecerró un poco los ojos.

—¿Las vigas?

Mateo asintió.

—Las vigas.

Abrió la libreta y la dejó visible, mostrando el dibujo con líneas limpias, precisas, sin exceso, donde el techo del terminal aparecía resuelto con una claridad que hacía parecer fácil algo que no lo era.

Clara lo miró un segundo más.

—¿Puedo?

Mateo no dudó, le extendió la libreta sin comentario.

Clara la tomó con cuidado, sin apuro, y en lugar de quedarse en esa página empezó desde el inicio, pasando hoja por hoja con atención, deteniéndose en detalles pequeños, fechas, anotaciones, trazos que no estaban ahí por casualidad. No hojeaba, leía.

Pasaron varios segundos. Luego más. Hasta que llegó a una página y se detuvo.

Al final encontró una imagen de ella mientras dormía, se veía tranquila, sus facciones clara y precisas, se veía a ojos de ella misma, hermosa

No dijo nada de inmediato. Mateo la observó en silencio.

Clara levantó la vista lentamente.

—Tienes talento —dijo, y luego bajó la mirada otra vez—, pero este dibujo es mío.

Mateo sonrió apenas.

—Quédatelo.

Clara levantó una ceja.

—¿Así de fácil?

Mateo levanto un dedo y señaló su cabeza con un gesto simple.

—El original está aquí.

Clara negó con una pequeña risa que no quiso hacer demasiado evidente y siguió pasando páginas hasta detenerse en el boceto de la biblioteca.

Se quedó más tiempo ahí.

—Este es el proyecto del que hablaste en el avión.

—Sí.

Clara inclinó un poco la libreta.

—Se ve distinto.

Mateo apoyó el codo en la pierna.

—¿En qué sentido?

Clara no respondió de inmediato, observó el dibujo un poco más, como si necesitara confirmar lo que ya había entendido.

—Los otros están seguros —dijo—. Este no.

Mateo la miró.

No respondió enseguida.

—Sí —dijo al final.

Clara levantó la vista.

—¿Por qué?

Mateo cerró la libreta despacio, no con incomodidad sino con cuidado.




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