Sebastián iba a hablar cuando Mateo lo interrumpió, sin alzar la voz, pero con una firmeza que atravesó la mesa como si fuera un golpe seco.
—Gracias, todo esto entra en investigación.
Se dirigió a los empleados sin mirar a Sebastián, como si ya no fuera parte de la conversación.
—Me quedaré algunas semanas acá. Me verán a diario. Habilitaré un correo para que me hagan llegar cualquier inconveniente que hayan tenido con la administración. No tengan miedo. Si quieren, lo envían de forma anónima. Necesito llegar al fondo de todo esto.
Sebastián dio un paso al frente, molesto, inquieto, sintiendo que el control se le escapaba entre los dedos.
—Puedo explicarlo. Ese empleado no era de nómina. Además, no se puede considerar un accidente laboral, porque fue un suicidio, no un accidente.
—Bien —respondió Mateo.
Sebastián soltó el aire como si esa palabra fuera un salvavidas. Clara, debajo de la mesa, cerró la mano con fuerza, conteniendo la reacción que le subía por el pecho.
—¿Y el vigilante? —preguntó Mateo, girando apenas la cabeza.
—¿Qué pasa con él? Está vivo. Míralo, allá está.
En el auditorio se levantó un hombre, tembloroso.
—Aquí estoy, señor Ruiz.
Mateo lo sostuvo con la mirada.
—¿Estás recibiendo acompañamiento psicológico por la situación que viviste?
—No, señor. Me dieron cinco días libres.
Un silencio incómodo recorrió la sala.
—¿Y cómo te sientes?
El hombre intentó hablar, pero la voz se le rompió.
—La verdad, señor Ruiz…
Se llevó la mano a la cara, y las lágrimas salieron sin control.
—Discúlpeme… pero es difícil… yo lo tuve en mis manos… no pude hacer nada… no respiraba… traté de quitarle el cemento de la cara… pero se estaba ahogando… era joven… muy joven… casi un niño…
El vigilante lloraba sin poder detenerse, con el cuerpo vencido por la culpa.
Mateo giró la cabeza hacia Sebastián, sin prisa.
—¿Eso te parece normal? ¿Que él está bien, como dices?
En ese instante, Dominik le hizo un gesto a Mateo, leve, preciso. Mateo asintió.
—La reunión termina aquí. Espero sus correos.
Se levantó.
El auditorio quedó suspendido entre el alivio y la tensión.
Cuando Mateo se dirigía a la salida, Sebastián intentó alcanzarlo, pero varios socios lo interceptaron, llenándolo de preguntas que no sabía responder. La voz de Mateo cruzó el espacio sin necesidad de alzarla.
—Señorita Clara, la espero en quince minutos en mi oficina.
Clara asintió sin decir nada y caminó hacia Lucía y Renata.
Renata la agarró del brazo, con los ojos abiertos.
—No joda… esto es increíble… no puedo creer que el dueño sea él.
—Sí, sí, sí… yo tampoco… esto está de locos —dijo Lucía, casi riéndose de la sorpresa.
Clara las miró, confundida.
—Renata… ¿tú lo conocías?
Las dos rieron al mismo tiempo.
—¿Quién no lo va a conocer?
Clara parpadeó, procesando.
—Tienen mucho que explicarme.
—Ambas —dijo Renata, señalando también a Lucía.
—Yo soy inocente —respondió Lucía levantando las manos—. Tampoco sabía nada hasta anoche… y menos hasta ahorita.
Clara negó, aún tratando de encajar las piezas.
—Ustedes están locas… en serio… esto no tiene sentido. El del aeropuerto es uno, el de anoche es otro… y este… —señaló hacia la tarima— es otro distinto.
Lucía sonrió de lado.
—No. Es el mismo. Solo que tú viste dos versiones. Y aquí estás viendo la tercera.
—¿Qué? —Clara frunció el ceño.
—Con sus fans—dijo en forma de baile, levantando las manos— es uno . Aquí es otro. No puede tratar a los socios como te trata a ti. Aprende a separar —dijo Lucía, más seria—. Porque la vida de él no es sencilla… y no sé si aguantes su ritmo.
Clara la miró, entre molesta y sorprendida.
—¿Perdón?
Renata intervino, riéndose.
—Traducción: tú eres cuadriculada… y él es un renglón.
—¿Qué? —Clara abrió más los ojos.
—Chistes de niños —dijo Renata—. Mis hijos me dañaron el humor.
Lucía negó con una sonrisa.
—A lo que voy es que él es ligero… y tú todo lo analizas.
Un empleado se acercó.
—Señora Clara, el señor Mateo pregunta por usted.
Clara respiró hondo.
—Vamos a ver qué versión me toca ahora.
La oficina de Mateo era completamente de cristal. Clara entró, y apenas cruzó la puerta, él se acercó, la cerró con seguro y, sin darle tiempo a reaccionar, la tomó por la cintura y la besó.