Clara no abrió el papel durante el vuelo, pero sí hizo todo lo demás que sabía hacer cuando necesitaba sostenerse en algo firme. Repasó las diapositivas en el computador, ajustó el orden de dos láminas que no le terminaban de convencer, volvió a leer las notas del margen que había hecho sobre el artículo de la doctora Weiss y respondió correos con la precisión que siempre la había mantenido en control incluso cuando todo alrededor no lo estaba.Tenía un mensaje de Renata esperándola.
—¿Llegaste bien? ¿Cómo fue lo de Miami?
Clara escribió sin detenerse demasiado.
—Llegué. Miami fue una noche larga. Te cuento.
Dejó el mensaje ahí, sin explicación, porque sabía que todavía no tenía cómo explicarlo sin desarmarlo en partes que no querían ser separadas. Cerró el correo y volvió a la presentación como si el orden de las diapositivas pudiera devolverle una estructura que no tenía nada que ver con el congreso.
La sala de conferencias estaba llena cuando empezó. Gente de traje, miradas entrenadas, ese tipo de atención que no es curiosidad sino evaluación. Clara presentó sin cambiar una sola palabra de lo que había preparado, sin suavizar conclusiones, sin ajustar el tono. Llegó hasta el final con la misma línea clara con la que había empezado, sosteniendo cada punto como si no hubiera nada más ocurriendo fuera de esa sala.
En la última lámina, cuando estaba a punto de hablar, la puerta se abrió con una interrupción que no intentó ser discreta.
—Qué pena interrumpir —dijo la secretaria, asomándose apenas—, pero llegó un mensajero y no puede irse hasta que entregue lo que trajo.
La jefa de recursos humanos giró la cabeza con fastidio contenido.
—¿Y qué es tan urgente que no puede esperar?
—Es para la señorita Clara Mendoza.
Clara parpadeó, sorprendida.
—Ya regreso —dijo, y salió.
En el pasillo la esperaba un ramo de rosas que no tenía ninguna intención de pasar desapercibido. Lo sostuvo con ambas manos, como si el peso no fuera de las flores sino de lo que implicaban. Había una nota.
Dragoncita, confío en ti tanto como en mí mismo. Recuerda a las 8 pm.
Clara sintió el calor subirle sin pedir permiso. El mensajero levantó el teléfono.
—Perdón, necesito la foto de entrega.
—Claro —dijo ella, todavía con la sonrisa contenida que no lograba acomodar.
El flash fue rápido. Él agradeció y se fue.
Clara se giró hacia la secretaria.
—¿Me lo puedes guardar? Lo recojo al salir.
—Claro.
Las paredes de la sala eran de cristal. Cuando volvió a entrar, ya todos sabían. Se escucharon risas, suaves, curiosas, inevitables. Y entre ellas, una que Clara reconoció antes de buscarla.
Sebastián.
—Eso es por llamar mi atención —dijo él, sin molestarse en bajar la voz—. Mínimo ella misma se compró las flores, no puede superarme aun, tenia que hacer algo para llamar mi atención.
Clara lo miró sin titubear.
—Cuando algo no fue importante, no tiene motivo para superarse, señor Sebastián. Y lo que pase en mi vida privada es eso, privada.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue exacto.
La reunión terminó sin más interrupciones, pero Sebastián no la dejó ir tan fácil. La alcanzó en el pasillo y le tomó el brazo con una fuerza que no estaba disimulando.
—De mí no te burlas, y menos en público.
Clara soltó el agarre con un movimiento seco.
—En lugar de preocuparte por mí, haz bien tu trabajo. Empieza por atender lo que está pasando con la salud mental en la empresa.
Él negó con la cabeza, irritado.
—No voy a malgastar fondos. Si quieren psicólogos, que paguen vayan al terapeuta, no vamos a pagar servicios médicos adicionales.
Clara sostuvo la mirada.
—No solo en lo personal fuiste negligente.
El golpe quedó ahí.
—En el trabajo también.
Sebastián iba a responder, pero su teléfono sonó. Miró la pantalla y se apartó unos pasos.
—Aló, sí jefe… ya terminó la reunión… nada particular… lo mismo de siempre… sí, sí, yo lo manejo… no se preocupe… nada nuevo… un problema pequeño con un empleado temporal… ni siquiera es de nómina… yo me encargo.
Clara no necesitó escuchar más. Se giró y caminó sin mirar atrás, con la mandíbula apretada, sintiendo esa mezcla de rabia y claridad que no admite matices.
Un problema pequeño, un hombre esta muerto.— penso ella.
—Desgraciados —murmuró, ya fuera del edificio.
Tomó un taxi sin pensarlo demasiado. Se sentó, cerró la puerta y apoyó la cabeza hacia atrás solo un segundo, lo suficiente, dijo a donde va y Fue ahí donde recordó la nota.
La sacó del bolso, la abrió.
Hola mi pequeña dragoncita, sé que necesitas desestresarte. Un amigo mío tiene un bar cerca del hotel donde me dijiste que te hospedarías. Te hice una reserva para ti y tus amigas a las 8 pm. Ve y diviértete. Cuando llegues, dile al portero que vas de mi parte, te dejarán pasar. Vayan con ropa cómoda para bailar.