—Volvamos —dijo Clara.
—Volvamos —respondió Mateo.
Caminaron de regreso al terminal C por el pasillo del fondo, sin prisa, con la cobija doblada bajo el brazo de Mateo y la maleta de Clara avanzando con ese sonido constante de ruedas sobre piso que ya se había vuelto parte del ambiente. No hablaron mucho en ese trayecto, no porque no hubiera tema, sino porque había algo más cómodo en compartir el silencio después de todo lo que ya se habían dicho.
Cuando llegaron a las sillas del fondo, don Ernesto seguía dormido con el sombrero sobre la cara y el campamento familiar respiraba en ese orden improvisado que habían construido durante la noche. Nadie del aeropuerto había dado señales claras todavía, no había anuncios nuevos, ni buenos ni malos, y esa ausencia de información terminó siendo la única certeza.
Se acomodaron como pudieron. Intentaron dormir.
Mateo abrió la libreta una última vez, inclinándose apenas sobre la página de las vigas, y escribió en el margen, con letra pequeña, una sola línea:
“ella vale la pena, mil veces lo vale”.
Cerró la libreta sin releerlo. No como una frase bonita. Como algo que no quería olvidar.
Don Ernesto fue el primero en despertarse.
A las ocho en punto, con esa puntualidad que no necesita alarma, se acomodó el sombrero, revisó el teléfono y levantó la mirada para hacer ese inventario silencioso del mundo que lo rodeaba. El terminal tenía esa apariencia de lugar que ha sido usado para algo distinto a su propósito original: cobijas distribuidas sin orden, maletas agrupadas como si también descansaran, vasos de café vacíos alineados en el borde de una mesa sin que nadie recordara ya quién los había dejado.
Miró hacia la ventana.
La pista estaba gris, quieta, pero sin la tensión de la noche. Asintió levemente, como quien acepta una buena señal sin exagerarla.
Luego miró a su izquierda.
Clara dormía apoyada en la almohada azul, con una pequeña arruga en la frente que don Ernesto identificó de inmediato como la de alguien que no descansa del todo ni cuando duerme. Dos sillas más allá, Mateo estaba recostado con la cobija hasta el pecho y la libreta abierta sobre la rodilla. Don Ernesto alcanzó a notar algo escrito en el margen, no lo leyó, pero sonrió con una satisfacción tranquila, como si la vida le estuviera confirmando algo que ya sabía.
Se levantó sin hacer ruido. Fue a buscar café. El termo seguía vacío.
Procesó la decepción con calma y, en lugar de insistir en lo que no había, giró hacia el pasillo del fondo. La tienda ya estaba abierta. Caminó hacia allá con paso firme, con esa seguridad de quien ha aprendido que casi todo se resuelve si uno va al lugar correcto.
Mateo durmió cuarenta minutos. No era mucho. Pero fueron suficientes para que al despertar no se sintiera igual que la noche anterior, y eso fue un dato que decidió no analizar demasiado.
Clara abrió los ojos cuando escuchó a un niño correr.
Se incorporó despacio, se pasó la mano por el cabello, ordenando lo que podía, y miró a su derecha. La silla de Mateo estaba vacía, la cobija doblada sobre el asiento y la mochila apoyada al lado indicaban que no se había ido lejos.
Tomó el teléfono. Pantalla encendida. Vuelo a Nueva York.
11:00 a.m.
CONFIRMADO.
Lo leyó dos veces. Luego una tercera.
Cuatro horas y dieciocho minutos.
Guardó el teléfono, tomó el neceser y fue al baño. Hizo lo que se puede hacer en esas condiciones, lo justo para volver a reconocerse en el espejo, lo suficiente para sentirse otra vez en control.
Quince minutos después salió con una versión de sí misma que, dadas las circunstancias, era bastante aceptable.
Mateo estaba de vuelta en las sillas. Dos vasos de café en la mano. Le extendió uno sin ceremonia.
Clara lo tomó igual.
Lo acercó primero a la nariz, evaluando.
—¿Del pasillo?
—Del pasillo.
Clara dio un sorbo corto.
—¿Cómo está?
—Mejor que el del termo.
Clara asintió.
—Aceptable.
Hizo una pausa.
—Gracias.
Don Ernesto regresó en ese momento, con un sándwich envuelto en papel y café en la mano, con la expresión de quien acaba de cumplir una misión.
—Ya abrió la tienda —anunció.
Se sentó con comodidad.
—¿Cómo están los vuelos?
Clara respondió primero.
—El mío, once en punto. Confirmado.
Mateo levantó el vaso.
—Once y veinte a Chicago.
Don Ernesto asintió, satisfecho.
—El mío a las doce.
Miró a los dos.
—Entonces todos llegamos.
—Parece —dijo Mateo.
Don Ernesto abrió el sándwich, lo observó un segundo y dio el primer bocado.