Un Millonario En Clase Turista

Capitulo 18

Ya todo el mundo estaba en el auditorio. Incluso Clara Mendoza estaba sentada al lado de Lucía y de Renata. Las tres miraban al frente, pero ninguna lograba concentrarse realmente en lo mismo. Había algo en el ambiente que no encajaba, una tensión que se sentía en los hombros, en las manos, en la forma en que la gente respiraba más rápido de lo normal.

Nadie entendía por qué habían cerrado el edificio y por qué absolutamente todos los empleados tenían que estar ahí.

Las alarmas estaban activadas. No se podía salir ni entrar. Las puertas estaban bloqueadas. Incluso el vigilante de la compañía, los del parqueadero, los del aseo, todos estaban sentados en el auditorio. No había nadie afuera. El edificio entero estaba vacío, como si lo hubieran dejado sin alma para concentrarla toda en ese lugar.

Los murmullos no paraban.

—¿Qué está pasando?
—¿Van a cerrar la empresa?
—Nos vamos a quedar sin empleo…
—Van a rodar cabezas, eso seguro…
—Pero ¿cómo así? Si la empresa está bien…
—Miren allá adelante, están todos los de alto mando… eso no es normal…

Un hombre, ya mayor, con el rostro lleno de preocupación, hablaba más alto que los demás, sin poder controlarse.

—Yo no me puedo quedar sin empleo… me falta muy poco para pensionarme… yo estoy desde los cimientos de esta empresa… desde el difunto señor Ruiz… el hijo no puede hacer esto… no puede…

Otro compañero le puso la mano en el hombro, intentando calmarlo.

—Cálmate, por favor… espérate a ver qué dicen… no sabemos nada todavía…
—¡Es que no me puedo quedar sin trabajo! —insistió el hombre—. Le estoy pagando la universidad a mi hija… no me pueden hacer esto…

—No ha pasado nada —repitió el otro, con más firmeza—. Respira… no te adelantes… no sabemos qué está pasando.

El hombre negó con la cabeza, nervioso, mirando al frente como si en cualquier momento fueran a dar la peor noticia de su vida.

Clara observaba todo desde su asiento. No entendía nada.

No sabía por qué estaba ahí. No sabía qué hacía en esa reunión cuando ella no pertenecía a esa empresa. Ella era de la aseguradora. No tenía nada que ver con lo que estuviera pasando internamente.

Miró a Renata, luego a Lucía.

Pensó en la reunión del día anterior. Pensó en Sebastián. En su tono frío. En su negativa.

—No vamos a invertir en eso.

¿Sería por eso?

No… no podía ser.

Eso no era motivo para reunir a toda una empresa.

Entonces, ¿qué era?

—¿Será porque el dueño está aquí? —pensó.

Esa idea le generó una sensación extraña. No era miedo, pero tampoco tranquilidad.

—¿Será que van a cerrar todo?

Negó suavemente. No tiene sentido.

Era una de las compañías más fuertes del sector. Tenían sedes, proyectos, inmobiliarias a nivel internacional, reconocimiento. No podían simplemente desaparecer.

Pero entonces… ¿por qué estaban todos ahí?

“Este viaje… todo ha sido extraño”, pensó Clara.

Un vuelo cancelado. Una noche en un aeropuerto. Un hombre que apareció sin previo aviso..

El nombre a su mente llegó solo Y con él, su sonrisa, la forma en que la miraba, la canción, el beso.

Clara sintió cómo algo en su pecho se movía y tuvo que obligarse a volver al presente.

Ese no era el momento.

—OH!!! Clara, mira —susurró Renata, apretándole el brazo.

—¿Qué pasó?

—Mira allá… adelante… mira quién está entrando.

Clara levantó la mirada.

Y entonces lo vio.

Mateo.

Entró al auditorio con un traje que no tenía absolutamente nada que ver con el hombre de la noche anterior. Azul oscuro, impecable, a medida, perfectamente ajustado. Camisa blanca, corbata en su sitio exacto. Zapatos brillantes. Mancuernas que reflejaban la luz.

Su postura, su forma de caminar, su presencia.

Ese no era el hombre que había estado en una tarima cantándole.

Ese hombre imponía, ese hombre mandaba.

Ese hombre hacía que todo el lugar se acomodara a su alrededor sin necesidad de decir una sola palabra.

Clara dejó de respirar por un segundo.

—¿Qué…qué hace Mateo aquí? —dijo, casi sin voz.

Mateo subió a la tarima sin mirar a los lados. Caminó directo, seguro, como si ese lugar le perteneciera.

En el centro había una mes, se sentó.

A su derecha, como si fuera lo habitual, se sentó Sebastián. A su izquierda, un hombre corpulento, de mirada fuerte, presencia ruda, que no necesitaba traje para imponerse.

Había una silla vacía más.

Una cámara se encendió.

El rostro de Mateo apareció en la pantalla grande del auditorio.

El silencio empezó a caer, poco a poco.

Hasta que ya no hubo murmullos.




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