Un momento para brillar.

Capítulo 6: Un día en la cafetería.

Las pajarillos cantaban y otro día más estaba empezando, Kley hizo el mínimo esfuerzo por levantarse, camino medio dormido hacia su espejo y miro su ojo en busca de alguna mejoría. La noche anterior, cuándo su mamá llegó se había encargado de curarlo más, ya que si acaso la enfermera medio tocó sus heridas, al final no estaba tan mal, sólo había quedado con un ojo medio morado.

Tomó el bus a tiempo, justo porque una de las vecinas le había dicho que le hiciera un pequeño favor, pasar unas cajas pesadas al ático, solo tomaría cinco minutos, había dicho, pero fue casi más de veinte minutos, que corriendo llegó y agitado apenas montó al bus, cual ya marchaba, de no ser por los gritos de los pasajeros <<¡Alto! falta uno>> habría quedado botado, aguardo en busca del lugar de Josefth, que para su sorpresa ahí estaba, al final de la fila de viejos y arrugados asientos. Tomó su asiento y, acomodó los cinturones inútiles que usaba el autobús.

Josefth colgó su música y lo saludo cómodamente —. ¡Ey! Te veo mejor —musito mirando su ojo medio morado —. Sí claro —dijo Kley sin ánimos— será mejor que me encierre en esa cafetería —. Bueno pero ni tan mal estas —contestó Josefth animandolo—. Como tu digas, te creo —dijo mirando al frente. Después de un rato el autobús llegaría a Clintownhouse, ambos bajaron de primero, más por la falta de chicos, hoy parecía que todos habían dicido faltar, Kley tomó su mochila que era ligera como una pluma, apenas tenía algunos lapiceros no había pensado en llenarla de libros, hoy solo habría tiempo para trabajar.

Josefth se despidió de Kley, quién ya iba con dos minutos de retraso, llamó a miceria la de trabajar mientras caminaba por los caminos de mármol, que contrastaban con el ambiente gris. Cuando por fin llegó a la cafetería se encontraría con una dulce chica, que con felicidad lo miraba mientras más se acercaba —. ¿Que es eso que traes ahi? —indagó curioso Kley—. Pues nuestros unirformes —contestó feliz, dándole un leve abrazo y entregándole su delantal a Kley —. Cafetería buen gusto, a sus servicios —bromeó Kley, acompañado por Belinda y sus risas coquetas que eran iguales a sus miradas.

Mientras cruzaban sus miradas, escucharon el aullar del director que venía hacia ellos, con su media calva brillando bajo la luz del día — ¡Chicos! —llamó a ambos quiénes miraron al hombre de edad avanzada acercase, justo atrás de él venía un joven, con un vestido elegante y un andar delicado. Cuando llegó el director ambos le miraron extrañados << ¿No era hora de abrir? >>—. Os presento a Kevin —dijo engullendo un gran respiro— él les dirá que harán hoy —el director acomodo su chaqueta y espero al joven, que sin presuras avanzaba —. Bien joven Kevin, quedan a cargo de usted yo me retiro —dijo para marcharse a atender padres—. ¡Que haremos hoy! —exclamo alegré Belinda al ver a su jefe, pero en realidad no quería que cedieran sus ganas de volver a clases, sería mejor que estar en aquél lugar, quiza, sea un buen rato junto a Kley, quizá. —. Muy bien chicos, hoy solo quiero que atiendan a los clientes muy bien, y otra cosa más, hoy necesito a alguien que reciba las compras. 
Decía el administrador de la cafetería, enfocando su vista en Kley —Tú lo harás, yo te aviso cuando lleguen — encomendó la tarea a Kley quién asintió con su cabeza — si señor, lo haré bien —dijo, Kevin tomó la llaves de la cafetería y la abrió para ambos — Bien, es toda suya —dijo jactandose— Los veo luego —musito para retirarse.

Ambos entraron a la cafetería, uno de ellos sin la mínima idea de lo que debería de hacer, mientras otra con todo el trabajo ya planteado. — Yo seré tu jefa — rio Belinda, pasando atrás del mostrador para al parecer cambiarse  de ropa —espera, no debería ser yo en realidad —dijo Kley siguiendo a Belinda, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo y al dar media vuelta a la pared, se encontró Belinda a medio vestir —Agh— gimieron ambos — L... Lo siento — tartamudeo Kley, mientras trataba de tranqulizarse acomodando los vasos en su lugar — Listo, ahora si puedes ver — bromeo ella, tranquila. Claro que no lo estaba, justo pasó eso y sus colores cambiaron tanto como las estaciones, sin hablar de Kley quién casi pierde la cabeza al verla de esa forma.

¿Cómo me veo? —preguntó, moledando su delantal— te vez, bien —titubeó Kley medio colorado —. Ve, trae y limpia con la escoba un poco éste chiquero —mandó a Kley a limpiar el lugar, él la miro indignado y por poco le respondé, pero recordó lo explosiva que aveces era. Atendieron juntos las necesidades del lugar, hacer café o servir para Belinda era demasiado fácil, ya lo había hecho cientos de veces en el negocio de su padre, pero para Kley era todo un reto, cada que su mente se veía pasmada al no saber algo, acudía a Belinda quién estaba lista para responderle, sin duda estaba agradecido de tenerla ahí con él.

No había que dudar que en un par de veces esos dos estuvieron a punto de cruzar las fronteras de la amistad, pero cada momento o llegaba un cliente, o Kley se acobardaba. En una ocasión, Belinda le tomó sus manos, era algo que ya había hecho antes, pero para él, fue algo inesperado y no tardo en apartarse a poco —. Sabes —musito ella, tomando la mano de él— me gusta ayudarte a atender —dijo, medio jugando con su cabello y lanzado claras señales —A a mi también, sin ti ya habría, dañado estás cosas —dijo rascando su cabeza, refiriéndose a las máquinas de café expresso, ambos estaban muy cerca, compartían el mismo aire —. Enserio —dijo ella con voz muy baja, acercándose más. De repente sus narices chocaron y sus labios también, compartiendo sus emociones y dándose un beso, lento y delicado.

De repente las campanillas de la puerta sonaron, ambos se espantaron separándose, Belinda volvió a su lugar y él pasó hasta atrás a limpiar vasos —Bienvenida —dijo Belinda alegremente, la chica caminó y pidió un expresso. A lo que Belinda giró su orden, la chica pasó y se sentó en una mesita, cargaba una bufanda alrededor de su cuello, si bien hacía frío no era para tanto, al medio cojear de su pie, se sentó, sacó un libro y comenzó a leer. Kley al salir se dio cuenta, casi inmediatamente de quién era —. ¡Hola! Scarlett —dijo saludando, pero sólo lo ignoro tomando su café y marchandose, medio cojeando —. Que chica tan extraña —gruño Belinda— no es extraña, la viste cojiar algo debió pasarle — dijo Kley, extrañado —. Bueno, seguro se calló de sus escaleras que se yo — dijo indignada y ya algo celosa, mirando cómo le puso atención a ella —. Bueno en que estábamos —dijo abrazandola.




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